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Publicado el 21 Septiembre, 2017 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

RECORRIDO POR SUDAMÉRICA

El joven viajero

Para conocer a fondo esa Latinoamérica que soñaba unida, se fue a hollar caminos, no desde la óptica de un turista sino la de un hombre comprometido desde entonces con su tiempo

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Con Gualo, en el segundo viaje latinoamericano.

Con Gualo, en el segundo viaje latinoamericano.

Según propia confesión, la idea surgió en una mañana de octubre, mientras tomaban mate dulce debajo de la parra en la casa de su inseparable amigo Alberto Granado, en Córdoba (Argentina). Por aquellos días, el joven Ernesto, a quien todavía no llamaban Che sino Pelao o Fuser, “tenía mis desazones, pero debidas más que nada a mi espíritu soñador, estaba harto de Facultad de Medicina, de hospitales y de exámenes”. Con otra vuelta de mate quedó decidido el viaje. Cuando Alberto inquirió cómo lo realizarían, el futuro guerrillero solo dijo: “Con La Poderosa II, hombre”.

Se refería a la moto marca Norton, que tenía su amigo, y que ambos habían malamente reparado. Los dos jóvenes argentinos partieron de Córdoba el 29 de diciembre de 1951. El vetusto vehículo iba sobrecargado: mantas, ropas, impermeables, lonas, sogas, baterías de cocina y otros utensilios, aparte de un perrito, Come back, que el Pelao regalaría a Chinchina, su novia, cuando pasaran por la villa donde ella residía.

No es de extrañar que La Poderosa II resultara inservible en la primera meta del viaje: Chile. A pesar del contratiempo visitaron la mina de cobre de Chuquicamata, donde constataron la vida precaria y miserable de los mineros y sus familias.

En Machu Picchu.

En Machu Picchu.

En Perú, uno de los objetivos del viaje era conocer Machu Picchu, el sitio sagrado de los incas. En sus Notas de viaje, Che escribiría sobre ese sitio: “Nos encontramos aquí frente a una pura expresión de la civilización indígena más poderosa de América, plena de inmensos tesoros de evocación entre sus muros muertos de aburrimiento de no ser, y el paisaje estupendo que lo circunda, le da el marco necesario para extasiar al soñador que vaga porque sí entre sus ruinas”.

Posteriormente, en un segundo viaje por Latinoamérica, esa vez acompañado de Carlos Calica Ferrer, el Pelao no ocultaría su admiración: “Machu Picchu no defrauda, no sé cuántas veces más podré admirarla, pero esas nubes grises, esos picachos morados y de colores sobre los que resalta el claro de las ruinas grises, es uno de los espectáculos más maravillosos que pueda imaginar”.

En Lima, la capital peruana, conoció al médico Hugo Pesce, eminente especialista en lepra, militante comunista, humanista, político y filósofo. Por sus gestiones los dos argentinos trabajaron y tuvieron alojamiento gratuito en el leprosorio que él atendía. Como médico y como revolucionario, ejercería una enorme influencia sobre el Che y cuando este, ya en Cuba, publicó uno de sus libros capitales, le envió un ejemplar con una dedicatoria: “Al Doctor Hugo Pesce, que provocara, sin saberlo quizás, un gran cambio en mi actitud frente a la vida y la sociedad, con el entusiasmo aventurero de siempre pero encaminado a fines más armoniosos con la necesidades de América. Fraternalmente Che Guevara”.

Che, viaje sudamerica. Afinando La Poderosa II.

Afinando La Poderosa II.

Primero por tierra hasta Pucallpa, luego navegando el río Ucayali, Ernesto y Granado llegaron a su próximo objetivo: el leprosorio de San Pablo de Loreto, donde trabajaron en el laboratorio, ayudaron en las consultas y se ganaron el cariño de los pacientes, quienes le celebraron al Che su cumpleaños 24. Ese día el futuro Guerrillero Heroico tuvo una memorable intervención en la que expresó: “Creemos, y después de este viaje más firmemente que antes, que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas. Por eso, tratando de quitarme toda carga de provincianismos exiguos, brindo por Perú y por América Unida”.

En una balsa remozada por los pacientes y médicos del leprosorio, a la cual nombraron Mambo-Tango, los dos jóvenes argentinos, río abajo, llegaron hasta Leticia en territorio colombiano y de allí, tras entrenar e integrar un equipo de fútbol de la localidad que resultó triunfador en una corta competición, marcharon a Bogotá. Su aspecto nada formal se les hizo sospechoso a los aparatos represivos del régimen de turno. Detenidos y despojados de sus pertenencias, entre ellas un cortapapeles de plata de Ernesto que parecía un cuchillito, los pusieron en libertad. El Pelao no se quiso ir de Colombia hasta que le devolvieran el cuchillito y tuvo fuertes discusiones con un teniente y un capitán de mal talante. Tras unos días de asediar la comisaría, lo recuperó.

Con Alberto Granado en la Mambo-Tango.

Con Alberto Granado en la Mambo-Tango.

En Cúcuta, frente a la frontera con Venezuela, pudieron constatar cómo entre la ola de emigrantes que esperaban una visa para la patria de Bolívar se había generalizado la prostitución y llegaron a la conclusión de que Colombia ya no era el país soñado por Bolívar y Jorge Eliecer Gaytán. En autobús se dirigieron a Caracas. Granado obtuvo empleo en un leprosorio del país. Ernesto, por su parte, decidió regresar a Argentina para terminar sus estudios.

“El sol nos daba tímido en la espalda”, comenzaba el joven Ernesto las notas de su segundo viaje latinoamericano, iniciado el 7 de julio de 1953. Solo que ya no era Alberto Granado su compañero de aventuras, sino otro amigo de infancia, Carlos Calica Ferrer.

En La Paz, se encontraron un país en revolución donde se había dictado la Reforma Agraria y otras medidas progresistas. Pero avizoró también las limitaciones de ese proceso que tiempo más tarde provocarían su fracaso. De las distintas tendencias que coexistían en el nuevo gobierno Che solo confía en los mineros, que durante su estancia en La Paz habían ido a la ciudad a defender la revolución y desfilar en el día de la Reforma Agraria. Sobre ellos afirmaría entonces: “Por la tarde llegaron […] con sus caras pétreas y los cascos de plástico coloreado que los semejan guerreros de otras tierras”.

Escribiría en sus notas de viaje, años después publicadas bajo el título de Otra vez: “La gente llamada bien, la gente culta se asombra de los acontecimientos y maldice la importancia que se le da al indio. El indio sigue siendo una bestia para la mentalidad del blanco”.

Con pobladores originarios en su primer viaje latinoamericano.

Con pobladores originarios en su primer viaje latinoamericano.

Al cruzar la frontera por la ciudad de Puno, la Aduana de Perú le decomisó toda la literatura política que llevaba bajo la acusación de “propaganda roja”. Tras departir con el doctor Pesce, en Lima, el Pelao y Calica se dirigieron a Guayaquil, Ecuador, y allí convivieron en una pensión con Eduardo Gualo García y otros argentinos.

Guayaquil le pareció como todos los puertos que conocía, una ciudad pretexto sin vida casi, que gira alrededor del suceso diario de la entrada y salida de barcos y con lugares de costa parecidos a los de cualquier zona lluviosa del continente. Allí pasó el tiempo entre ataques de asma y partidas de ajedrez, mientras se debatía entre ir a Venezuela, a reunirse con Granado, o partir hacia Guatemala donde se desarrolla una interesante revolución.

Al final, Calica enrumbó solo hacia Venezuela. El joven Che decidió marchar junto con Gualo a Guatemala. En Panamá pudo sobrevivir gracias a unos artículos publicados en la prensa local. A su paso por Costa Rica, contactó con políticos latinoamericanos, como el dominicano Juan Bosch, de quien escribiría: “Literato de ideas claras y de tendencia izquierdista, no hablamos de literatura, simplemente de política”. Buena impresión le causó el marxista Manuel Mora Valverde, “un hombre tranquilo y pausado […] Nos dio una cabal explicación de la política de Costa Rica en estos últimos años”. No así el venezolano Rómulo Betancourt, calificado por él de político ondeante y torcible para el lado de las mayores ventajas, “que en principio está firmemente con los Estados Unidos y se dedica a denigrar a los comunistas”.

Tras atravesar El Salvador, Che logró llegar a Guatemala en la nochebuena de 1953. Allí transcurriría un capítulo esencial de su vida.

Fuentes consultadas

  • Los libros Otra vez, de Ernesto Che Guevara, Mi hijo el Che, de Ernesto Guevara Lynch, y Con el Che por Sudamérica, de Alberto Granado.

Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García