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Publicado el 20 Septiembre, 2017 por Redacción Digital en Historia
 
 

Cuando aún no era el Che

Por JULIA CONSTENLA

 

[…] Debo obtener datos sobre la infancia, la juventud, la vida del “Che” en la Argentina. Supongo que, de alguna manera, este es también un modo de recuperarlo.

Pienso en el “Che”, en el estereotipo que llega cuidadosamente recortado en fotos, trato de ubicar sus propios rasgos, no la imagen de su mito.

Todo lo que recuerdo es un modo de inclinar la cabeza, una expresión concentrada, una manera de dar siempre –aun a través de la frialdad de una foto– la impresión de que está oyendo, con una cierta tensión, atenta y preocupada, hacia los otros.

Ahora en la desolada humedad de Buenos Aires, caminando por las veredas con árboles del barrio donde viven los Guevara desde hace años, evitando algún charco, percibiendo el total silencio de una ciudad en huelga, no puedo buscar un mito por seductor que sea. Voy en busca de la infancia, de la juventud, voy en busca de un pasado que vuelva al mito a su escueta calidad humana.

En el primer piso de este edificio, en la calle Entre Ríos (en la ciudad de Rosario, donde Che nació por casualidad), se ubica el primer hogar de Ernestito.

En el primer piso de este edificio, en la calle Entre Ríos (en la ciudad de Rosario, donde Che nació por casualidad), se ubica el primer hogar de Ernestito.

Una entrevista con la señora de Guevara es fácil y agradable. Se cambian los temas; charlamos al fin, de nuestro tema. Le han pedido tantas veces que hable de su hijo que inicia pacientemente un relato repetido. Pero pronto deja de ser una sucesión de fechas e incidentes para teñirse de cierta intimidad. Cuando la señora de Guevara precisa la fecha del nacimiento de Ernesto me sobresalta la certeza de que somos realmente contemporáneos. Nació el 14 de junio de 1928. Tenemos la misma edad. Esto quiere decir demasiadas cosas. Esto me permite entender de golpe todo lo implícito en la conversación con su madre. Ahora sospecho como miró desde la calma de su provincia, el principio de la guerra española. De pronto imagino su cara de lector atento siguiendo el crimen de Martita Stuz. Supongo que, apenas adolescente, habrá elegido entre Castillo y Florentino su cantor predilecto. Pienso que habrá comentado las palomitas de José Manuel Moreno el lunes con los muchachos. Sus años, mis años, que ahora son dos circunstancias casuales, entonces, en la infancia, eran una estrecha intimidad. Los chicos sí son realmente contemporáneos.

Ahora me resulta enormemente fácil ir en busca del “Che” antes de que lo fuera. Nació en Rosario, por casualidad. Sus padres luchaban con una plantación de yerba, en el Norte; cuando la señora estaba por dar a luz su primer hijo decidieron venir a Buenos Aires. No llegaron. En la medianoche de aquel día de junio gritó por primera vez Ernesto Guevara (hijo). Poco después volvieron al yerbatal. A los dos años tuvieron que trasladarse a Buenos Aires. Ernesto tuvo su primer problema de asma. Un problema que ya no habría de resolverse, una fatiga, un ahogo que lo iba a acompañar para siempre. Una respiración que sonaría sorda y persistente en las aulas de la Facultad de Medicina y en el corazón de la sierra.

A los cuatro años ya no resistía tampoco Buenos Aires. El padre se acostumbró a dormir sentado a la cabecera del hijo, para que este, recostado sobre su pecho, soportara mejor el ataque. Los hermanos tenían ocupada a la madre. Ernesto desmejoraba; los médicos explicaron que era un caso difícil, que más adelante, que tal vez un cambio de aire… La familia se trasladó otra vez. Fueron a Córdoba. Allí la cosa se hace más llevadera. Soporta mejor los ataques. Se instalan en Altagracia luego de viajar por la provincia.

Habitación que ocupó el Che cuando la familia vivió en Altagracia.

Habitación que ocupó el Che cuando la familia vivió en Altagracia.

Agrego los detalles. Yo sé que las siestas de los chicos provincianos son las mismas. Las escapadas, los libros leídos en la sombra fresca del zaguán, la honda, el río, la fruta verde, ¿la mazamorra?, el dulce de leche en paila de cobre. Tal vez crece un poco la infancia del “Che” a la sombra de las zarzas de piquillines, pero sé que la lucha de su familia por salir a flote debe haberse parecido a la de la mía. Que los tíos llegaban en raleadas visitas, que los amigos silbaban al pasar. Sé también que los amigos se llaman Tomás, Ariel, el Tiqui, el Gordo, Calica… Sé que deben haber hablado a la sombra de un árbol petiso y copudo de cuando fueran grandes y me imagino que habrán abandonado algún “picado” de fútbol porque Ernesto tenía ahogo.

Antes de que su hijo mayor cumpliera ocho años, la señora de Guevara recibió una circular del Ministerio de Educación, haciéndole notar que Ernesto Guevara, de siete años cumplidos, no figuraba inscripto en ningún establecimiento de enseñanza primaria.

—Contesté de inmediato –nos dice–, me hizo sentir orgullosa aquella preocupación de que los chicos aprendieran a leer y escribir. Yo le enseñaba las primeras letras a mi hijo, pero Ernesto no podía ir a la escuela por su asma. Solo cursó regularmente segundo y tercero; cuarto, quinto y sexto los hizo yendo como podía. Los hermanos copiaban los deberes y él estudiaba en casa.

Ernesto Guevara Linch y Celia de la Serna de la Llosa con el pequeño a los nueve días de nacido en la primera foto conocida de los tres, en Rosario.

Ernesto Guevara Linch y Celia de la Serna de la Llosa con el pequeño a los nueve días de nacido en la primera foto conocida de los tres, en Rosario.

Llegó al Nacional. Entonces viajaba a Córdoba todos los días. Después se trasladaron a la ciudad todos los Guevara. Tenía casa y comida, pero las finanzas familiares no daban para mucho más. Antes de terminar la escuela secundaria consiguió su primer empleo en la Dirección de Vialidad de Villa María y allí se trasladó a vivir. Poco después su familia volvía a Buenos Aires; al tiempo regresaba a la capital también él.

Ya era un muchachón. Independiente, cuidadoso y decidido. Con esfuerzos increíbles, había superado los problemas de su enfermedad y practicaba deportes. Se inscribió en la Facultad de Medicina, consiguió trabajo en la Municipalidad –seis horas diarias–. También trabajaba “ad honórem” en un Instituto de Investigaciones Alérgicas, otras seis horas diarias. Y sin embargo, siguió la carrera normalmente. Durante el verano hacía largos viajes. Una vez recorrió en bicicleta todo el Norte y el Oeste. Anduvo por los valles Calchaquíes y los Andes, pasó por Tucumán y por Mendoza, por Salta, por Jujuy y La Rioja.

Otro año trabajó en un vapor de la flota mercante. Fue un viaje cómodo pero no lo convenció: solo cuatro horas en una isla des-cargando petróleo, 15 días de ida y 15 de vuelta… Hizo otro viaje en compañía de uno de sus amigos de infancia. Alberto Granado, el hermano de Tomás, un médico joven interesado en la lepra. Juntos decidieron recorrer la costa del Pacífico. Guevara quería andar por el continente, conocerlo, bucear las civilizaciones anteriores a la conquista, ver gente, recorrer, aunque sea a pie, sus caminos. Hambre de América es eso. A Santiago de Chile llegaron en moto: se habían caído varias veces y ya en la ciudad la moto se desintegró. Siguieron a pie, cruzaron el altiplano caminando. Allí se encontraron con una pareja de indios; los habían echado de la mina donde trabajaban y, sin un centavo, volvían al pueblo. Ellos solo tenían una manta, que compartieron, turnándose para dormir.

El rugby, uno de los deportes fuertes que atraían a Ernesto Guevara, quien alguna vez en el terreno dijo: “Apártense que aquí va Furibundo Serna”, apodo que luego abrevió en el de Fúser.

El rugby, uno de los deportes fuertes que atraían a Ernesto Guevara, quien alguna vez en el terreno dijo: “Apártense que aquí va Furibundo Serna”, apodo que luego abrevió en el de Fúser.

Los que velaban tenían que caminar, saltar, moverse, para no quedar entumecidos. Llegaron a Perú, invocaron una ambigua misión de estudio y recorrieron leprosorios y realizaron un buen trabajo de observación. Pero Guevara quería ir a Machu Picchu. Llegó. Después, en el corazón de la selva brasileña, los enfermos de un leprosorio les construyeron una balsa, siguieron el curso del río y llegaron a Colombia. Incidentes, dificultades de papeles, de dinero, de absurdas cosas secundarias. En Iquitos fueron entrenadores de fútbol y consiguieron plata para pasajes de avión. En Bogotá los deportaron. Una colecta entre estudiantes les permitió llegar a Venezuela. Allí se quedó Granado trabajando en la especialidad. Guevara voló en un avión de transporte de caballos de raza hasta Miami, debía estar solo dos días y se quedó casi un mes. Racionó de tal manera sus finanzas que vivió leyendo en la biblioteca comunal y alimentándose con un café con leche diario.

Volvió al fin a Buenos Aires. Lo reclamaba el servicio militar. Fue declarado inepto. Esto me hace creer que al margen de los jueces existe la justicia. Si Guevara hubiera sido apto para servir bajo las órdenes de un teniente que ahora condena mujeres sin defensa, o de un capitán que tortura o de un cajetilla que ofende sin razón y sin motivo, si EL COMANDANTE ERNESTO GUEVARA, grado obtenido en el campo de batalla, hubiera tenido que lustrar la virgen espada de un coronel como Labayru, por ejemplo, si ese muchacho que trabaja 12 horas diarias y seguía una carrera universitaria hubiera tenido que pasar un año haciendo compras para la señora del teniente primero o vigilando la corrección de la cartuchera que no emplearía nunca su superior, si el comandante Guevara se hubiera sometido a esto, el absurdo sería vergonzoso. Pero fue declarado inepto. Hay justicia.

Volvamos a la historia. En pocos meses se recibió; a veces concurría a cumplir los trabajos prácticos con fiebre, pero no abandonó ni la carrera ni sus empleos. Los pedidos de su familia para que se cuidara eran desatendidos, entonces ya decía, lo que repite ahora cuando alguien le hace notar que su ritmo de trabajo es agotador y que la gente, a veces, revienta.

—Si solo necesito un año, ¡cómo no voy a tener un añito más!…

Con la familia en 1945 Celia –hija– y Celia –madre–, Roberto, Ana, Ernesto, Juan Martín, conocido como Tudito, en brazos del padre

Con la familia en 1945 Celia –hija– y Celia –madre–, Roberto, Ana, Ernesto, Juan Martín, conocido como Tudito, en brazos del padre

De añito en añito, de ataque en ataque, de esfuerzo en esfuerzo, va pudiendo.

Cuando se recibió de médico, decidió volver a Venezuela donde casi no había estado en su viaje anterior. Allí tenía amigos, lo llamaba Granado. Se puso en marcha. Casi de a pie, así como viajaba él. En Bolivia un grupo de jóvenes izquierdistas argentinos lo convence de que el lugar de América donde en ese momento había cosas para ver era Guatemala. Una verdadera democracia. Árbenz, Arévalo, gente que estaba haciendo historia.

En ese momento Bolivia es sacudida por la revolución. Guevara permanece en el país sin intervenir, observando, y luego parte a Guatemala pasando por Venezuela.

En Guatemala nota que es verdad lo que le han dicho, los gua-temaltecos están construyendo un país. Ve la fe y la esperanza de la gente, percibe el sacudón vital del pueblo, se contagia. Investiga en su especialidad, se mezcla en la cosa política, conoce a Árbenz. El gobierno expropia la United Fruit. Invaden Guatemala. Guevara solicita de Árbenz que le permita colaborar en la defensa. Le comunican que no habrá defensa. Se ofrece para organizarla. ¿Pero quién es él? ¿Cuáles son sus antecedentes, después de todo? ¿O acaso son antecedentes ganarle al asma, trabajar 12 horas y estudiar, recorrer Latinoamérica paso a paso? No, antecedentes son otras cosas… hablar, escribir artículos sobre generalidades, conocer gentes… No, Guevara no tiene antecedentes. Ante sus ojos cayó Guatemala. Todos los sentimos adentro. Pero, ¿y él?

Allí debe haberse precipitado todo lo que estaba latente. Aquel vago afán por meterse en América, aquella necesidad de conocerla, aquel interés por la revolución del Paraguay y aquel quedarse a ver la revolución de Bolivia. AMÉRICA… AMÉRICA oprimida por acciones de bolsa, la vitalidad de un pueblo deshecha por un problema de dividendos, las muertes horrorosas y superfluas por un coronelazo que tenía que defender la United Fruit no son cosas que esté dispuesto a aguantar el doctor Ernesto Guevara, médico argentino. Cruza a México. No debe ir más lejos.

Allí conoce a los Castro. Son cubanos. Han alquilado una casa para entrenarse, compraron armas y se ocupan de aprender a manejarlas bien. Tienen instructor. Sería bueno un médico. No lo rechazaron por asmático. Una delación de la policía de Batista que los detiene, y los consigna a la policía mejicana, termina con el entrenamiento […].

Fidel es el líder natural. Suya es la idea de comunicar la invasión.

—Es necesario crear fe –repite–. Los cubanos tienen que saber que desembarcamos, tienen que saber que los vamos a liberar, tienen que aprender a creernos y para que nos crean hay que decirles siempre la verdad.

Che niño.Anuncian el desembarco. Cosa de locos. Sobre la playa pasan los aviones ametrallando. Vuelven a pasar. Queda un tendal de muertos. Cuando los aviones se alejan, se para el gigante y con los dos brazos en alto, los puños cerrados, increpa a los aviones, puntos negros en la lejanía.

[…] Detrás suyo había un puñado de cadáveres. Entonces Ernesto Guevara, ya el Che, entra en la historia. Cuando se levanta de la playa, se sacude la arena y empieza a ver quién vive. Cuando recorre silenciosamente el trecho ensangrentado, cuando oye maldecir al gigante parado contra el cielo y contra el mar, entonces los argentinos colaboramos en la gesta de Cuba con un héroe.

Los detalles de la vida de la Sierra no son casi nunca, de primera mano. La gente de la Sierra prefiere no hablar de eso. Tal vez por-que ser jefe revolucionario es una tarea dura. Y la disciplina tiene que ser terriblemente rígida. La pena de fusilamiento para quien violara a una mujer o robara a un campesino, por ejemplo, se cumplía estrictamente. Cuentan que uno de los fusilados tenía un hermano también guerrillero; cuando se cumplió la sentencia se presentó el hermano del muerto ante Fidel y le pidió la baja.

—¿Por qué te vas?

—Tengo vergüenza: después de lo que hizo mi hermano ustedes ya no me tendrán confianza.

He joven.

Imágenes de varias etapas de su vida.

—Chico, te quedas. Acá cada uno cuenta por sí. Lo de tu hermano fue cosa suya.

[…] Una vez, luego de un combate en el que había perdido su inhalador y presa de un terrible ataque de asma, […] consiguió volver al campamento. La primera bala que lo hirió chocó con la cartuchera que llevaba sobre el pecho, y se alojó en el cuello, a milímetros de la médula. Varias veces fue herido en acción.

—Tres veces lo dieron por muerto –dice la señora de Guevara. Tres veces recibimos el desmentido y unas líneas tranquilizadoras. Envejecimos en esos dos años. Cada vez que conseguía un alivio al saber que estaba aún vivo, volvía a desesperarme recordando que las noticias tardaban en llegar.

[…] Día a día, en la Sierra y por los tendidos llanos, pelearon hasta ganar. Pero a mí me gustaría verlo bajar por esta calle húmeda y oscurecida; que anduviera de nuevo esta ciudad; que pasara junto al mocoso que chapotea en el barro de la villa mísera; que palpara la bronca concentrada del que yuga 10 horas, sin saber para qué; que mirara como yo ahora el melancólico par de manotones en que se resuelve un triste romance de plaza; que hablara con el cañero que vendió la última silla para hacer la última comida; que soportara el peso de la digna miseria de un maestro por 3 000 pesos y delantal con almidón: que llegara hasta Viedma donde hay torturados; que conociera a la señora de Ahumada y su martirio; que estuviera de nuevo entre nosotros.

Entonces, estoy segura, alguien le tendería una mano grande, cuadrada, oscura y tal vez le dijera: “¡Listos, mi comandante!”


Redacción Digital

 
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