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Publicado el 30 Abril, 2020 por Marieta Cabrera en En Cuba
 
 

Cual orquesta del Titanic (III)

Los profesionales de la salud lidian con el coronavirus para salvar nuestra especie, en Cuba y más allá
Prever la jugada del enemigo.

El policlínico Rampa preparó, como sus similares, un área para la atención diferenciada de pacientes con enfermedades respiratorias. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Por MARIETA CABRERA, MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ, LISET GARCÍA, PASTOR BATISTA y TONI PRADAS

“Yo no vi a ninguno, pero estaba atenta a si alguien tosía o tenía gripe”, recuerda Oralys Martínez Rojas, de 54 años, 25 de estos como camarera. Aunque esta profesión pudiera no tener interacción directa con los clientes, la gerencia del hotel Vedado, en La Habana, había informado la necesidad de todas estar atentas a cualquier síntoma febril o de malestar que vieran en algún turista, para informarlo al personal sanitario de la instalación.

Cigarro en mano y algo pasado de tragos, la mañana del lunes 16 de marzo llegó un español al céntrico hotel. Al día siguiente, Oralys y su compañera de labores fueron a hacerle la habitación, pero el huésped les pidió que realizaran el servicio más tarde. La directora del hotel les había mandado guantes desechables a las mujeres: ellas siempre los usan para trabajar, y el nasobuco cuando van a limpiar con cloro.

Mientras, la enfermera del hotel visitaba a menudo al español “porque fumaba mucho y tosía”, y ante la sospecha, el miércoles, ella y la doctora decidieron trasladarlo para hacerle las pruebas de COVID-19, a la vez que les prohibió a las camareras entrar a la habitación.

El domingo 22 fue un día precioso y Oralys se levantó con bríos para ir a trabajar. Casi a las seis de la mañana, lista ya para salir, le timbró su compañera para decirle que no fuera al hotel, que una doctora de su policlínico la había llamado para que se presentara allí y a ella igual le avisarían: el cliente español tenía el coronavirus.

Inmediatamente llamó también la enfermera del hotel y la remitió para su policlínico 19 de Abril, del municipio de Plaza de la Revolución. Cuando Oralys llegó al centro de salud, los facultativos ya tenían sus datos e iban raudos camino a su casa.

Apenas llegó, le dieron un nasobuco y la llevaron al cuarto de aislamiento. Hasta que se presentó el médico, la reconoció y le preguntó qué había sucedido, dónde había estado, sus contactos, todo… Luego, una ambulancia la llevó para el Hospital Militar Central Dr. Luis Díaz Soto, conocido como Naval, al este de la ciudad.

“Lo que quiero es que me cuiden a la vieja”, alcanzó a decir desde la ambulancia, sin sospechar que dos enfermeras y un enfermero del policlínico iban rumbo a su casa para limpiar todo con cloro, la primera acción emprendida para cuidar a “la vieja”, su suegra Rafaela González Rodríguez, de 86 años.

El Naval y otros hospitales militares del país fueron rápidamente acondicionados desde la etapa informativa de la COVID-19, para recibir los casos de personas con riesgo de infección por haber tenido contactos con viajeros internacionales llegados a la Isla.

Tras varias preguntas y exámenes en el hospital, al no haber tenido relación directa con el cliente ni tener síntomas, a Oralys la mandaron para su casa. Pero era un alta entre comillas, porque fue aislada en su vivienda durante 14 días bajo vigilancia médica.

Durante dos semanas, cada mañana y tarde la visitaban una doctora y una enfermera para ver su estado. Al principio iban tres veces en el día. “¡Oye, me tienen loca!”, les dijo en broma. Impasibles, las profesionales de la salud, debidamente protegidas, sin entrar a la vivienda le extendían un termómetro y Oralys lo devolvía con la temperatura actualizada. Hacían lo mismo con la suegra, la miraban casi con lupa y se interesaban por su estado.

“Todos los días pido a Dios por la salud de mi familia, de los cubanos y de todos en el mundo, para que nos libremos pronto de esta enfermedad”, expresó “la vieja”, también en cuarentena.

Los primeros en escuchar la plegaria de Rafaela fueron los profesionales de la salud, quienes, aun a riesgo de su vida, no han dudado poner toda su pericia y humanidad al servicio de sus congéneres y así demostrarle a la naturaleza que, como dijera recientemente el cantautor Silvio Rodríguez, no somos plaga sino especie.

De puerta en puerta

Prever la jugada del enemigo.

Estudiantes de ciencias médicas se han hecho dueños de la calle para realizar la pesquisa activa y conocer el estado de salud de millones de ciudadanos. (foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Un sencillo y a la vez bien entramado sistema de detección de potenciales contagios, fue previsto antes de conocerse el primer caso reportado en Cuba. Apenas esa esperada e indeseada noticia se supo, fue activado el mismo para conocer quiénes tenían en el país condiciones clínicas y epidemiológicas para sospechar que habían contraído COVID-19.

La presencia de enfermedades cardiovasculares e hipertensión, diabetes mellitus y otras, particularmente en las personas de mayor edad, son factores que pueden hacer caer la balanza a favor del agravamiento de la posible enfermedad, incluso determinar la muerte. De ahí la importancia del husmeo.

Así, junto a los mecanismos de vigilancia sanitaria –establecidos en aeropuertos, puertos y marinas, y en hoteles y otras instalaciones turísticas–, encargados de divisar la entrada furtiva del nuevo coronavirus en personas procedentes de países ya afectados, un ejército de estudiantes de profesiones médicas se ha hecho dueño de la calle. Tocando casa por casa, realizan el pesquisaje de millones de ciudadanos para conocer su estado físico, así como sus padecimientos, a fin de elaborar diversas estrategias de seguimiento según dicte el caso, junto al médico de la familia y el policlínico correspondientes.

Miles de jóvenes de todo el país –desde segundo a quinto año de Medicina, así como de tercero y cuarto de Estomatología– son los protagonistas de esta cruzada. Algunos por primera vez; otros ya con experiencias en buscar indicios de dengue o zika.

“Tenemos conciencia de la labor que hacemos, y que estamos integrados al sistema de salud pública del país. Y esta es la misión que nos ha tocado”, comenta a BOHEMIA Liset María Riverón Suárez, estudiante de cuarto año de Medicina, ubicada para ejercer en el capitalino policlínico Rampa. “Vamos a ser médicos y desde ahora nos sentimos responsables de la salud de la población”.

Lejos de allí, en Ciego de Ávila, Dianet Cuba León, estudiante del mismo año que Liset María, apunta que para hacer esta tarea recibió antes la adecuada capacitación, primero en el hospital, durante dos sesiones, y luego en el policlínico del área que atiende. “Realmente nos ofrecieron una información muy buena”, juzgó.

Con nasobucos en sus rostros y libretas en las manos, Stefan Morales Gallo, José Luis Sánchez y Xavier Chang Rivas, de segundo año de Medicina en la Facultad Manuel Fajardo, exploran por las áreas del policlínico 19 de abril donde, afirman, son bien recibidos.

Cuenta Felipe Hernández Caldevilla, estudiante de cuarto año de Medicina de la Facultad Calixto García, que en su búsqueda de síntomas respiratorios o contactos con extranjeros en la zona que cubre el policlínico Rampa, las personas son muy receptivas y le invitan a pasar a sus hogares. Pero él rehúsa: hay que mantener la distancia, otro día será. De paso, hace promoción de salud, explica la necesidad de lavarse las manos, de evitar las aglomeraciones.

“Las personas están dando una buena respuesta ante el trabajo que hacemos. A todos los casos sospechosos o con síntomas respiratorios les hacemos un seguimiento diario para ver su evolución”, acota el futuro doctor Hernández Caldevilla.

Por si fuera poco, cuando la joven doctora Berta Leysi Santos Vegas, del consultorio del Médico de la Familia No. 1, perteneciente al policlínico 19 de abril, visita a las octogenarias hermanas María, Ramona, Margarita y Enriqueta Ruiz Bravo, así como a Juan Francisco Ibarra, esposo de esta última, “nos ponemos –dicen– en fila india para que nos tome la presión a todos”.

Cazando arañas epidemiológicas

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En la consulta de infecciones respiratorias del policlínico 19 de abril son evaluados los pacientes para adoptar la conducta indicada en cada caso. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Cuba tiene un sistema de vigilancia de las infecciones respiratorias agudas graves, le recuerda a BOHEMIA el doctor Francisco Durán García, director nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública. Es habitual, dice, que se realicen cinco o seis millones de atenciones anualmente por infecciones de ese tipo.

Para determinar el virus respiratorio que provoca cada cuadro agudo, se hacen pruebas que comprenden 17 agentes en total, lo cual permite saber a los epidemiólogos cuál virus está circulando. Asimismo, se efectúan campañas de vacunación antigripal todos los años para proteger a niños, embarazadas y la población de riesgo.

Desde la aparición del nuevo coronavirus en Cuba, la entrada principal que da acceso a la consulta de enfermedades respiratorias del policlínico 19 de abril puede, por momentos, estar encrespada. Allí llegan los pacientes habituales de ese servicio, otros que nerviosamente quieren descartar la COVID-19 y rezan para que su tos sea de influenza, y también los remitidos por quienes pesquisan y los médicos de la familia al considerarlos portadores “sospechosos”.

La licenciada en Enfermería Mercedes Pérez Cuesta es la encargada de “clasificar” (orientar) a las personas que se le acercan, pero antes les indica que se laven las manos con el hipoclorito que tienen allí preparado. Cumplido el rito, les pide que se sienten a esperar que el doctor los atienda. La mayoría supera los 60 años y afortunadamente casi todos van con nasobucos.

Revela el doctor Ernesto Fidel Córdova Oro, especialista en Medicina General Integral y director del policlínico Rampa, que su institución, llamada a velar por la salud de casi 19 800 habitantes de los consejos populares Rampa y Príncipe, preparó, como sus similares, un área para la atención diferenciada de pacientes con enfermedades respiratorias, con sala de aislamiento, y personal dispuesto las 24 horas. Allí permanece un médico y una enfermera, y se realiza la desinfección del local después que sale cada persona que fue aislada.

Asimismo, se creó en el lugar una comisión evaluadora para definir cada caso. Está integrada por profesionales clínicos, pediatras, ginecobstetras y médicos generales integrales de mayor nivel. Es decir, másteres y diplomados en atención de urgencias.

Según el protocolo, para que una persona sea sospechosa de portar COVID-19 tiene que haber estado en contacto con un paciente enfermo o que provenga de un país con transmisión de la enfermedad.

Por ello, precisa el doctor Córdova Oro que solo se remiten los sospechosos con síntomas, es decir con un criterio clínico y un criterio epidemiológico. Estos van a la sala de aislamiento y los envían, si es cubano, para el Hospital Militar Central Dr. Luis Díaz Soto, y si es de otra nacionalidad, para el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), en las afueras de la capital.

Pero muchísimos sospechosos son asintomáticos, así que pasan a ser vigilados facultativamente en aislamiento domiciliario. Entonces el equipo básico de salud (médico o enfermera de la familia) mantiene sobre estos un seguimiento y sin falta les controla la temperatura dos veces en cada jornada durante 14 días.

El director del policlínico Rampa recuerda que su equipo médico participó en el control de foco relacionado con el turista español del hotel Vedado, ese que fumaba mucho, y resultó positivo a COVID-19.

“Estamos indagando sobre los contactos para determinar la araña epidemiológica. La única manera de contener la enfermedad es cortar todos los puntos de transmisión. Y todo el posible contacto, hay que controlarlo y aislarlo”, sentencia el experto.

Tal vez, a manera de comprimido farmacéutico, pueda sintetizarse mejor esa política con las palabras del ministro de Salud Pública, doctor José Ángel Portal Miranda, dichas en una de las numerosas emisiones sobre el tema, del programa televisivo Mesa Redonda: “No esperamos que aparezca el caso: lo buscamos”.

Ajustando tuercas

Prever la jugada del enemigo.

Foto: CUBAHORA

Armar el árbol genealógico de la infección puede resultar bastante complejo. “La gente no siempre quiere aportar la cantidad de datos necesarios. Y en estos momentos, de la calidad de la investigación epidemiológica que se haga depende que se pueda cortar la transmisión. Si se nos queda un cabo suelto o alguien que estuvo en contacto con un caso positivo, ese puede estar transmitiendo”, se lamenta el director del policlínico Rampa, ubicado en una de las zonas de mayor circulación de cubanos y extranjeros, hoteles, instalaciones extrahoteleras y arrendamientos para turistas.

Durante el mes de marzo, los casos detectados tenían como fuente de infección predominante la entrada de portadores al país y el contacto en primero o segundo nivel con esos viajeros.

Pero a partir del 31 de ese mes, los 1 400 pobladores de la comunidad Camilo Cienfuegos, del pinareño municipio de Consolación del Sur, tuvieron que ajustarse a inusuales medidas de aislamiento, luego de detectarse allí el segundo evento de transmisión local de la COVID-19 en Cuba. Para entonces, había cinco pacientes positivos a la enfermedad, mientras que unas 110 personas, identificadas como contactos, permanecían aisladas en centros habilitados con esos fines en el territorio y en la cabecera provincial.

Igualmente, a partir del 3 de abril fueron incrementadas por el Consejo de Defensa Provincial de La Habana las medidas de aislamiento social del Consejo Popular El Carmelo, barriada de El Vedado, Plaza de la Revolución. En esta urbanizada área de 1,32 kilómetros cuadrados, habitan 27 000 residentes que, en escasísima cantidad y muy justificadamente, pueden desplazarse a otras zonas de la ciudad con salvoconductos y previo test para el COVID-19.

En ambos casos, como garantías básicas para hacer efectiva la restricción, a sus pobladores se les asegura el abasto de agua y el suministro de alimentos, así como los servicios sanitarios, que en el caso de la comunidad pinareña se ofrecen en un puesto médico concebido para la vigilancia permanente.

De 14 en 14

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Ilustración: ADÁN IGLESIAS

Desde la aparición del virus en el país, el 11 de marzo pasado, una buena cantidad de casos detectados como positivos fueron ingresados en las salas del apacible IPK, una institución que prestigia, con sus resultados científicos y clínicos, al sistema de salud cubano.

Las pruebas de biología molecular (PCR, para confirmar la presencia del nuevo coronavirus en los pacientes sospechosos) se realizan desde el primer momento en el IPK. Luego se sumaron los centros provinciales de Higiene, Epidemiología y Microbiología de Santiago de Cuba y Villa Clara. Más recientemente, con la ampliación de esos diagnósticos y la masificación de los llamados tests rápidos, fue incorporado el homólogo de La Habana.

Explica la doctora en Ciencias María Guadalupe Guzmán Tirado, jefa del Centro de Investigación, Diagnóstico y Referencia del Instituto, que en estos predios tres grandes funciones ocupan sus días: la investigación en enfermedades infecciosas, los servicios altamente especializados (atención de los pacientes, evaluación de los estuches, vigilancia, referencia), y la capacitación y la docencia.

En este sentido, el IPK es uno de los centros nacionales que está asumiendo a los pacientes sospechosos y confirmados de COVID-19 con una serie de protocolos desarrollados para su tratamiento, siguiendo las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las experiencias obtenidas internacionalmente y de China en primer lugar, así como las propias experiencias nacionales, en particular la adquirida en el tratamiento de otros cuadros respiratorios graves.

“Fue en el IPK donde se capacitaron miles de profesionales del sistema nacional de salud, para apoyar la implementación del plan país ante esta emergencia. También se ha entrenado personal de otros sectores”, recuerda la investigadora.

Uno de aquellos primeros capacitados fue el doctor en Ciencias Médicas Daniel González Rubio, médico especialista de segundo grado en Medicina Interna, quien está a cargo en el IPK de los equipos de profesionales que atienden a los pacientes recluidos.

Cuando comenzaron a llegar las ambulancias con los primeros pacientes remitidos desde los puntos donde existe un control sanitario internacional (aeropuertos, puertos), de las áreas de atención primaria y de algunos hospitales, el Instituto habilitó sus aproximadamente 140 camas en total aislamiento y se dedicó enteramente a esta infección viral.

A la vez, se conformaron diferentes grupos que escalonadamente asisten a los pacientes en esas salas, debidamente protegidos y sin salir durante 14 días. Luego se sustituyen y los salientes pasan otras dos semanas cumpliendo una cuarentena lejos de sus familiares. Solo después, durante otros 14 días, pueden disfrutar el calor hogareño cumpliendo el aislamiento social adoptado en todo el país. Retomadas las fuerzas, regresan a la tarea de arrancar de la muerte a otros congéneres que padecen la COVID-19 en los impolutos y gélidos salones, acompañados de las medidas de bioseguridad imprescindibles para el enfermo y el personal que lo atiende.

Prever la jugada del enemigo.

El chequeo diario del estado de los pacientes ingresados en el IPK y el cumplimiento de los protocolos establecidos es parte de la labor del doctor en Ciencias Médicas Daniel González Rubio. (foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

“La dinámica diaria es llegar y –vía telefónica con los médicos que están en la sala y que nunca salen– ver la situación, lo nuevo que pasó, en las pocas horas transcurridas. Y vamos discutiendo todos los días sobre los pacientes que tienen criterio para hacerles el examen de comprobación de la enfermedad, los que tienen criterio de alta, cómo van evolucionando los positivos, cómo va el cumplimiento de los protocolos”, revela el jefe de los sanitarios.

“Me siento un poco al margen”, se lamenta González Rubio. Ahora es directivo y no puede verles la cara a los enfermos, tocarles, como otras veces que ha trabajado en el zika, en la epidemia de dengue de 2001-2003, en la de cólera. “No es igual, a los médicos que vemos a los enfermos nos gusta estar comprobando con nuestros propios ojos lo que nos dice otro”.

Como compensación, ninguna de las anteriores contingencias ha tenido para él la magnitud de la actual desde el punto de vista científico, social, mediático y, por supuesto, del aprendizaje.

De vuelta a casa sobre la medianoche, el especialista se entrega al placer de su familia: su esposa, bacterióloga del IPK, y su hija Dania, estudiante del segundo año de Medicina, quien se encuentra haciendo pesquisajes para atajar en un escondrijo a la COVID-19.

Es que los médicos son –así describió en Facebook una profesional de la salud su tarea– como la orquesta del Titanic, que nunca dejó de tocar mientras se hundía el trasatlántico.


Marieta Cabrera

 
Marieta Cabrera