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Publicado el 23 Febrero, 2017 por ACN en Historia
 
 

Félix Varela, revolucionario y precursor

Comprendió tempranamente esta verdad como un templo: “La necesidad de instruir a un pueblo es como la de darle de comer, que no admite demora...”, llevada a la práctica muchos años después por Fidel.
Padre Félix Varela.

(Foto: Universidad de La Habana)

Marta Gómez Ferrals

El 25 de febrero de 1853, a la edad de 64 años,  falleció en San Agustín de la Florida, Estados Unidos,  el extraordinario Padre Félix Varela, un cubano insigne de  huella todavía por conocer mejor y a fondo en estos tiempos.

Fue maestro, sacerdote, escritor, filósofo y político. Dueño de una de las mentes más brillantes de su época, en él convivían con coherencia la fe, la doctrina religiosa, la investigación científica, el servicio público y social, la transgresión, una moral acendrada, la honradez y el ideal de libertad.

A todas esas cualidades fue fiel por convicciones y estas hicieron de él un hombre de avanzada y una de las luces de la pedagogía cubana, al igual que su maestro José Agustín Caballero. Pero su influencia fue más vasta que la ejercida en este terreno, donde primero, ciertamente, mostró su espíritu innovador.

Como se sabe, tales características lo llevaron al vórtice de importantes problemas de su tiempo, que enfrentó a conciencia, y añadieron riesgos y fecundidad a una existencia que aún hoy resulta fascinante y objeto hasta de culto. Pero no es suficientemente conocida.

A los 14 años, este habanero nacido el 20 de noviembre de 1788, inicia estudios en el Real y Conciliar Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, siguiendo vocación seminarista que cambió el designio familiar de una carrera militar.
Llevó estudios paralelos en la Universidad de La  Habana y a los 19 años, el sobresaliente jovencito recibe cátedras de sus propios profesores.

A los 23 años es ordenado sacerdote. Con 24  de edad el Padre Varela es nombrado  profesor de Filosofía, Física y Ética en el Seminario, donde instala el  primer laboratorio de Física y Química de la Isla.

Varela revolucionó los métodos de enseñanza desde las aulas del Seminario. Impartía clases en idioma español, aun cuando era experto en el latín y se empeñó en cambiar el aprendizaje memorístico, en pleno auge en la escolástica de entonces, por el método deductivo, el razonamiento y el conocimiento profundo.

Dio gran importancia a la experimentación en el estudio de las ciencias. José de la Luz y Caballero, uno de los discípulos más
connotados,  dijo: “Mientras se piense en la Isla de Cuba, se pensará en quien nos enseñó primero en pensar”.

En sus aulas se formaron futuros hombres sobresalientes del siglo XIX cubano como José Antonio Saco, Domingo del Monte, literato y protector de escritores y artistas, y  el citado José de la Luz y Caballero. Otro alumno notable resultó  Rafael María de Mendive, el maestro de Martí.

Comprendió tempranamente esta verdad como un templo: “La necesidad de instruir a un pueblo es como la de darle de comer, que no admite demora…”, llevada a la práctica muchos años después por Fidel.

Fundó la primera Sociedad Filarmónica de La Habana, ingresó y trabajó en la Sociedad Económica de Amigos del País. Escribió obras de teatro presentadas en escenarios habaneros y redactó libros de textos para estudiantes de Filosofía.
Incluso más adelante, en Estados Unidos,  inventa y patenta un equipo para aliviar las crisis de asma.

El 18 de enero de 1821, el Padre Varela inaugura en el Seminario de San Carlos,  la primera Cátedra de Derecho de América Latina.

Testimonios de la época dieron fe de que los jóvenes de La Habana se apiñaban en puertas y ventanas del recinto donde Varela impartía clases. Por vez primera en la ínsula se conocía de materias sobre la legalidad, la responsabilidad civil y el freno del poder absoluto, sobre libertad y derechos del hombre.

Algo que muchos han considerado clave en la formación del futuro ideal  independentista de los patricios cubanos y de la conciencia nacional. Varela solo pudo ejercer allí por tres meses.

En 1822 fue electo Diputado a las Cortes Españolas, lo cual cumplió en Madrid, junto a otras personalidades.

Fue el tiempo de su petición a la Corona de un gobierno económico y político para las Provincias de Ultramar, la solicitud de reconocimiento a la independencia de Hispanoamérica y sus escritos sobre la necesidad de abolir la esclavitud de los negros en la isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios, que no llegó a presentar a las Cortes.

Con la implantación del absolutismo de Fernando VII, debió refugiarse en Gibraltar, pues sobre él pesaba una condena a muerte, ganada por su subversiva posición de avanzada.

De manera que el Padre Varela se vio obligado a residir hasta el fin de sus días fuera de su tierra natal.

Y fue en Estados Unidos donde recibiera en su primera infancia educación religiosa por mediación de su abuelo, del Padre O Reilly, un suceso de gran influencia para él.

Radicó primero en  Filadelfia y después en Nueva York. También allí se ganó pronto la estima y su prestigio creció, al fundar varias escuelas para niños y desarrollar las tareas de su ministerio religioso.

En  1837 fue nombrado vicario general de Nueva York y en 1841 le confieren el grado de doctor en la facultad de Teología del Seminario de Santa María, de Baltimore.

Debido a problemas de salud, a partir de 1846 viajó con frecuencia a La Florida, en busca de un mejor clima.

Murió allí, y en esa tierra se guardaron sus restos hasta que, para honor de los cubanos, en el siglo XX fueron trasladados  al lugar de reverencia definitivo: el Aula Magna de la Universidad de La Habana.(Por Marta Gómez Ferrals, ACN)


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