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Publicado el 9 Julio, 2020 por Redacción Digital en Cultura
 
 

Esta Rosita

Esta Rosita.

Portada de la edición en la que se publicó la entrevista.

Por MANUEL GONZÁLEZ BELLO

Fotos: RICARDO BARRERO

BOHEMIA reproduce una de las entrevistas que la artista concediera a la publicación. Corresponde a la edición del 4 de junio de 1982, pp. 3-6.

En un día de sol tengo ante mí, en una terraza del Nuevo Vedado, a Rosita Fornés, una mujer con algo de mito, echado a andar tal vez en el pasado por la propaganda capitalista y alimentado por tontos fanáticos que distorsionaban la imagen de esta artista grande. No he venido a preguntarle por sus colores preferidos ni mucho menos a hurgar en banalidades del almanaque. Simplemente a conversar con la actriz, con la cantante, con nuestra vedette, aplaudida por cubanos de una y otra generación y por el público de Europa. América Latina y Norteamérica.

No es fácil entrevistar a Rosita, pues está el imperativo de buscar un sitio en los relojes. Sus horas pasan ocupadas en la preparación de su programa estelar de la televisión, Cita con Rosita, en sus otras apariciones en la pantalla, en los ensayos, en una intensa actividad artística. Su calendario está cargado también por sus funciones como miembro del Comité Nacional del Sindicato de la Cultura y secretaria de finanzas de la sección sindical del ICR-T (sic). Pero ella, gentil, regala esta vez unas horas a los lectores.

Es necesario aguardar a que prepare el almuerzo en la justa mitad de esta tarde mayo. “No me gusta cocinar, pero he inventado algunos platos o he hecho variaciones de otros”. Ágil, ligera, se mueve en la cocina, mientras Barrero busca el instante preciso para la mejor foto y ella comenta que los lectores tal vez piensen que son “fotos posadas, para publicar”. Y es posible que lleve razón en lo que dice, porque habrá quienes no la imaginen mujer sencilla, cubana de hoy, con las mismas preocupaciones, ocupaciones e inquietudes de cualquier cubana.

-Dentro de mi trabajo, por muy ocupada que esté, estoy siempre pendiente de mi hija, de la hija de Armando, de los nietos, de mi tía, de mi madre. Me gusta, cuando tengo un día libre, que mi familia me visite, sentir que estoy con ellos, que llenan la casa, hablan, conversan, ríen.

Rosita habla sin detenerse. Apenas hay tiempo para tomar unas notas. Es como si quisiera lanzar todas las ideas de un golpe. Es una persona a la que se le pudiera estar escuchando toda la vida, repleta de anécdotas, de vivencias, de pensamientos.

Es también explosiva y amable, recia y tierna; capaz de emocionarse hasta el llanto. Rosita es, y no puede ser de otra manera, sensible.

-Me siento muy feliz cuando el pueblo reconoce mi trabajo. Pero cuando tengo un fracaso siento un dolor muy grande que se mantiene por mucho tiempo. Soy una mujer que ha sufrido más de lo que la gente se imagina

Esta Rosita.

Después de una noche de ensayos, temprano en la mañana, entra en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba para participar en una plenaria de la sección de artes escénicas.

Ha dicho esto con sinceridad.

Pero así, sincera, espontánea, desgarrada, se ha comportado en toda esta tarde de mayo Me ha hecho íntimas confesiones, me ha mostrado insatisfacciones que lleva por dentro como artista. He aquí una de ellas:

-Rosita, ¿por qué, usted que antes filmó tantas películas, no ha hecho ninguna en los últimos años?

-Me encantaría hacer cine, por muchas razones. Pudiera demostrar que soy capaz de hacer una campesina o cualquier otro personaje. Mira, existe un esquema en cuanto a mí que permanece en el ánimo de alguna gente; no me ven como para encarnar cualquier personaje. En la obra La permuta hice una mujer de pueblo y creo que salió bien.

Cuando llegó el enero de la libertad, Rosita Fornés cumplía un contrato por cinco años en España. Allá estaba al tanto, por la prensa y las informaciones que le suministraban los exiliados, de todo lo que ocurría aquí, incluido el avance de las tropas rebeldes.

-Trabajé en el teatro el 31 de diciembre y por la madrugada, al llegar a mi casa, un compañero me llamó para decirme que Batista había caído. Los cubanos nos lanzamos a las calles de Madrid con una bandera del 26 de Julio y otra del Directorio Revolucionario. Los españoles también estaban jubilosos.

-Mi empresario era Muñoz, el autor de Las Leandras. Hablé con él y entendió mis deseos de regresar a Cuba. Antes no lo había hecho a pesar de que el gobierno de Batista me presionaba para que lo hiciera, para lo que se valía de retener a mi hija aquí y no permitirle salir del país. Sufrí tanto que llegué a Cuba muy delgada, bajé más de veinte libras. En el plano artístico me iba bien. Todas las noches el empresario me decía: “Ya pusimos el cartelito”; eso quería decir que se habían agotado las localidades.

-Después del triunfo, ¿nunca le propusieron salir de Cuba?

-Lo hicieron, a través de empresarios y otras personas que se habían ido. Pronto me llamó la atención que me ofrecieran contratos por extraordinarias cantidades de dinero, lo que me hizo pensar que detrás se movían otros intereses. También nos decían, a Armando y a mí, que podíamos llevar a las niñas y a mi madre para que las cuidara. La intención era, al parecer, sacarnos a los cuatro.

-De México también me llegaban proposiciones; pero era algo distinto y les explicaba a los empresarios que yo era más necesaria aquí. En 1960 fue a trabajar con Alfonso Arau y allí viví momentos desagradables. Uno de ellos ocurrió en un restaurante al que me invitó Arau. Algunos amigos mexicanos me pidieron que fuera a la mesa de ellos, donde estaban algunos gusanos que me provocaron, sobre todo una señora “de la alta sociedad y muy educada”. Tuve que ripostarle con fuerza a aquella mujer y explicarles a mis amigos la realidad de lo que sucedía en Cuba.

Por ese tiempo también fue a Puerto Rico, a filmar una película, ocasión en la que volvió a ser provocada y presionada por los elementos que habían abandonado el país. Pero Rosita Fornés, la vedette solicitada por empresarios de varios países, sabía, estaba convencida, de que su lugar estaba aquí, junto a los cubanos, junto a su público.

-¿Cuál debe ser, a su juicio, la actitud del artista ante el público?

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“Me preocupa tanto cantar una sencilla canción como interpretar el más complejo personaje en el teatro”.

-De respeto absoluto. Y tener el propósito de dar al máximo en lo más simple que haga en el escenario o ante las cámaras. Personalmente, me preocupa tanto cantar una sencilla canción como interpretar el más complejo personaje en el teatro. Intento alcanzar calidad en todo lo que hago.

-Según sus compañeros, usted es muy disciplinada en su trabajo. ¿Es realmente así?

-Con todos los compañeros que trabajé desde el principio aprendí que esta profesión hay que tomarla en serio, que hay que tener un rigor y una disciplina. Fíjate, hay artistas que tienen un golpe de suerte, que hacen dos o tres buenos papeles y ya creen que triunfaron. A partir de ahí, pierden seriedad; piensan que tienen al público en el bolsillo y eso basta. Este es el resultado de la inexperiencia. Quien no sea serio no puede perdurar en el tiempo como artista. Si no te preocupas por los errores y las fallas, fracasas.

-He visto caer figuras que estaban en la plenitud, que se podían haber consolidado. Pero no, se equivocaron.

-En mi caso, desde el principio me crearon la fama de bella. A mí no me molestaba, pero quise demostrar que era más que sólo bella: me propuse ser buena actriz, cantar. De niña soñaba con ser cantante de ópera, pero comprendí que no cantaba como las personas que oía en la discoteca de mi abuelo. Me decidí por la opereta y la zarzuela.

-¿Con quiénes se siente en deuda en su carrera?

-Con muchos. Con el maestro Antonio Palacios, que me dio el valor para entrar plenamente a la escena. Con Mario Martínez Casado, que tuvo confianza en mí cuando aún yo no tenía casi experiencia.

Rosita Fornés admite que entró al arte por la puerta grande. A los 18 años de edad tenía un repertorio de 3 zarzuelas y operetas, entre ellas Luisa Fernanda. Además, ya había hecho, con el Patronato del Teatro, algunas piezas dramáticas. “A los veinte años ya había hecho una carrera”, me dice satisfecha y todavía sorprendida.

Entre los personajes recuerdo con cariño “La viuda alegre” y la Margarita Gautier de La Dama de las Camelias.

Ahora abordamos otro tema: la vedette.

-Vedette es la máxima atracción. Para serlo se requieren determinadas condiciones que le permitan actuar, cantar. Empecé a serlo con un argentino que vino a Cuba y me hizo un contrato para México.

-Llegó un momento en que me molestó ser vedette porque llegué a serlo con un esfuerzo tremendo y con mucho trabajo, mientras otras lo hicieron por una vía más fácil.

Esta Rosita.

Cocinar no es precisamente lo que más le agrada.

Rosita Fornés se ha levantado de la butaca donde está sentada. Se ha vuelto a sentar. Esto ha ocurrido de pronto, por una pregunta que le he hecho. Le he tocado una tecla que le molesta, con razón, aunque sin intención de hacerlo. Relevo, esa ha sido la palabra.

-¡Estoy cansada de que me hablen del relevo! ¿Por qué motivo se pasan la vida buscando y pensando en mi relevo?

-Cuando comencé, la máxima figura era Rita Montaner, pero nunca aspiré a ser como ella. Sólo ella podía hacer la mulata que hacía. Para Rita no podía haber relevo. ¿Y dónde está el relevo de Benny Moré? Nunca lo habrá, es imposible. Hace pocos días oí que alguien dijo: Fulana recuerda a Edith Piaff. ¿Quién dijo eso? No puede ser, nadie se parece a esa mujer que cuando la vi cantar por primera vez no pude evitar correr y abrazarla.

-No, no me estoy comparando con esas figuras. Simplemente, trata de hacerte entender que no tiene sentido pensar en un relevo, el relevo de ninguna figura. Ya surgirán siempre otras, tal vez mejores, así que por favor, no me busques relevo.

-Sí, puedo decirte que no estoy conforme con lo que he hecho, creo que podía haber dado más.

-El año pasado a usted, y a otros artistas, se le entregó la medalla por la cultura nacional. ¿Qué valor tuvo este hecho para usted?

-Sabía que se trataba de una condecoración importante, pero no había calculado realmente el valor que tenía para nosotros. La presencia de Fidel en la ceremonia de entrega elevaba a un grado más alto esta distinción. También la Orden “Félix Varela” se entregó allí.

-Pienso que la existencia de ambos galardones significa el reconocimiento de que a través de nuestro arte hemos sido útiles a la Revolución. Es bueno que se haya hecho, pues hay quienes no entienden nuestra labor, que no ven nuestro trabajo como el del hombre que ara la tierra o como el del constructor que levanta un edificio.

-Estos reconocimientos y el cariño del pueblo nos obligan a ser mejores, a trabajar más, a proporcionarle cultura y recreación al pueblo.

¿Cuántos recuerdos guardará Rosita de su vida artística? De seguro, si fuera a elegir los más relevantes tendría grandes dificultades. Pero también es seguro que sus actuaciones en la Unión Soviética y los países socialistas estarían en un sitio de primer orden.

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Facsímil de la tercera página de la entrevista. Arriba: Junto a su hija, Rosa María Medel, los pequeños Dariem y Tanio; Tania Figueroa, la hija de Armando Bianchi, y su hijo Javier. En la foto falta Alejandro, que estaba en clases el día del encuentro. Abajo: En la foto no podía faltar Lupe, “mi mamá es tan dulce y tan buena”.

-Fui por primera vez a la Unión Soviética en 1966. Lo hice con el temor de no comunicarme con el público. Un fracaso allá hubiera sido terrible para mí. Aquí había tenido aceptación de los soviéticos que me habían visto, pero no sabía cómo sería allá. Fue una sorpresa la acogida que nos dieron a mí y a Armando; no menciono a los demás compañeros porque ya ellos eran conocidos allá.

-Pararme en la Plaza Roja fue una emoción muy grande para mí. Estar en Moscú me remitía a la historia. Ir a Moscú jamás estuvo en mis cálculos.

-Después, en 1972, recorrí varias repúblicas soviéticas durante cuatro meses. Al llegar a Moscú coincidí con la llegada de Fidel y estuve con la delegación cubana tres días. Conocí a Brezhnev personalmente. Por la lejanía, me parecía diez años que estaba allá. Encontrarme con Fidel fue como regresar a Cuba.

-Me gustaría conocer sus opiniones acerca de la crítica.

-Hay que partir de que no como artista está siempre sometido a la crítica. La cuestión está en cómo el crítico asume su misión.

-El crítico, más allá de sus preferencias y simpatías, debe ser imparcial al emitir sus opiniones. Debe no sólo señalar los defectos de la cantante o del actor en la interpretación de un personaje, sino también las virtudes; encontrar un punto medio, pues un artista siempre alcanza al menos un momento discreto en su actuación. Una de las funciones del crítico es ayudar a los creadores, a los artistas; contribuir con la crítica constructiva, a mejorar, a construir.

-En cuanto a mí, nunca he pensado que he hecho algún trabajo de forma maravillosa. He hecho cosas malas, regulares y buenas. Siempre he aceptado la crítica cuando he visto que es constructiva. Algunos críticos, sin embargo, son en ocasiones implacables, despiadados, demoledores.

-Ya estoy para dar consejos y puedo decirles a los críticos jóvenes que sean imparciales, objetivos, y que sus críticas sean con el ánimo de ayudar y formar. Esto es importante que sea así, sobre todo para quienes se inician en el arte, que pueden verse afectados por una crítica excesivamente dura.

-Si usted estuviera empezando ahora, ¿cómo lo haría?

-Como ahora la Revolución da oportunidades de estudio y formación que no existían antes, de seguro sería más cuidadosa al decidirme a enfrentar una empresa que me propusieran. Me prepararía mejor para interpretar determinados personajes. Te digo esto porque en mi época, en los comienzos, cuando aún era aficionada, aceptaba personajes sólo por audacia, pues todavía no tenía los conocimientos y la técnica necesaria, a pesar de que había recibido algunas clases de actuación, de canto y algo de ballet.

Esta Rosita.

Una foto aparte con Dariem, que le encanta fotografiarse

-De todo aquello salí airosa; ahí están las críticas de la época. Pero eso no quiere decir que sea lo aconsejable. Lo correcto es estudiar mucho, superarse mucho. Si fuera joven y estuviera empezando, no desaprovecharía las oportunidades que existen hoy.

Rosita Fornés, una de las más queridas artistas del pueblo, ha ofrecido esta tarde de mayo a los lectores. Hacerlo no ha sido fácil. Nadie puede imaginar las intensas jornadas de trabajo, los ensayos hasta la media noche, el constante ajetreo, el esfuerzo que hay detrás de cada aparición.

Pero todo esto ella lo hace con gusto, con el propósito de dar lo mejor de sí.

Y así piensa seguir haciéndolo, porque, dice ella, “un artista verdadero nunca piensa en retirarse”.


Redacción Digital

 
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