1
Publicado el 5 Agosto, 2020 por María de las Nieves Galá León en Cultura
 
 

Con Leal anduve La Habana

La impronta dejada por Eusebio Leal Spengler en los cubanos perdurará en el tiempo
Con Leal anduve La Habana.

Foto: acn.cu

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

La primera vez que vi a Eusebio Leal fue en el Anfiteatro de La Habana, mientras él daba una conferencia. Transcurrían los primeros años de 1980 y por ese entonces yo estudiaba la Licenciatura de Periodismo, en la Facultad de Filología, en la Universidad de La Habana.

Aquel día Leal habló sobre el presbítero Félix Varela. Lo hizo con pasión y lo describió con tanta exactitud, que, por un momento, juro que vi el cuerpo enjuto del querido maestro caminar por las calles adoquinadas. Ahondó en el pensamiento del padre Varela, en la entrega del patriota del que todavía debíamos aprender mucho.

Fue así que me convertí en una adicta de la oratoria del querido Leal. Lo seguía a través de entrevistas, libros, ensayos y en cualquier lugar donde él tuviera la oportunidad de intervenir, porque escucharlo era siempre la oportunidad de recibir una clase de historia, de arte; del patrimonio cubano o universal; de ética o cívica.

Hablaba de los héroes como si fueran conocidos; las anécdotas las contaba con los matices de la vida y las personas eran seres de carne y hueso. Y es que nunca entendió otra manera de acercarse a los próceres de la Patria que no fuera esa, porque sabía que situarlos en un pedestal los alejaba de los jóvenes y del pueblo.

Con Leal anduve La Habana a través del televisor. Su programa fue uno de los preferidos. Descubrí secretos de sitios hermosos, de un patrimonio arquitectónico de incalculable valor. Después me adentré en toda la obra de recuperación que alentó en su querida Habana.

Durante los años del período especial, donde el espíritu se antepuso a las carencias, llevaba con frecuencia a mi pequeño hijo a ese sitio. Siempre había algo nuevo que descubrir, una obra que visitar. Un día de esos paseos veraniegos, camino al Palacio de los Capitanes Generales, nos cruzamos en la calle con Eusebio y le dije a mi niño, que por ese entonces tenía cinco años: Amor, mira, es Eusebio, el que más quiere a la ciudad. Le dimos los buenos días y con su gentileza acostumbrada, para conocidos y desconocidos, nos respondió, además de regalarnos una sonrisa.

No sería esa la única vez que lo encontré por las calles de la añeja urbe. Como buen hacedor, seguía las obras que se construían; las tocaba, soñaba; hablaba con los hombres y mujeres que edificaban; escuchaba sus opiniones y las respetaba.

La vetusta metrópoli rejuveneció a fuerza de empuje y tesón, enorgulleciéndonos a todos. Y para la querida villa, Eusebio pedía respeto, cuidado y amor; la entrega de sus habitantes, única forma de preservar lo hecho.

Las gracias que hoy le damos como despedida, en gesto de infinita admiración, son merecidas. Su obra hablará por él; los padres llevarán a sus hijos de la mano a esos hermosos parajes de la ciudad y les dirán: fueron sitios que Leal ayudó a rescatar. Esa será una de las mejores maneras de rendir tributo al extraordinario Historiador del Ciudad.


María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León