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Publicado el 12 Agosto, 2020 por María de las Nieves Galá León en En Cuba
 
 

FAMILIA (I)

Diarios desde la cuarentena

En el “vórtice del huracán” mundial generado por el nuevo coronavirus ha estado la familia. Acatar el distanciamiento físico y reprimir expresiones de afecto habituales; garantizar la alimentación y logística de la casa; sobrellevar estrés, miedos, enfermedades, conflictos y vacíos; en mejor o peor modo, han redimensionado la agenda intrafamiliar durante estos meses. BOHEMIA salió en busca de testimonios y voces especializadas para tantear el impacto de la pandemia puertas adentro
Diarios desde la cuarentena.

Foto: YASSET LLERENA ALFONSO.

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ e IGOR GUILARTE

Su nombre es Amanda Barak Hernández. Tiene cuatro meses y unos ojazos vivos y redondos como dos lunas esmeraldas. Lo más sorprendente: ya usa nasobuco. “Para ella resulta algo normal, una prenda más”, precisa Alicia Hernández, su joven madre. Amanda es reflejo de una nueva generación que nace y crece en un mundo donde el aire que se respira no es lo que era. Cosas de la nueva normalidad.

Con siete y media libras, la bebita vio la luz en el hospital materno González Coro, del Vedado capitalino, a media mañana del 11 de marzo. Casualmente, ese miércoles, en la emisión estelar del NTV, fue informado de manera oficial la presencia de la COVID-19 en Cuba. Entró vestida de turista. Tres italianos fueron los primeros casos positivos a la enfermedad.

Alicia, traductora de francés, dice en claro español que a las ansiedades propias de una madre primeriza vinieron a sumarse otros escalofríos relacionados con el nuevo coronavirus que devoraba fronteras por día. No era para menos. Hasta el sol de hoy han tenido que andar por una senda paralela a la del virus quebrador de cuerpos. No cruzarse jamás sería la máxima de ella y los suyos.

Gracias al cuidadoso aislamiento y la ocupación familiar, Amanda ha crecido saludable, rozagante. Con sus ojos encendidos, a pierna suelta se mece hoy en una especie de moisés-columpio. Se porta bien, “aunque no te engañes, tiene su ‘genio’, sobre todo para que la cargue”, aclara mamá. La nena lanza un fuerte gorjeo, como para confirmarlo. Rosa González interviene y acota que en carácter salió a ella, y deja escapar esa sonrisa medio extasiada, típica de las abuelas que se desviven por el angelito de casa.

Su hija relata que “sobre todo al principio sentimos mucho miedo, preocupación, la incertidumbre de qué pasará… Solo hemos salido a consultas médicas de rigor y eso con el coche ‘blindado’ por nailon y sábanas. Han sido meses de encierro. Llega el momento en que la casa pesa y la convivencia se vuelve tediosa; además hay que buscar alimentos y recursos que demanda una niña chiquita. Por suerte, de eso se encargan mi esposo y mi papá.

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La pequeña Amanda Barak Hernández es parte de la generación que ha nacido bajo el signo de una nueva normalidad. (Foto:: YASSET LLERENA AL-FONSO).

“Quizás lo más doloroso es que mi hermana, demás familiares y amigos no hayan podido disfrutar a la niña, pues evitamos las visitas. La han visto a distancia, por la reja o videollamadas. Es complicado, te queda cierto sinsabor, pero no pensamos en nosotros, sino en ella; nos ha dado fuerzas para sortear la adversidad”, relata Alicia, sin levantar la vista del retoño.

En el reparto Martí, del municipio de Cerro, tiene su casa Geomar Marrero. Ahora mismo no tiene lo que tenía que tener: hace dos días se rompió el televisor y le dijeron que no tiene arreglo. Durante estos meses de cuarentena ha sido el instrumento principal para entretener a sus tres niños, sobre todo a los jimaguas Yadiel y Jadiel, de nueve años de edad. Eso le preocupa. En una esquina de la pequeña sala está el altar de los orishas. Les tiene fe. Mientras, como un cuadro triste en la pared, sigue colgado el pantalla plana, irremediablemente apagado. Todo se vuelve un dolor de cabeza. Por ahora, busca una duralgina.

Ama de casa, Geomar expresa que ha sido una etapa de “hacer muchas colas para asegurar la comida de la familia, porque los muchachos siempre tienen apetito”. Comenta que su esposo Jonel es custodio y ella se ocupa de los hijos y la abuela de 87 años, a quien cuidan como a una reina.

A su lado, los jimaguas le ponen oídos. Son tan unidos, parecidos y diferentes como el Ying y el Yang. El primero afirma sin miramiento que no extraña la escuela, que conversa en clases y que la maestra lo regaña; el segundo, añora el aula y a sus amiguitos, le gustan las teleclases y cuando tiene dudas pide ayuda a la bisabuela Irma Luaces, otrora maestra.

Mantener a los niños en el hogar durante tanto tiempo no ha sido fácil para Geomar, pero asegura haber acatado el “quédatencasa”. “Juegan mucho, hacen ejercicios porque los pequeños practican atletismo y Yonel, de 12 años, lucha. Quieren ser deportistas y los alentamos”, apunta como buena mamá.

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Geomar Marrero, junto a sus jimaguas y la abuela Irma Luaces. (Foto: AGUSTIN BORREGO TORRES).

Probablemente nadie ha pensado (¿o sí?) en los niños cuando aplaude con justicia las hazañas de los médicos y científicos a las nueve de la noche; pero nuestros peques (a quienes a veces cantamos las cuarenta porque no los comprendemos) han sido verdaderos héroes de la cuarentena. Ellos merecen más que palmas.

Mente positiva

Cuando Daniela Tellería dijo en casa que se iba para La Covadonga (Hospital Docente Salvador Allende) a apoyar en la atención a enfermos y sospechosos de COVID-19, se escuchó como una bomba. Su mamá Idelma Otero se aterró: “Imagínese, es mi única hija, y uno siempre piensa en el peligro. Fue difícil, pero ella tenía que dar el paso. Le aconsejé cuidarse mucho. Los 28 días que pasó fuera de casa no viví”.

Evelio Tellería confiesa que ante el anuncio de su hija no solo se opuso, sino que puso el grito en el cielo. “Es normal, emergió el miedo de padre. Ella se iba a la zona de peligro. Pero al verla tan decidida no me quedó más alternativa que aceptar. Solo le pedí que extremara las medidas de protección”.

Con la entereza y mesura de sus 103 años, María Alfaro, la abuela, manifestó rauda comprensión del momento –quién sabe si para animar a los afligidos padres de la muchacha– y mirando a Daniela, con sabiduría de anciana, la alentó con su refrán: “Nunca digas que el dolor mata. Mente positiva y pa’lante”.

Gracias a las comunicaciones por celular e internet la familia ganó sosiego, mientras el nerviosismo fue cediendo al orgullo de conocer la buena actitud de su hija en la primera línea de combate, como parte del grupo de profesores y alumnos de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona que apoyó en diversas actividades en el hospital.

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La familia Tellería-Otero siente orgullo de la misión cumplida por Daniela. (Foto:: AGUSTIN BORREGO TORRES).

“Es una experiencia única. Es cierto que sentimos miedo y preocupación y extrañamos mucho a la familia; sobre todo durante los 14 días en que permanecimos aislados, hasta que el PCR dictaminó que no estábamos contagiados. De inmediato llamé a mis padres. Fue una felicidad”, la satisfacción maquilla el rostro de Daniela.

Exorcismos para miedos

Para Héctor Felipe Hernández, residente en el propio Cerro, no ha sido fácil sobrellevar los meses de aislamiento. A sus 80 años, lucha estoicamente por asimilar la soledad. El 10 de marzo, en vísperas de decretarse en Cuba la emergencia por el nuevo coronavirus, perdió a su esposa, compañera durante seis décadas. A partir de entonces han sido más desabridos los domingos, la casa se volvió desesperadamente grande, y los silencios también.

“Apenas he salido de aquí, solo a algo muy necesario. Una amable vecina me ayuda con las compras del mercado y la limpieza de la casa. Estoy acostumbrado a cocinar, lo hacía aun cuando Pucha vivía. Preparo comida para dos o tres días, en especial caldos. Veo mucha televisión, a veces me siento en el portal y me entretengo con las gallinas que tengo. Nadie está educado para la soledad, y menos si está la amenaza de un virus como este”.

Héctor Felipe explica que gracias al teléfono se mantiene cercano a la familia, a los amigos y al hijo que vive en el extranjero. Miembro fundador de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, manifiesta sentirse orgulloso por la forma en que el Gobierno ha enfrentado la pandemia.

Otra que libra una batalla que parece no tener fin es Carmen (la entrevistada pidió preservar su nombre real), quien vive en el municipio de Arroyo Naranjo. Aunque son distintos los demonios que la estresan. La adicción por la bebida de su esposo, desde hace años, restó oxígeno al clima familiar. “Es un hombre educado, amable; pero se convierte en otra persona. Al principio lo enfrentaba, le llevaba la contraria, pero era peor. Opté por ignorarlo, si era posible. Nos hemos separado no sé cuántas veces y siempre volvemos”.

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Hasta una simple tacita de café brindada por un vecino ha servido para atenuar las nostalgias. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

En estos meses se han multiplicado sus desasosiegos con la amenaza de la COVID-19 y porque la relación matrimonial sigue marcada por los altibajos, similar a la curva epidemiológica. El problema ha ido y venido. “Convivir con un alcohólico es difícil, he intentado que vaya al médico, pero dice que no está enfermo. Al final, se hace daño él; y a nosotros”, lamenta.

Algo más distante, en Artemisa, Emilio Sánchez no pudo evitar que la tensión se mudara unos días a su casa. Entró por la misma puerta por donde salió su esposa Aida G. León. Ella, licenciada en Enfermería, fue designada para laborar en un centro de aislamiento, por lo que Emilio y la hija de 14 años debieron repartirse las tareas domésticas.

Durante 15 años de matrimonio nunca habían estado separados por tanto tiempo. “Estaba ansioso por ella, pero no podía decirlo para no inquietar a la niña. Por teléfono le decíamos que en casa todo estaba normal. La niña asumía varios quehaceres y cuando yo llegaba del trabajo hacíamos la comida. Mas nada era igual, faltaba su sazón. Estuve intranquilo hasta que regresó”.

Para no ser coronada de la peor manera, las octogenarias hermanas María, Ramona, Enriqueta y Margarita Ruiz Bravo han seguido con rigor las orientaciones de las teleconferencias matutinas del doctor Durán. Esta familia del Nuevo Vedado, en La Habana, está consciente de su condición de vulnerabilidad ante el virus que tiene en jaque al mundo.

Para los niños, verdaderos héroes de estos meses, jugar ha sido una de las recurrentes ocupaciones en casa. (Foto: AGUSTIN BORREGO TORRES).

“Limpiamos las puertas y todas las superficies, hasta los andadores de Margarita y Ramona. Nos saludamos protocolarmente, conversamos mucho, a veces discrepamos pero somos muy unidos. Otra hermana que vive cerca es la única que nos visita, con el resto de las amistades hablamos por teléfono”, expone Enriqueta.

Aun cuando el Estado cubano –mediante diversas instituciones– ha tenido como estrategia fortalecer el papel de la familia en la sociedad, proteger a sus integrantes y fomentar relaciones intrafamiliares, no todos los núcleos han estado en igualdad de condiciones para asumir los desafíos de la COVID-19.

La familia es el árbol de la vida, el tronco de la sociedad. Quizás lo refleje este conjunto de historias, cuyo epílogo son esos abuelos ejemplares que han enraizado el cariño y la hermandad como fórmula vital. Y que nació con Amanda, la bebita de ojos color esperanza, que aflora cual mensaje de amor en tiempos de coronavirus.

 Contigo en la distancia

La presencia de la COVID-19 ha supuesto nuevos retos en el plano psicológico. Profesionales comparten experiencias y análisis al respecto

Rosa Campoalegre no muestra síntomas de quien ha pasado 16 semanas aislada en un apartamento kilométricamente distante de el Vedado habanero. Por el contrario, exhala hospitalidad y un espíritu que hace honor a su apellido. Es una samaritana. En tiempos de coronavirus –claro, con la participación de colegas y colaboradores de varias especialidades– ha tejido una red de apoyo emocional para atender a personas mayores en situaciones de vulnerabilidad o asfixiadas por la soledad.

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Rosa Campoalegre ha entablado una mística relación con su helecho, que la ayuda a sentirse menos sola. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO)

Curiosamente, ella roza la edad de riesgo y vive sola. Si es que cabe esa palabra. Mientras prepara un jugo de melón –para obsequiarnos– señala al balcón donde cuelga un frondoso helecho con el que ha establecido una interacción mística. Lo eleva en sus palabras, lo riega, ¡le habla! Gracias a la planta vascular se siente menos sola, afirma. Y bueno, comparte horas hablando por teléfono, con conocidas voces de amigos desconocidos que reclaman compañía y consejos antiestrés. “Todos necesitamos cuidado, en un momento u otro”, es su mantra.

De estatura mediana y con cierto look de ministra africana, la doctora en Ciencias Sociológicas ostenta otros títulos, pero acudimos a ella como coordinadora del proyecto Acompáñame. Consiste en un servicio social, solidario y psicológico, dirigido a asistir con frecuencia semanal a personas mayores de 60 años mediante llamadas telefónicas y mensajes por Whatsapp.

La idea nació del Grupo de Estudios Sobre Familia perteneciente al Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), a fin de paliar el golpe psico-social de la COVID-19 en abuelitos de El Carmelo, el primer consejo popular sometido a aislamiento en La Habana. A partir de la necesidad y los favorables resultados, el trabajo se extendió a otras zonas del propio municipio de Plaza de la Revolución.

“Acompáñame marca un tránsito en el paradigma de cuidados a las personas mayores. Se basa en el diálogo intergeneracional y en la promoción de redes comunitarias a favor del bienestar subjetivo. Es un puente de amor. Nuestra meta para la etapa pospandémica es crear un sistema nacional de cuidados, con rediseños y soluciones integrales. El cuidado es un derecho universal”, diserta con ademanes comedidos la locuaz Campoalegre.

Profesionales en línea

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Durante el aislamiento una llamada telefónica puede ser la salvación para personas en condi-ciones de vulnerabilidad. (Foto: MARTHA VECINO ULLOA)

“¿Alo? ¿Quién llama ¿Quién llama??… ¿Alo? ¿Alo? ¿Alo?  Ese soy yo”… Le cantaban con tono de teléfono y en calipso Los Zafiros a Ofelia. Pero a diferencia de esas Voces del Siglo que conocían a la musa de Un nombre de mujer, la máster Odalys González, integrante de Acompáñame, no conoce a quien llama.

“La primera llamada que atendí fue de una adulta mayor de 75 años cuyo hijo dio positivo a la COVID-19. En los primeros contactos estaba triste, preocupada por el hijo y la situación del país; llegaba al llanto. No vivía sola pero le vencía la incertidumbre. Nos hemos comunicado por casi tres meses. Mediante la orientación psicológica la escucho, la acompaño; siempre desde la empatía y la solidaridad a fin de canalizar sus angustias.

“En definitiva su hijo fue dado de alta y ella misma reconoce notables mejorías en el estado de ánimo y cambio de rutinas. Potencia su autocuidado, realiza ejercicios físicos en casa y agradece al servicio Acompáñame. Estoy satisfecha de haber contribuido a que hoy se encuentre bien y rodeada de su familia. Ahora esperamos a que la situación epidemiológica mejore para encontrarnos físicamente”, enfatiza.

Desde el primer momento, de igual manera que otros valientes se fueron a las zonas rojas, los profesionales de la psicología expresaron su disposición de acompañar a la familia cubana y en tal sentido implementaron acciones específicas para afrontar los efectos de la COVID-19 en el plano psicológico. También han realizado una labor titánica.

Sobre algunas vivencias en Santiago de Cuba comenta –vía correo electrónico– Alberto Cobián, presidente fundador de la Asociación Panamericana y Caribeña de Hipnosis Terapéutica: “Se respondió de manera audaz, decidida y con la integración de diversas instituciones. En nuestra área podemos citar la intervención psicoterapéutica a estudiantes de medicina caribeños que presentaron dificultades en el orden psicoemocional. Y se dio el caso de una embarazada adolescente a la que aplicamos cinco sesiones de hipnoterapia para reducir sus niveles de ansiedad; esto le aseguró un parto feliz”.

¿Se reinventa la familia?

¿En qué medida la situación de aislamiento pudo cambiar el equilibrio emocional y los roles intrafamiliares? ¿Qué principales lecciones para la familia dejan los días de pandemia?

Felicitas López, doctora en Ciencias Jurídicas, coordina el área social del proyecto Acompáñame, enmarca la respuesta en dos vertientes: las relaciones intergeneracionales y la cultura del cuidado que ha comenzado desde el propio seno hogareño.

“Indiscutiblemente, no en todos los hogares las relaciones entre sus miembros en tiempos de COVID-19 se han manifestado de la misma manera. Pueden haberse dado manifestaciones de violencia porque muchas personas no saben lidiar con las asperezas, las incomprensiones, los diferentes caracteres, y hasta con los problemas habitacionales. Igual pienso que se habrán dado conciliaciones, mediaciones, y puesto en práctica mecanismos de adaptación para asumir los desafíos de la convivencia.

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El proyecto Acompáñame está compuesto por un grupo multidisciplinario que busca el bienestar de adultos mayores. (Foto: Cortesía de Acompáñame).

“Durante el aislamiento –agrega– la angustia compartida, las preocupaciones y dificultades por las que han transitado las familias, pueden revertirse en buenos motivos para fortalecer la familia. Y no solamente de las biológicas, sino las que se han ido construyendo por el afecto y la solidaridad”.

La joven y bien preparada Odalys refiere que el quédateencasa demanda restructuraciones al interior de la familia, sobre todo si conviven niños y ancianos. “Es esencial asignar tareas específicas a cada miembro, delimitar y respetar los espacios y tiempos, y manejar los malestares emocionales. Todo eso se logra con una convivencia saludable donde primen la comunicación y el respeto, y se asuman correctamente los roles”.

Para el profesor titular y emérito de la Universidad de Ciencias Médicas santiaguera, Alberto Cobián, la COVID-19 supone, efectivamente, una situación inédita. “Jamás habíamos vivido en confinamiento. Desde lo psicológico, ha generado angustia, ansiedad, tristeza, preocupaciones, miedos y numerosas reacciones –hasta fricciones, desencuentros y violencia– que no se han manejado del modo preciso, por esa falta de experiencia”.

A su juicio, ha sido una especie de pulso entre dos conceptos aplicables a lo psicológico y lo social: estrés y resiliencia. El primero es el rompimiento del equilibrio funcional de un organismo (la familia) y el segundo, es la capacidad de los seres humanos de volver a su estado inicial, incorporando recursos como el aprendizaje y la experiencia, para hacerse invulnerables.

“Si se mira con el ojo bueno, el aislamiento ha permitido a la familia aprovechar el tiempo, unirse, interactuar, conversar; compartir teleclases, lecturas y juegos con los niños. Es vital mantener el equilibrio familiar, que se logra con comunicación, conjunción de intereses, respeto al derecho y a la opinión del otro. En la familia todos cuentan, todos son importantes.

“La principal lección para la familia cubana que deja la pandemia, desde mi punto de vista, es que cuando hay disciplina consciente, responsabilidad y respeto a las normas, se vence. Y no hay victoria sin sacrificios”.

 


María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León