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Publicado el 29 Octubre, 2018 por Irene Izquierdo en Cultura
 
 

Las obsesiones de Irarrázabal y la perpetuidad de su “Mano”

La turbulencia de las aguas, justo en este punto de la península, donde se unen el río La Plata y el Atlántico, no pudo ser mejor escenario para “plantar” una escultura que ha trascendido en el tiempo como “Los dedos”, “Monumento al ahogado” o “La mano”, aunque su verdadero nombre es “Hombre emergiendo a la vida”
Las obsesiones de Irarrázabal y la perpetuidad de su “Mano”.

Mario Irarrazábal con la maqueta de Hombre emergiendo a la vida o La mano de Punta del Este. (Foto: revista.escaner.cl).

Por IRENE IZQUIERDO

Busco, en una gestión hasta hoy infructuosa, los nombres de los artistas y la relación de obras ejecutadas en el Primer Encuentro Internacional de Escultura Moderna al Aire Libre de Punta del Este, convocado por la Intendencia de Maldonado, ciudad capital del departamento del mismo nombre,  al Este de la República Oriental del Uruguay.

Indago y, aunque mi objetivo es la obra Hombre emergiendo a la vida, me hubiera gustado compartir con ustedes diversos detalles de un  taller del cual fue fruto esa escultura que ha trascendido décadas, desafiando las turbulencias del mar y del río, y despertando el interés de decenas de miles de personas.

Comencé a descifrar mis enigmas en torno a esa escultura a finales de septiembre de este año, un día sin sol y preñado de disturbios de agua y de arena; no pudo ser en verano, cuando se torna foco de la atención de los bañistas que van a Playa Brava o a otras del litoral de Punta del Este.

Un verano como aquel de 1982, momento en que nueve artistas se reunieron en una plaza pública para dejar allí sus obras. Comentan que hubo ciertas presiones entre ellos por los lugares más favorables, pero el chileno Mario Irarrazábal Covarrubias –el más joven del grupo-, fiel a su gusto de lograr que las obras creadas por él se aprecien en libertad, escogió un punto frente a la playa, muy cercano al área donde las olas –impredecibles como son- pueden llegar, enfurecidas o mansas, para encontrar la enorme mano, enhiesta, resistiendo.

El artista llegó y… ¡su obra quedó!

Hoy miro en un video a Mario Irarrazábal: su rostro, sus ojos y su andar, marcados por el tiempo. La forma pausada de hablar indica que anda despacio, sin prisa –¿Para qué apurarse?, pudiera pensar; si de cualquier modo el tiempo transcurre…-; tal vez no tenía la misma  filosofía 36 años atrás, cuando asumió la ejecución de esa obra de amor, especialmente al ser humano, que retaría desde entonces a todas las inclemencias: dejó sus manos y su talento en otra mano, fuerte, robusta y admirada.

Las obsesiones de Irarrázabal y la perpetuidad de su “Mano”.

Así es esta zona en el verano. (Foto: Infobae.com).

Se ha establecido en el tiempo que la escultura, devenida ícono de Punta del Este se ejecutó en una semana aproximadamente. Y muchas personas, que se presumen conocedores -“del pi al pa”- de la historia de la pieza. Repiten lo que han leído o les han contado, sobre todo cuando se dan cuenta de que quien indaga es foráneo: “El chileno vino dispuesto a ganar, con un molde de plástico, y lo demás lo hizo el tiempo. ¡Sí, porque trabajó contrarreloj!”; dijo alguien que merodeaba muy próximo a la escultura.

“¡…contrarreloj y contra los fuertes vientos!” –dijo otro que se sumó a la improvisada conversación, y continuó: “Aquí los vientos golpean. Pero él la pensó muy bien y armó la estructura de acero, ayudado por un soldador de varillas, y para evitar los efectos corrosivos del tiempo y el agua salada, cubrió esa armazón con una malla de metal y un estuco resistente”.

-¿Y cómo usted lo sabe? –le pregunto.

-¡Hombreeee…! ¡Porque es la historia real! ¡Busque, busque, y usted verá que fue así!

En realidad, con más o menos matices; más fiel o no a la verdad, esa es la historia.

Desde el inicio La Mano, comenzó a llamar la atención, como augurio de su perpetuidad, su inserción en la vida de la comarca. En una entrevista al escultor, publicada el 31 de julio de 2011, en la revista Escáner Cultural, bajo la firma de María Pía Cordero, se expresa:

“[…] el hombre observa y reconoce el cambio efectuado en el espacio cotidiano: ya no es tan sólo el mar oscilando sobre la arena, también hay una mano, que parece buscar un equilibrio entre una ambigua pertenencia al entorno, desde el momento en que sale de las manos de su “constructor”, su ser es oposición, entre la afirmación, como participación del espacio cotidiano, y el choque confrontacional que representa su novedad. Así, lo nuevo de la obra, se enmarca dentro de la temporalidad que la obra inaugura con su presencia, al afirmarse como entidad autónoma, en oposición al entorno que la contiene y a los objetos que le hacen frente, entre ellos el hombre”.

Las obsesiones de Irarrázabal y la perpetuidad de su “Mano”.

Irarrazábal siempre ha trabajado los grandes formatos, con la perspectiva de ubicarlos en espacios abiertos. (Foto: revista.escaner.cl).

Ha sido tal la repercusión de esta pieza monumental, que existen otras en el desierto de Atacama, en Chile, en Madrid, España, y en Venecia, Italia, siempre al alcance de infinitas manos.

En más de una oportunidad, Irarrazábal ha confesado que le tiene reticencia a los museos, y se ha convertido para él en una suerte de obsesión que sus obras se aprecien con total  libertad, lo que le ha dado muchas satisfacciones, porque el público le agradece, a la vez que él congratula a ese público interesado en la cultura. Estos y otros actos de “confabulación” escultor-admiradores, lo han llevado a declarar a La Opinión: “Ver tu obra convertida en un hito público y poético es la mayor de las gratificaciones”.


Irene Izquierdo

 
Irene Izquierdo