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Publicado el 2 Mayo, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Carlos Enríquez

La casa donde vivió e hizo la mayor parte de su obra, ubicada en el poblado habanero de Párraga, hoy Museo Hurón Azul, conserva la magia que acompañó al artista

Como pintor, para la investigadora Ursulina Cruz, “la cubanía de su obra es innegable […] su obra regala sensualidad, color, luz y transparencia en toda su poesía”.

Carlos Enríquez nace en Zulueta, provincia de Villa Clara, el 3 de agosto de 1900.

En La Habana termina el bachillerato, cursa estudios de Comercio y de Pintura en Estados Unidos. Regresa a Cuba en 1925 y tras una estadía en Nueva York, viaja por Europa (1930-1934) y queda prendado del surrealismo.

A partir de este año se establece definitivamente en su patria.

Los mojigatos califican sus cuadros de inmorales e impropios, lo que no le impide alzarse con el premio del Salón Nacional de Pintura y Escultura (1935) con su óleo Manuel García.

Entre sus piezas maestras se cuentan, entre otras, El rapto de las mulatas, Las bañistas de la laguna, Campesinos felices, Dos Ríos y Combate.

Incursiona también en la literatura con las novelas Tilín García (1939), La feria de Guicanama y La vuelta de Chencho, estas dos últimas publicadas póstumamente, tras el triunfo de la Revolución.

Fallece en La Habana el 2 de mayo de 1957.

La casa donde vivió e hizo la mayor parte de su obra, ubicada en el poblado habanero de Párraga, hoy Museo Hurón Azul, conserva la magia que acompañó al artista. (PAG)


Pedro Antonio García

 
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