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Publicado el 30 Abril, 2020 por Mauricio Escuela en Cultura
 
 

DECAMERÓN

Diez voces de Boccaccio que aún se escuchan

La obra se alza como un testimonio de la dureza de los tiempos y el alma sensible y resistente del hombre

El Decamerón (Decameron o Decamerone, en italiano), subtitulado Príncipe Galeoto (Prencipe Galeotto en italiano antiguo) (foto Alianza editorial)

Por:  Mauricio Escuela

Giovanni era un nombre común en la Florencia del siglo XIV, de hecho equivalía a nuestro Juan castellano, tan abundante como la profusión de historias cotidianas, populares, que ya en aquel momento se narraban en las campiñas, no en idioma Latín, sino en Toscano, el preludio del italiano moderno. Era la época del Divino Petrarca, quien recogía de la tradición aquello que salvaba a una era de guerras, conspiraciones, asesinatos, leyendas en torno al fin del mundo y grandes epidemias.

Los cambios de época, las transiciones, han estado siempre junto a estas calamidades, que el hombre señala como una suerte de perenne fortuna, destino de los dioses o señales ultramundanas. Tal fue la epidemia del año 1348 que golpeó a Europa y a la ciudad de Florencia específicamente. Allí, un autor llamado Giovanni Boccaccio, se convirtió en el cronista de un pensamiento nuevo, uno que, en lugar de contristarse ante la llegada del dolor, se colocó por encima, haciendo de la tragedia un motivo de orgullo humano, de superioridad de la especie ante la naturaleza y los dioses. Verdadera metáfora que trasciende y que habla mucho de la grandeza de la creación, del espíritu incorruptible capaz de mistificar en la risa tanta muerte, de recrearnos aún en medio de lo peor y más macabro.

Como dijo el maestro Aristóteles en su libro Poética, el humor es aquello que coloca al hombre por encima de los hechos, y esa postura de superioridad le otorga distancia suficiente para desacralizar la situación concreta. De manera que la risa es uno de los síntomas de la genial terrenalidad, de aquella inteligencia que no proviene de los dioses, sino de lo común, de lo que se ejercita a diario, que bebe de esa cotidiana sapiencia. Boccaccio, alumno de Petrarca, recobra tales bríos aristotélicos en la narración de la epidemia y, aunque en su introducción nos hace una crónica del dolor, luego pasa a las voces de siete doncellas y tres caballeros, exiliados en las afueras de la ciudad, que huyen de la muerte mediante la narración de historias de gente común, de personas ignorantes y sumidas en absurdas situaciones, en un sentido humano, terreno, que no fuera creado por ley divina alguna, sino por la sociedad burguesa que ya era mayoritaria y hegemónica.

Aquello, que se llamó “estilo nuevo” en la Italia de la época, toma de la tradición hasta los nombres latinos de antaño, Decamerón se refería al número diez, al protagonismo de los narradores y no determinados poderes sobrehumanos, dioses, o a la entidad cristiana. Mujeres y hombres que, pertenecientes a la clase adinerada y culta, se solazaban en contarse las historias de quienes padecían la infidelidad conyugal, el robo, la violencia, la traición, la pobreza, la ignorancia. Problemas concretos de la vida común, y no como en la obra de Dante una metáfora del traspaso a través de los mundos intangibles. La mujer, en la obra de Boccaccio, a la vez que una voz, es víctima de sus propios defectos, cual ocurre con el hombre, no hay una divinización como con la Beatriz de la Divina Comedia. Ya antes, en otros tiempos dominados por el poder de la Iglesia, la epidemia se hubiese explicado como castigo de Dios y por ende, era pecado contar y reírse de las faltas de los demás; ahora en el tiempo renacentista, el autor marca la transición mediante la risa, el más humano de los elementos.

Dice Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa que el libro perdido de la Poética, referente a la comedia, estaría en una biblioteca monacal incendiada durante este mismo periodo histórico, pero que el espíritu de la risa, de la superioridad humana flotaba por encima de los hombres. A tal punto que la Iglesia habría prohibido a los monjes reír, ya que en opinión de los teólogos eso los acercaba a los simios. Lo que para el poder ideológico de la época era una falta, en realidad significa el renacimiento humanista, el pensar más allá del dogma y distanciarse mediante la más pura carnalidad, sin intervenciones graves ni severas conclusiones.

Para Boccaccio la epidemia fue eso, demostrar que eran los hombres y no los dioses quienes hacían la historia, concepción muy propia de la modernidad y que, a partir del renacimiento nos va a acompañar en medio de tragedias similares. Más allá de señalar en los astros una voluntad, una leyenda ultramundana, como acontecía en la Edad Media, el pensamiento humano se distancia a partir de sí mismo, busca en lo diario las explicaciones y de tal manera descubrió al microbio, la vacuna, la ciencia que salva y un nuevo humanismo desde la salud. El paradigma nos acompaña hoy, cuando las alarmas señalan tanto a un mundo como a otro, tanto a los dioses como a los hombres y se plantea una vez más la dicotomía en cuanto al origen de una pandemia global como nunca se conociera.

Si los hombres creamos el problema, también podemos solucionarlo, tan simple como eso. La gente, con sus risas aun en medio de la muerte multitudinaria, se acerca a la disolución de la enfermedad en el disfrute de la vida. Tal era la filosofía del estilo nuevo italiano: la carne en toda su extensión, no como un pecado que hay que purgar para adentrarnos en el alma, sino como la esencia y el rescate del hombre total, en su mayor concepto de la eticidad clásica antigua. Cuando la COVID-19 acecha las ciudades del siglo XXI y surgen mil traumas y leyendas en torno a la aparición de la dama macabra de la guadaña, el arte, ese que descubre y que disecciona las sombras, nos ofrece en Boccaccio la oportunidad de una búsqueda con hallazgo cierto: la risa y la carne, dos esencias que acompañarán a la especie aún en los momentos de mayor zozobra. Leer el Decamerón nos acerca al año 1348, a aquella noche en que diez seres reían alrededor de la hoguera simbólica y real, una época tan nuestra como esta que nos toca y lacera y en la cual tenemos el deber de vivir, de contar otro sueño, de ser humanos.


Mauricio Escuela

 
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