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Publicado el 20 Abril, 2020 por Maryam Camejo en Cultura
 
 

TELEVISIÓN

Cuando las novelas tratan la violencia de género

Entrega versus El otro lado del paraíso: un análisis comparativo la presentación de cómo se da y se “resuelve” la situación de mujeres violentadas y sus agresores
Cuando las novelas tratan la violencia de género.

Fotos: wikipedia.com y fandom.com

Por MARYAM CAMEJO

Mujeres asesinadas. Una niña violada. Prostitutas. Cuerpos agredidos. Cuerpos víctimas. Golpes, gritos, traumas. Tanta violencia contenida en apenas dos líneas: así se ve the big picture (el cuadro completo) del sistema patriarcal en dos novelas transmitidas en la pantalla chica cubana.

Escudriñar los activismos y las luchas de una época, de una década, o del tiempo que sea, nos conduce a atender cómo se manifiestan estos dentro de la cultura toda. Si pensamos arte y entretenimiento, veremos las reacciones a esas luchas: de un lado las narrativas conservadoras contrapuestas al discurso comprometido, capaz de romper estereotipos, de cuestionar y pujar por cambios. Y en medio del fuego cruzado, la sobrevivencia de los matices, los intermedios.

Hasta qué punto pudiera decirse que Entrega y El otro lado del paraíso son espejos de las reivindicaciones feministas, ¿hemos presenciado un discurso crítico de la violencia, en la confluencia casual –entiéndase simultaneidad televisiva– de esas dos telenovelas que sin lugar a dudas rompieron esquemas? En ambas, la violencia de género tomó formas más expresas por momentos. ¿Hasta dónde llegó la denuncia, realmente, en estas propuestas?

El machismo que golpea, viola y mata

Sería imposible pasarlo por alto. El guion de Amilcar Salatti, que tantos elogios merece, contó también la historia de un hombre capaz de relacionarse con mujeres para sopesar dónde y cuándo matarlas. Quizá este sea el primer feminicida de la historia de las telenovelas cubanas.

El modus operandi nunca cambió: abría el frasco de cloroformo, echaba un poco en un pañuelo y forzaba a la víctima a respirarlo hasta caer en un estado de somnolencia para luego asfixiarlas. Después las abandonaba en algún matorral, o finalmente un campo de flores.

Pero Entrega no se quedó solo en la presentación plana del personaje violento; también dotó de antecedentes al espectador: este hombre estuvo preso por violar antes a una mujer y, según él, fue condenado injustamente. Aunque, después de aprehenderlo, el policía Héctor le dice que está seguro de su culpabilidad –en el proceso anterior–, lo cierto es que queda a decisión del espectador o más bien a percepción. El quid del asunto no es ese, sino establecer un pasado de violencia en la vida del personaje. La novela lo presenta reproduciendo el patrón de manera consciente y sin remordimientos.

No se trata tampoco de justificar –como interpretaron muchos con la película Joker–, sino de entrever que los violentadores no surgen así, de la nada, como por arte de magia.

Y claro, tampoco es que todos tengan un pasado de violencia, pero, en El otro lado del paraíso, Gael también tiene el suyo. Este, un maltratador de mujeres, descubre por intervención espiritual que sufría las constantes golpizas de su madre, la villana Sofía.

Cuando las novelas tratan la violencia de género.

Oscar Gabriel, el feminicida de Entrega. (Foto captura Portal de la Televisión Cubana).

En cuanto a construcción de personajes, ambas novelas presentan a estos violentadores con matices. Lados buenos en el caso de Gael, y pasiones, hobbies en el lado de Oscar Gabriel (recordemos cuánto le duele que Hirochi quiera matar a su conejo). Pero Oscar se acerca a sus víctimas como un depredador, buscando el momento “perfecto”. El acto de forzarlas a respirar cloroformo es el acto salvaje de saltar sobre su presa.

“Su” víctima, “su” presa: lo refiero de esta forma porque una de las características de la violencia de género es precisamente el control sobre los cuerpos, más visible quizá en el caso de Gael, que se siente con la autoridad y el derecho a golpear porque la mujer no es compañera, sino posesión.

Entrega nos dice algo bien claro: un hombre violento puede ser cualquiera, incluso el más amable, el profesional elogiado, no importa, y una mujer violentada también puede ser cualquiera, no importa color de la piel, nivel educativo, edad.

¡Cuánto nos angustiamos al ver la puerta hacia el pasado de Laura, frente al estanque de tortugas, de la telenovela brasileña!

Sentada en un butacón a varios años de aquel momento, Laura está hipnotizada. Pasos. Unos botines se acercan caminando sobre el suelo lleno de agua. Oscuridad.

“Fui violada, tenía como ocho años. No solo una. Fueron muchas veces”, dice Laura en el juicio. “Él se acercaba a mí con esas manos, él extendía las manos, yo tenía pavor de esas manos, eran enormes, ¡eran enormes! Y quería huir de ahí […] pero las manos me sujetaban y no podía… yo no podía”.

La niña corre dentro de su casa reducida a juguete, a tamaño de casa de muñecas, y el rostro de Vinicio, el gigante, acechando por las ventanas.

Narrar la pedofilia en una novela televisiva no es muy común pero hacerlo en horario estelar; en Brasil y donde sea pone a los espectadores incómodos, aprensivos, y debería generar algún tipo de reflexión.

El acto de violar visibiliza cómo se manifiesta el control sobre los cuerpos. En este sentido la violencia no solo se naturaliza, sino que el ser humano mujer es degradado a condición de objeto, con lo cual se naturaliza a su vez el sistema patriarcal opresor. Sin embargo, aunque El otro lado… contiene una crítica a la violencia doméstica y la pedofilia, no existe crítica hacia su condición sistémica. Y no se trata de “pedirle peras al olmo”, sino de reconocer los límites de una historia sin que en lo absoluto disminuya su valor.

Invertir la mirada: mujeres víctimas

Vinicio es un violador, pedófilo y hombre corrupto en un cargo de “repartidor” de ley, representante de ella, si se prefieren esos términos. Creer que por ser asesinado en prisión ha pagado por todos sus crímenes y la deuda está saldada es un poco ingenuo. Su muerte no repara el trauma.

La triste realidad de muchas niñas violadas de que sus madres no les crean está en pantalla hasta que la revisitación del pasado en el juicio desploma por entero la confianza de esa madre en el abusador de su hija. Y como era de esperar, Vinicio también tiene un historial de abusos sexuales anteriores que bien podrían ser muchos más.

Cuando las novelas tratan la violencia de género.

El rostro de Clara en su primera noche de bodas, sufriendo la primera agresión física de Gael. (Foto captura de pantalla).

Sin embargo, resulta imposible no comparar las dos vías de solución al bloqueo del pasado en dos personajes que necesitan esa transición para avanzar en la trama: Gael y Laura. Gael lo hace a través de intervención “divina”, espiritual, y Laura necesita de la ciencia, e incluso la regresión hipnótica y el coaching son cuestionados durante el juicio. Me pregunto por qué utilizar en el desarrollo dramático de Gael la tan socorrida deux ex machina que constituye la vidente. Mientras una víctima necesita ciencia, un abusador el milagro divino. Algo ahí anda mal.

Al final, el personaje de Gael, hombre y maltratador, ha tenido cierta licencia, cierta ventaja en el desarrollo de su historia. Y Laura es revictimizada al tener que contar con lujo de detalles una y otra vez su pasado de violencia. El detalle de preguntarle en el juicio si ella puede hablar frente a Vinicio es importante. Pero Laura encara su pasado literalmente y cuenta frente a una sala llena de gente cómo su dignidad fue vulnerada, y su cuerpo, poseído.

Vinicio, como todos los otros objetivos de Clara, es enjuiciado no por los crímenes hacia su vengadora, sino por los que se descubren luego, y en esto sí puede decirse que existe una crítica sistémica, y sistemática, de muchas novelas brasileñas: el guiño a la impunidad de corruptos y criminales en Brasil. Si lo pensamos bien, todos los vengados, incluso después de vengados, siguen impunes ante el crimen de encerrar a una persona sana en un manicomio contra su voluntad para desaparecerla. Incluso, el exsuegro de Duda, ese abogado de renombre muerto de un infarto, jamás paga, ni se le enjuicia, ni se hace público lo que hizo con su exnuera. Ella, en su testimonio, también lo dejó fuera de la historia. De nuevo, la impunidad.

La violencia de género tiene muchas caras

Pero esta novela brasileña tiene también otras formas manifiestas de la violencia de género. El otro lado del paraíso nos habla de mujeres que no tienen otro remedio que prostituirse para sobrevivir. Las expone sensibles, fuertes, luchadoras dentro de un contexto de pobreza. El otro lado… cuestiona si quienes sobreviven del trabajo sexual merecen vivir una historia de amor, o son “buenas” para casarse. Aunque la presentación resulta un tanto edulcorada, lo cierto es que las presenta como mujeres que aspiran a salir de ese contexto, y es una aspiración válida y legítima –aunque valga acotar que todas consideran que la única vía es un “príncipe azul”.

Aquí se trata de la mujer vista por los hombres como cuerpo de uso, pero que aun así ella se sueña diferente y a ratos reconoce la legitimidad de su sueño, a ratos lo cuestiona. No todo es perfecto en la presentación del burdel, habida cuenta que las mujeres que viven en entornos similares tienden a sufrir violencia física, muchas trabajan para hombres que lucran con su cuerpo. Salir de ese entorno donde la violencia se reproduce es solamente un sueño. Nada más. Los finales no son propiamente al estilo Leandra.

Cuando las novelas tratan la violencia de género.

Laura en el momento de hipnosis que recuerda su pasado. (Foto captura de pantalla).

Por otra parte, aunque algunos no lo perciban de esa forma, bien pudiera decirse que Entrega nos presenta otro tipo de violencia cuando Bety no quiere tener hijos. Como era de esperar, su círculo social cercano se pone en función de convencerla de lo contrario. Pero ella teme que el o la bebé nazca sordo o sorda. Harto sabido es que las mujeres reciben presión social para que tengan hijos, o los tengan ¡ya! Pero el derecho a decidir tenerlos o no, y a decidir el cuándo, pertenece al terreno de decisión y planificación propios de la mujer. El tránsito a la etapa de embarazo para convertirse en madres es ansiado por muchas, no deseable para muchas otras. Bety decidió seguir adelante con su embarazo: es una decisión del personaje. Una manera de terminar su historia que igual podría haber sido todo lo contrario, y hubiera sido tan legítimo como lo que finalmente sucedió. La decisión era suya.

Otro punto interesante de esta novela fue la historia que concluye con un embarazo adolescente: las ingenuidades de una muchacha en cuanto a tener un hijo. En ese sentido la novela resulta también un llamado de atención, una alerta a la educación de las niñas y las adolescentes, y la imperiosidad de concientizar lo que puede significar un hijo en sus vidas. Pasada la catarsis de los padres, la madre ya no regaña y transita hacia una etapa de apoyo, otra cuestión destacable de la historia.

–Tú verás que con el tiempo te vas a volver a enamorar –le asegura.

–La cuestión no está en volverme a enamorar –dice Patricia–, está en encontrar una persona que se enamore de mí ahora que voy a tener un hijo.

Ese momento marca una etapa superior en el desarrollo de esta historia. Patricia ha aceptado que Robin no regresará. Su madre está ahí para ayudar en el proceso de embarazo y crianza. En ese tiempo más calmado Patri se sincera sobre su inseguridad como madre que es mujer, mujer que es madre. El tránsito hacia una nueva condición no anula la otra; quién es como mujer, cómo se siente o las dudas que la habitan. Se trata de la representación de la familia núcleo (aunque muy pequeño y compuesto por dos mujeres) impregnado del espíritu de mujeres-red: mujeres que se comprenden una a la otra en ese ser mujer, y se apoyan también frente a sus pérdidas individuales.

Televisión, violencia y realidades

Un análisis de las búsquedas y desaciertos de las mujeres de Entrega nos llevaría también a pensar sobre la profesora de Historia y su hermana fallecida, o sobre Iliana, la amiga masajista, o Jessica; pero ese es tema para otro texto, no el que nos compete.

Construir propuestas televisivas que desarrollen temas tan complejos y acuciantes será siempre un camino desafiante, repleto de escollos. El análisis pausado, detallado de estas propuestas, lejos de minar la opinión del espectador, tiene el potencial de contribuir con una visión de realidad ampliada, en este caso, para comprender, por ejemplo, que la violencia de género no se da solo en el espacio privado doméstico o dentro del contexto familiar, pero una manera de reconocerla es precisamente por su énfasis en el control de los cuerpos y la degradación de la condición humana del ser mujer.

Cuando las novelas tratan la violencia de género.

Bety le dice a Manuel que está embarazada. (Foto captura Portal de la Televisión Cubana).

Entrega y El otro lado del paraíso presentaron una misma temática, desde abordajes diferentes. Una mujer puede ser víctima de violencia de género, no importa el país. Sin embargo, en Centroamérica y Sudamérica el panorama es mucho más grave que en Cuba. En Brasil se estima que muere una mujer cada siete horas. Esta realidad entra hasta cierto grado en contradicción con esta aproximación comparativa de ambas telenovelas, porque Gael termina reformado tras un período de cárcel bastante corto, y la expresión más cruda de violencia machista aparece no en la brasileña, sino en la cubana. Por tanto, en esa simultaneidad en televisión, también se hicieron evidentes esas sutilezas –escandalosas– en el tratamiento del tema.

Aquella enfermera que atendía el asilo era también entrega, tanto como Manuel. La historia de una mujer preocupada por sus pacientes, una mujer aparentemente común pero con mucho de extraordinario, es la historia mutilada de una vida, esa que no llegó a salvarse a último momento por un policía. Ella merece el recuerdo. Cada una de las víctimas lo merece. No existe otra vía de reclamo. Reconocer la muerte, las víctimas, los traumas, las violencias, constituye el primer paso para exigir un futuro realmente próvido.


Maryam Camejo

 
Maryam Camejo