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Publicado el 25 Mayo, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1957

Dos actitudes

Mientras que el Ejército Rebelde respetaba la vida a 16 militares batistianos, las tropas del régimen masacraban a igual número de revolucionarios de la expedición del Corynthia

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Vista aérea del batey del Uvero, como era en 1957. (Autor no identificado)

Vista aérea del batey del Uvero, como era en 1957. (Autor no identificado)

Para la guarnición de Uvero, la madrugada del 28 de mayo de 1957 transcurría normalmente. Las fuerzas rebeldes avanzaban tan cautelosamente que ninguna de las postas del cuartel se ha percatado del peligro, a pesar de que en muchos casos los combatientes pasaron o se colocaron a pocos metros de distancia. Quince minutos después de las cinco de la mañana, desde su posición, Fidel disparó contra el cuartel.

Años después relataría el combatiente Kike Escalona: “Cuando el telegrafista abrió la ventana, el segundo disparo del Comandante en Jefe lo hirió y destruyó la radio. Abrimos fuego”. Al escuchar la primera detonación, la reacción inmediata del teniente Pedro Carrera, jefe del puesto militar, es pensar que se le ha escapado un tiro a una posta. Pero cuando el silencio del amanecer se quiebra por una descarga casi cerrada de más de 80 fusiles y escopetas y el tableteo furibundo de varias armas automáticas, comprendió la situación y exclamó: “¡Nos están atacando!”.

“Todo el mundo avanzaba” –escribió Che en sus Pasajes de la guerra revolucionaria–. “Almeida lo hacía hacia la posta que defendía la entrada del cuartelito por su sector y a mi izquierda se veía la gorra de Camilo, con un paño en la nuca”. Kike Escalona trataba de improvisar un parapeto de piedras y arena para reforzar su posición: “Cuando fui a coger la gorra, tenía un hueco en la visera y un quemado a la derecha y otro a la izquierda. Digo: ‘Esta gente está tirando a dar de verdad’”.

A Almeida le impactaron tres balazos. “Siguiendo mi buena suerte, el tercer proyectil que me penetró en la pierna izquierda perdió fuerza al atravesar una lata de leche condensada que llevaba en el bolsillo del pantalón. Vi por la tela que corría el líquido blanco y la rojiza sangre, mezclados. No sé cómo me llevé la lata a la boca y apuré varios tragos de la leche dulzona”.

Tienda mixta y almacén del batey del Uvero, convertida en cuartel de tropas del Ejército batistiano a principios de 1957. Foto tomada meses antes del combate. (Autor no identificado)

Tienda mixta y almacén del batey del Uvero, convertida en cuartel de tropas del Ejército batistiano a principios de 1957. Foto tomada meses antes del combate. (Autor no identificado)

Al rememorar aquel momento, tiempo más tarde, el teniente batistiano Carrera relataría: “Aquello fue una balacera tremenda… Fui y saqué al herido. Inmediatamente, todos nos situamos en los fortines o parapetos de polines de madera y se organizó la resistencia… Cada vez que yo sacaba para disparar, me estaban velando. En mi posición, a la derecha, estaba el cabo Lorenzana. Éramos seis en la garita”. Una bala rebelde impactó a Carreras. “Cabo Lorenzana, hágase cargo del mando”, dijo. “Pero teniente, lo han herido”, dijo el cabo mientras acudía a auxiliarlo. Una ráfaga le quitó la vida.

De acuerdo con el testimonio del Che, Almeida ordenó un ataque final a su grupo. Cayó una de las postas “y se abrió el camino hacia el cuartel. Por otro lado, el certero tiro de la ametralladora de Guillermo García había liquidado a tres de los defensores. Raúl, con su pelotón dividido en dos partes, fue avanzando rápidamente sobre el cuartel. Fue la acción de los dos (entonces) capitanes Guillermo García y Almeida la que decidió el combate”.

El Che, quien había estado en la primera línea de fuego durante todo el combate, integró la avanzada rebelde que entró al cuartel. Preguntó: “¿Quién es el jefe aquí?”. “Ese era nuestro jefe –un soldado señaló a Carreras, herido en el suelo–, ahora acaban de matarlo”. El teniente batistiano se incorporó lentamente: “Todavía no estoy muerto, pero lo único que les pido es que me acaben de matar –y señaló a sus 16 subalternos, capturados por los rebeldes–, no quiero estar vivo a sabiendas de que van a matar a esos muchachos que son tan jóvenes como ustedes”. El Che palideció: “No, teniente, no somos asesinos, no matamos a los que se rinden, además usted ha sido un combatiente leal y valiente, puede estar tranquilo, nosotros no asesinamos a los prisioneros”. Hizo una pausa: “Además, sus heridos serán curados”.

“El propio Comandante (Guevara) curó mis heridas”, confesaría Carreras a un periodista años más tarde. Allí los rebeldes le dejaron a dos de sus combatientes gravemente heridos que no podían ser trasladados a la Sierra. El teniente batistiano veló por su seguridad, impidió con su enérgica actitud que fueran maltratados, y ambos fueron trasladados a Santiago por el Ejército de la tiranía. Uno de ellos murió en el viaje; el otro pasó el resto de la guerra en hospitales militares y del presidio.

“Por ambos lados se hizo derroche de coraje”, reconoció el Che en sus Pasajes de la guerra revolucionaria, al valorar la acción del Uvero. “Para nosotros fue, además, la victoria que marcó la mayoría de edad de nuestra guerrilla. A partir de este combate, nuestra moral se acrecentó enormemente, nuestra decisión y nuestras esperanzas de triunfo aumentaron”.

Un ejemplo de la “ética” batistiana: el asesinato a sangre fría de prisioneros indefensos. (Autor no identificado)

Un ejemplo de la “ética” batistiana: el asesinato a sangre fría de prisioneros indefensos. (Autor no identificado)

El mismo día en que los rebeldes atacaron el cuartel del Uvero, el grupo expedicionario del yate Corynthia, que había desembarcado por el norte de Oriente para incorporarse a la lucha guerrillera, fue localizado por el Ejército batistiano, cuyas tropas organizaron un cerco que tomó por sorpresa a los revolucionarios, quienes no atinaron a establecer una atinada defensa.

Según testimonios, el jefe de los expedicionarios, Calixto Sánchez, estaba en lamentable estado físico, apenas podía caminar y tenía que ser ayudado por sus compañeros. Dicen que él hizo ondear un pañuelo blanco y le gritó a la soldadesca: “Si nos dan la palabra de respetar nuestras vidas, nos rendimos”. El jefe de la tropa gubernamental se comprometió a ello. Algunos expedicionarios no aceptaron esa decisión y escaparon por un tupido ramaje mientras reinaba la confusión. El resto, 16 expedicionarios en total, fue trasladado a un campamento militar.

Desde allí, luego, los trasladaron a un pequeño naranjal a orillas del arroyo La Marea. El jefe de la tropa que se comprometió a respetarles la vida fue uno de los que dirigió la masacre. Uno de los 16 fusilados en arroyo La Marea, Humberto Vinat, milagrosamente salió ileso del ametrallamiento. Los campesinos de la zona le ayudaron a trasladarse a Mayarí, pero un chivato lo delató en ese poblado y fue detenido. Su cadáver nunca apareció.

Por una de esas ironías de la historia, unas pocas horas antes, tras la rendición del cuartel del Uvero, el Ejército Rebelde había puesto en libertad a 16 soldados de la tiranía.

Fuentes consultadas

Los libros Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara, y Diario de la guerra 2, de Pedro Álvarez Tabío y Heberto Norman. La compilación El alma de la Revolución, de la Casa Editorial Verde Olivo.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García