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Publicado el 21 Octubre, 2020 por Irene Izquierdo en Deportes
 
 

Tomás Herrera, El Jabao

Nunca supe de su enfermedad. Si hubiera conocido del mal que le aquejaba, hubiera “tejido” en papel esas mil grullas que, según la leyenda japonesa, conceden el deseo o el milagro de la salvación
Fallecio el Jabao Herrera

Al baloncesto se dedicó y en su equipo trajo glorias para Cuba. (Foto: @RLeonRichards).

Por IRENE IZQUIERDO

Casi medio siglo atrás, a principios de la década de 1970, ingresé a la Universidad de La Habana. Un mundo diferente al que había tenido como estudiante hasta ese momento: ¡asombroso!

Había salido de mi casa, no sin cierta nostalgia; pero ahora era yo mi propia guía.

Prevalecía un ambiente de mucho estudio, pero también de cultura, eventos científicos, históricos, deportes… Justo, este último fue el que nos vinculó. No recuerdo exactamente cómo, pero fui muy bien acogida en el círculo deportivo que conformaban los estudiantes de la Facultad de Humanidades.

Tomás, a quien todos sus amigos le habían cambiado el nombre por el de Jabao –entonces, Jabao Herrera- jugaba baloncesto –del bueno, del de primera categoría, del nacional- e integraba el imbatible equipo de la Colina, en pugna eterna con el de Ciencias Médicas y el de la CUJAE.

Su forma de hablar, su actitud, aquella sonrisa contagiosa que siempre le acompañaba, decían sin lugar a dudas que era santiaguero.

Estudiaba Ciencias Políticas y perteneció a una generación que dotó a este país de políticos, diplomáticos, especialistas en diversas ramas, que aún representan a Cuba en distintas latitudes.

Se las agenciaba para estar al tanto de los que ganaban y de los que no. Siempre tenía a flor labios la congratulación a los vencedores, y a los otros, una frase de consuelo. Tal vez ahí estaba la semilla de la importante función que realizó hasta los últimos días de su vida: la Comisión Nacional de Atención a Atletas.

A la par, cumplía sus compromisos y responsabilidades con el baloncesto de primer nivel, tanto en Cuba como en el exterior.

Era maestro en los tabloncillos, sobresalía por su inteligencia táctica. Distribuía por aquí, por allá; era muy habilidoso. Eso le ganó la condición de capitán del equipo.

Las graduaciones universitarias colocan a las personas en diferentes caminos. Por motivos de mi trabajo –y del suyo- estuvimos muchos años sin vernos.

Fallecio el Jabao Herrera

Con gran responsabilididad cumplió cada tarea asignada. (Foto: cubasi.cu).

Coincidimos en una oportunidad de esas en que las dificultades con el transporte te someten a duras pruebas, y al verme dijo: “¡Oyeeeeee, sube que te llevo!”. En el trayecto hacia el Este de La Habana –donde ambos vivíamos-, quiso ponerse al día acerca de mi vida en tantos años sin vernos. ¡Misión imposible!

A partir de entonces, siempre que podía, era el “camaroncito duro”  que nos sacaba de apuros a Miriam, una amistad común, y a mí. Corroboré, una vez más, que era de los amigos que clasifican en la categoría de eternos, con una especial sensibilidad.

Nunca supe de su enfermedad.  Si hubiera conocido del mal que le aquejaba, hubiera “tejido” en papel esas mil grullas que, según la leyenda japonesa, conceden el deseo o el milagro de la salvación. Ya no es posible, pero imaginariamente las hago, en medio del dolor que provoca su muerte, para que descanse en paz el alma del extraordinario ser humano que fue.


Irene Izquierdo

 
Irene Izquierdo