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Publicado el 5 Marzo, 2020 por Pastor Batista en Cultura
 
 

Fiesta del libro en Camagüey (+ fotos)

Vuelve a plantar espacio y bandera la feria del libro donde la literatura convirtió su raíz en cuna
Fiesta del libro en Camagüey.

Ramonet felicita a las niñas que interpretaron danza vietnamita.

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

En un santiamén, aquel longevo camagüeyano, de ancha frente, patillas copiosamente blancas y cara de buen humor desapareció entre las carpas del Casino Campestre, con un bulto de libros bajo el brazo. Su ocurrente frase, sin embargo, seguía en el aire: “Fíjense si mi Cubita es saludable que lo que ha llegado a Camagüey, para bien de todos, es una verdadera fiesta de la lectura”.

Había aludido a cómo, desde este 4 de marzo, se propaga aquí esa “fiebre ocular” que bajo fuertes síntomas de lectura rebrota desde hace 29 ediciones, por estos días, en el contexto de una fiesta que tiene como principal vector al libro en todo el Archipiélago.

No importa que resulten insuficientes los más de 350 títulos en venta, con sello de casi todas las editoriales, encabezadas por la que florece ahí, entre tinajones: Ácana.

Fiesta del libro en Camagüey.

“Ahora voy por los policíacos, que son mis preferidos”, afirma Belkis Rodríguez.

Volver a casa con (al menos) un libro ha devenido una suerte de tradición, cada vez más habitual para el camagüeyano y curiosa para visitantes como el periodista, escritor e investigador Ignacio Ramonet, quien ensimismado observa a un grupo niñas que interpretan una danza de Viet Nam, país al que se dedica esta Feria.

Antes de enrumbar hacia otro kiosco, con las primeras compras en sus manos, Belkis Rodríguez, obrera de la fábrica de sorbetos, mira sonriente al intelectual europeo que conversa con Ariel Santana Santiesteban, Primer Secretario del Partido en Camagüey, y exclama:

“Cómo no voy a estar contenta si por fin logré comprarle a mi nietecito Ángel Déiler un ejemplar de Había una vez. Siempre es muy difícil empatarse con él. Ahora voy por los míos: policíacos, que son mis preferidos.”

En similares pasos anda Yainary Díaz Caballero, quien hace hoy con su pequeña Yislenis, lo mismo que sus padres con ella ayer, cada vez que un buen libro se les ponía a tiro.

Muy cerca, vestida de colegiala, una niña de quinto grado ojea el que acaba de comprar. No tiene ilustraciones, muñecos, fábulas, aventuras. Pero fue ese el que Güilianni Diéguez Franco quiso. Se titula Constitución de la República de Cuba. ¿Por qué? –le pregunto. “Porque quiero aprender y porque mi papá y mi mamá votaron por ella” -responde.

Es curioso que Alessandra, Enmanuel y otros niños hayan hecho igual, sin que nadie se los haya inculcado y sin que tal decisión implique renuncia al fantástico mundo que arde dentro de ellos.

Debe ser porque sucede lo que desde su silla de ruedas me reitera Jesús Zamora, un hombre más crónico a las letras (su oficio) que a la discapacidad de sus piernas: “por muy atractivos que sean los soportes digitales, o las nuevas tecnologías en general, nada sustituye la magia y la intimidad que tiene un libro impreso”.

Por ello Camagüey se inclina ante Silvestre de Balboa, cultor de la raíz literaria cubana; ante una verdadera constelación de escritores encabezados por el Poeta Nacional Nicolás Guillén, ante la grandeza de la ensayista Ana Cairo, del dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa y de aquel hombre de estatura pequeña y corazón gigante: Ho Chi Minh, que hizo a Viet Nam seguir pariendo letras envueltas en historia.


Pastor Batista

 
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