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Publicado el 4 Octubre, 2019 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Los amantes de Verona a la criolla

Una obra para toda la familia se estrena en la sede de colectivo habanero
Los amantes de Verona a la criolla.

Un clásico de todos los tiempos vuelve a cautivar a los seguidores del teatro.

Por ROXANA RODRLÍGUEZ TAMAYO

Fotos: Cortesía de la COMPAÑÍA HUBERT BLANK

Hoy el acercamiento a los clásicos en la escena, por lo general, se aviene a reescrituras y/o adaptaciones de los textos primigenios, lo cual intenta un diálogo con el espectador contemporáneo, al traer a la actualidad la esencia y universalidad de la obra. Es casi una rareza –bienvenida, si se logra con acierto– que los colectivos teatrales en Cuba asuman las partituras dramáticas clásicas a partir del aliento original de sus respectivos autores.

Por estos días, la compañía habanera Hubert de Blanck, que lidera Orietta Medina, marcó un nuevo punto de singularidad en el repertorio de la agrupación y tomó el reto de estrenar la tragedia Romeo y Julieta, sin perder el hilo de la letra del genio isabelino, William Shakespeare.

Dirigida por Fabricio Hernández, la puesta impresionó por la afluencia de un público muy joven: adolescentes, e incluso, niñas y niños. La historia aciaga de los amantes de Verona, una de las más conocidas del autor de Hamlet, Macbeth, Otelo, entre otras, logró cautivar a los bisoños de casa.

Y si a esta circunstancia se le añade la compleja realidad que implica llegar al teatro en medio del déficit de transporte público, no cabe duda, por el lleno de la sala, de que esta propuesta goza de más aciertos que desaciertos.

Los amantes de Verona a la criolla.

Las escenas de danza y de combate muestran una cadena de acciones coherente y es otro de los detalles atractivos de esta puesta en escena.

Ni los relatos apasionados de Píramo y Tisbe, Hero y Leandro, Tristán e Isolda, Calixto y Melibea, han calado tan hondo en el imaginario colectivo como la famosa pasión de los jóvenes Montesco y Capuleto, una leyenda que, según refieren historiadores literarios, no fue Shakespeare su creador original, pues igual tema –inclusive con los mismos personajes– ya había sido abordado al menos dos siglos antes de que fuera publicada la obra en 1597 y el poeta isabelino la hiciera célebre.

Desde que viera la luz bajo la rúbrica shakesperiana, diversas son las versiones de Romeo y Julieta concebidas desde la literatura, las artes visuales, el cine, la música, la danza y, por supuesto, el teatro. En el decurso de la historia del arte ha devenido una pieza icónica de las letras universal y uno de los más importantes referentes de la literatura inglesa.

Su estructura dramatúrgica, sin notables complicaciones, convence y atrapa por su sencillez conceptual y la concentración temática, dada por el abordaje de tres ejes centrales muy bien definidos: el amor, expresado en la pasión que sienten los dos adolescentes; el odio visceral entre Capuletos y Montescos; y finalmente, la tragedia generada por la rivalidad entre las familias.

En la propuesta escénica que nos ocupa llamó la atención la organicidad de los actores en el manejo de los textos que, por los rasgos expresivos y de lenguaje de la época, pueden imponer en los intérpretes un tono tendiente a la declamación. Sin embargo, el elenco soluciona de manera virtuosa el posible escollo, gracias a la tradición de trabajo al respecto legada por la actriz, directora artística y mentora del grupo, Bertha Martínez (ya fallecida), también una de las impulsoras de montajes caracterizados por elencos nutridos como el de esta propuesta.

Los amantes de Verona a la criolla.

La esencia misma de Shakespeare pervive en la obra, aun con escasos recursos escenográficos.

Las escenas de combates –atractivas, sobre todo para los más jóvenes– evidenciaron pericia y siguieron con bastante coherencia la máxima stanislavskiana de fe y sentido de la verdad. Asimismo, resultaron sugerentes las danzas de salón, las cuales se apartaron del canon preconcebido de las danzas de la época y otorgaron un matiz más fresco y lozano a la coreografía.

De manera ejemplar Fabricio Hernández y su equipo resolvieron los inconvenientes que pueden suscitar las limitaciones de recursos y apostaron por un diseño escenográfico minimalista y a la vez, funcional, capaz de responder a las expectativas de cada acto. Los diseños de vestuario, creados por Katia Rionda y Edelsa Benítez, si bien no pasaron por alto la época, le concedieron una inflexión contemporánea al montaje.

La nómina, salvo contadísimas excepciones, exhibió un notable trabajo actoral. La joven Laura Delgado (Julieta) y los actores que alternadamente interpretaron a Romeo (Jansel Lestegás y Daniel Oliver) evidenciaron un trabajo serio y coordinado a la hora de actuar en pareja.

Faustino Pérez (Fray Lorenzo), Carlos Treto (Señor Capuleto), Juan Carlos García (Benvolio), Judith Carreño (nodriza), Enrique Barroso (Mercuccio) y Elizabeta Domínguez (Señora Capuleto) sublimaron el espíritu de la obra con sus respectivos roles y refirmaron el estilo que singulariza a la compañía.

Con Romeo y Julieta, Shakespeare escribió la más famosa de sus piezas y por medio de la tragedia señaló las costumbres de un grupo social que comenzaba a florecer entonces, la burguesía; dejó claro y sin estridencias que el amor trasciende fronteras y divergencias. Esa, es y será, la gran lección del poeta inglés para las generaciones presentes y por venir.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez