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Publicado el 18 Abril, 2018 por Redacción Digital en Historia
 
 

Las claves están en San Lorenzo

Asistió [Céspedes] en lo interior de su mente al misterio divino del surgimiento de un pueblo
José Martí

Por RAFAEL ACOSTA DE ARRIBA *

Debemos entender su diario como un libro fundacional, no solo de la denominada “literatura de campaña” de las guerras independentistas, sino también de la génesis de la nación cubana. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Debemos entender su diario como un libro fundacional, no solo de la denominada “literatura de campaña” de las guerras independentistas, sino también de la génesis de la nación cubana. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Siempre he pensado que los que reflexionamos y escribimos sobre la historia guardamos por lo general algunas imágenes fijas en la mente acerca de determinados personajes y hechos, imágenes que son recurrentes, que no nos abandonan nunca y que se constituyen como una resultante híbrida de nuestras investigaciones y de la opinión que nos vamos formando sobre ellos. Son imágenes sobre las que nos gustaría escribir alguna vez librándonos un tanto de los moldes y fórceps académicos. Me refiero, en mi caso y sobre la figura de Carlos Manuel de Céspedes en particular, a imágenes que me he forjado sobre su estancia en San Lorenzo, por espacio de poco más de un mes, durante los días finales de su existencia.

Es preciso volver sobre su diario y correspondencia de campaña, para encontrar, a partir de una relectura cuidadosa, nuevas ideas o quizás confirmaciones de antiguas certidumbres. La proximidad del sesquicentenario de la revolución de la Demajagua y del bicentenario de Carlos Manuel de Céspedes invita a un nuevo repaso. Me remitiré, de manera particular, a sus 34 últimas jornadas de vida, en la creencia de que en ese breve período y lugar se encuentran algunas claves fundamentales para el análisis del pensamiento cespediano.

El hombre que lo recibió en la prefectura de San Lorenzo, José Lacret y Morlot, recordó años después, en 1904, el momento en que conoció personalmente al Iniciador: “Céspedes llegó de noche, escoltado por una pequeña fuerza” (1). Uno de los soldados, escribe, le entregó un documento a Lacret en el que se decía que el expresidente iba “en calidad de residenciado”. Lacret recordó en ese testimonio que no entendió lo que expresaba el documento y se lo mostró a Céspedes buscando claridad, “quien sereno, sin inmutarse, lo leyó y le dijo: joven, esa comunicación quiere decir que no podré moverme del lugar que usted me señale, sin expresa orden de usted”. Comenzó así la recta final de su existencia, con la confirmación de una incómoda y dura verdad (a la que había llegado desde el mismo momento de su deposición), la de que era un hombre vigilado por sus propios compatriotas, una suerte de prisionero político.

Apuntes reveladores

A partir de su diario póstumo se pueden reconstruir aquellas jornadas finales de una vida entregada por completo a la causa de la independencia de Cuba. Céspedes anota en el cuaderno que él había sugerido, en algún momento de la guerra, al brigadier José de Jesús Pérez que fomentara una población en San Lorenzo y ahora es él quien llega a residir al lugar. Es una coincidencia como para no pasarla por alto: el fundador va a morir en el terreno de la fundación, el genitor en su fecundidad.

Vale la pena repasar las líneas axiales que atraviesan transversalmente el diario. Como en sus diarios anteriores, en este abundan las descripciones de la flora y la geografía cubanas. Y también descripciones de la gente sencilla con la que alternó durante esos días. Gracias a esa capacidad narrativa podemos acompañarlo en su estancia en San Lorenzo, la cima de una montaña de la Sierra Maestra, hacia el sur, verdadero nido de águilas, un pico todavía hoy difícil de acceder.

Su decisión de liberar a sus esclavos e invitarlos a formar parte del Ejército Libertador, su política de ascenso a altos grados militares a mambises negros y mulatos hablan de sus concepciones sobre el papel de los negros en el futuro social del país. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Su decisión de liberar a sus esclavos e invitarlos a formar parte del Ejército Libertador, su política de ascenso a altos grados militares a mambises negros y mulatos hablan de sus concepciones sobre el papel de los negros en el futuro social del país. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El autor utiliza una prosa limpia, rápida y precisa. Lezama Lima lo advirtió en uno de sus dos textos sobre el bayamés cuando alabó una frase del diario cespediano que calificó de excepcional y concluyó: “hay que esperar a que llegue José Martí para ver frases como esa saltar con mucha más frecuencia”. Esta observación de Lezama tuvo su continuidad en la exégesis de otro poeta atento a la escritura cespediana. Escribió mucho después Víctor Fowler, de manera coincidente: “Sin saberlo, ¿o sabiéndolo?, crea Céspedes el espacio en el que veinte años más tarde le será posible desplazarse a la formidable prédica martiana”. Hago notar que los poetas cubanos han estado muy al tanto de la palabra de Céspedes, probablemente debido a que lo aceptan como uno de ellos.

Céspedes se encuentra en San Lorenzo en un estado de extrañamiento en que cualquier noticia, por terrible que sea, le resulta ya una acumulación, una suma. Su condición de desterrado, de extrañado de lo que consideró su misión en la tierra, en su patria, y de jefe de un clan familiar diezmado en la batalla (2), es la que hace que parezca habitar un limbo existencial del que solo se aparta para observar lo que le rodea y permitirse algunos placeres como único vínculo con lo humano más elemental. Las constantes y numerosas pérdidas de sus familiares y afectos, las graves decisiones a las que se vio urgido adoptar, la no comprensión y hasta la enemistad de buena parte de sus compañeros en la dirección patriótica (tanto en la manigua como en la emigración), las traiciones frecuentes (la de Zenea, la más reciente), el no cumplimiento de algunas de sus mayores expectativas (entre ellas, de manera importante, el desdén del gobierno de los Estados Unidos hacia la causa independentista) y las pésimas noticias asociadas a la alta política y su relación con España (la muerte de Prim, la principal), hicieron de Céspedes un hombre que acumulaba más pérdidas y dolorosas experiencias que cualquier otro tipo de sensaciones o vivencias en el instante en que arribó al lugar que será su destino final. Era pues un hombre atribulado, golpeado en lo más íntimo, al que solo la extraordinaria solidez de su carácter y la entereza moral con que asumió su vida política lo conservaron como el hombre fuerte, lúcido y a la vez sensible, a sus casi cincuenta y cinco años de edad.

Hay otras cuestiones que atraviesan longitudinalmente los apuntes hechos por Céspedes en los días vividos en San Lorenzo. Me permito subrayarlas porque son esenciales para entender este diario como un libro fundacional no solo de la denominada “literatura de campaña” de las guerras independentistas, sino también de la génesis de la nación cubana. Se trata, primero, de lo que Céspedes denomina “cuestión de partido” en referencia a las fragmentaciones y divisiones que observa en las filas mambisas y en particular entre sus direcciones civil y militar. Para él, en esa desunión radica una de las debilidades de los patriotas que puede costarle caro al empeño independentista, como así ocurrió lamentablemente al cabo de 10 años de batalla. La otra cuestión, y es a la que dedicaré mayor atención, es la racial, manifestada en sus apuntes como una constante atención al negro como ser humano. La tercera, y no menos esencial, es la emergencia y consolidación del Céspedes libre pensador, de raíz liberal radical, masón, respetuoso de la virgen de la Caridad del Cobre, pensador heredero de la Ilustración y con la madurez de estadista que no poseyó ninguna otra de las figuras prominentes del 68, quizá con la excepción del joven Ignacio Agramonte, cuya prematura muerte impidió apreciar el desarrollo y madurez de un ideario que se mostraba vasto, radical y de amplias proyecciones republicanas.

El abogado de los negros

Abogó desde el Manifiesto del 10 de Octubre por el sufragio universal y luego reiteró ese criterio, es decir, que los negros votasen libremente en las elecciones, que transitaran de su condición de esclavos a la de ciudadanos. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Abogó desde el Manifiesto del 10 de Octubre por el sufragio universal y luego reiteró ese criterio, es decir, que los negros votasen libremente en las elecciones, que transitaran de su condición de esclavos a la de ciudadanos. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Con relación a la segunda cuestión, la racial, el diario es muy ilustrativo del pensamiento cespediano al respecto. A la altura de febrero de 1874 Céspedes es un hombre que ya ha madurado considerablemente sus percepciones del fenómeno racial y su significación para el futuro de la nación cubana. Esto debe analizarse en su evolución en el tiempo. Por ejemplo, si buscamos los periódicos El Eco, de Manzanillo, de 1857-58, encontraremos anuncios como este: “Se compran esclavos jóvenes en la casa morada del Lcdo. Carlos Manuel de Céspedes, calle Santa Ana, nro.27, pagándolos a buen precio”. Es decir, si bien no pertenecía a lo más rancio de la clase esclavista cubana establecida en el Occidente de la isla, Céspedes era un propietario de esclavos como cualquier otro, sin embargo y aquí viene la particularidad, esa condición la compartía con sus labores como Síndico (3) y existe la leyenda trasmitida oralmente de que esos esclavos recibían un trato humano en Demajagua y demás propiedades del bayamés (4). Veinte años antes del levantamiento, el “abogado de los negros”, como se le llamó entonces a Céspedes en su Bayamo natal, ya exhibía una comprensión de los esclavos como personas a las que se les debía algún tipo de protección y no podían ser concebidas meramente como mercancía o capital.

Su decisión de liberar a sus esclavos e invitarlos a formar parte del Ejército Libertador en la mañana del 10 de octubre de 1868, sus órdenes de invadir las propiedades de acaudalados que no se incorporaron a la guerra en el primer trimestre de 1869 y emancipar sus dotaciones por la fuerza, la liquidación que hizo, ya como Presidente de la República en Armas, en 1870, del nefasto Reglamento de Libertos (adoptado por la Cámara) y la conocida política de ascenso a altos grados militares de oficiales negros y mestizos (lo que no sucedió jamás en la guerra civil norteamericana recién concluida) que puso en práctica durante su mandato a contrapelo de resistencias diversas, hablan de un hombre en evolución gradual y sostenida sobre el papel de los negros en las luchas independentistas y en el futuro social del país.

Suya fue la decisión de incluir en el Ayuntamiento del Bayamo liberado a blancos, negros y españoles del comercio, en evidente apelación a las tres fuentes nutricias de la sociedad futura en caso de triunfar la revolución. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Suya fue la decisión de incluir en el Ayuntamiento del Bayamo liberado a blancos, negros y españoles del comercio, en evidente apelación a las tres fuentes nutricias de la sociedad futura en caso de triunfar la revolución. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Detrás de estas acciones hay una real convicción sobre la igualdad entre los hombres. Una forma de entender bien esto que digo es la carta en la que Céspedes consideró que el timbre más glorioso de la revolución lo era precisamente que los negros votasen libremente en las elecciones para la Cámara, es decir, verlos transitar de su condición de esclavos a la de ciudadanos, un trayecto que en muchos países requirió de décadas y que él hizo posible en solo un puñado de años. Martí, años después, coincidió en esa evaluación y dijo más, expresó que Céspedes había sido más grande aún por liberar a sus esclavos y llamarlos a su lado como hermanos que por detonar la guerra. Una afirmación rotunda, ciertamente.

Céspedes fue adquiriendo progresivamente la conciencia de que el país, aun en su formato colonial, no podía desarrollarse económicamente mientras existiese la esclavitud. La retrógrada institución tampoco era compatible con el concepto de libertad política o de independencia de España, pues para él era un absurdo analizar el conflicto nacional separado del racial. La república a la que aspiraban aquellos varones de la guerra independentista era de carácter liberal radical y en esa perspectiva la esclavitud era una rémora insostenible desde cualquier punto de vista. De ahí su frase en la mañana del grito independentista: “Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista”.

Pero no solo fue radical su posición en el caso de los negros, también denunció en sus cartas y documentos la importación de chinos procedentes de Manila. Hasta 1871 se habían vendido y traído a Cuba 110 000 asiáticos. James O’Kelly, en su libro La tierra del mambí, describió las condiciones de venta del culí y su miserable existencia. Dijo así el audaz periodista irlandés: “El culí era un animal valioso”. Céspedes, a su vez, calificó a esta trata humana como “esclavitud disfrazada” y declaró nulos, en 1870, todos los contratos de compra-venta de los siervos asiáticos dentro de los límites de la República en Armas.

Sin prejuicios

En su diario son frecuentes las anotaciones que tienen que ver con el asunto racial. Las mencionaré en orden sucesivo. Primero, es una mirada atenta a la significación de los rituales africanos en proceso de hibridación dentro de la cultura cubana. Con relación a la significación de estos cantos y rituales, no puedo dejar de mencionar lo ocurrido la noche víspera del 10 de octubre, cuando Céspedes ordenó a sus esclavos que tocaran la tumba francesa en saludo a la insurrección que se iniciaría apenas unas horas después. Entre la víspera y la mañana de nuestra proclamación de la independencia, Céspedes emblematiza varios símbolos que lo convierten en un hombre cruce de caminos en nuestra historia: masón, liberal, con la medalla de la virgen de la Caridad colgada al cuello, escuchando los tambores y cantos de los negros, listo para declarar la libertad de los esclavos y para levantarse en armas contra la metrópoli, un hombre que fue un verdadero haz de signos multiculturales.

Aunque en Guáimaro se abole implícitamente la esclavitud, quien la liquida fue Céspedes, como Presidente de la República en Armas, en 1870, al derogar el nefasto Reglamento de Libertos, adoptado por la Cámara. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Aunque en Guáimaro se abole implícitamente la esclavitud, quien la liquida fue Céspedes, como Presidente de la República en Armas, en 1870, al derogar el nefasto Reglamento de Libertos, adoptado por la Cámara. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El jueves 12 hace una curiosa observación sobre el mestizaje favorecido por la guerra al mezclarse hombres y mujeres de pieles de diferente color. Dice así: “Yo regalé las agujas [de coser] á la mujer que se llama Dolores Galán: es de color blanco y pardo el marido: ya se multiplican las uniones de esta clase”. No hay aprensión en la anotación. Una observación crítica sobre los procedimientos empleados en la administración del Marqués de Santa Lucía, su sucesor en la presidencia, la escribe el sábado 14: “Se trata a los libertos por el nuevo Gobierno como a esclavos; pues sin consultar para nada su voluntad, se les coloca con cualquier persona, apartándolos de donde estaban, aunque tengan hechas sus siembras, llevándolos á lugares distantes separados los maridos de las mujeres y los padres de los hijos”.

Ese juicio reprobatorio continúa en los apuntes del día siguiente: “Anoche tuvieron los libertos en casa de Julio baile y canto que duró hasta el día. Hoy han construido aquí una enramada para poner el baile; pero andan muy alborotados, porque por orden de Ramírez [el coronel jefe de la zona] los está recogiendo el Prefecto sin más trámite que el simple aviso, obligándolos a abandonar sus familias y labranzas, y quedando sin amparo muchas personas desvalidas… Se oyen muchas murmuraciones y quejas, y vuelvo a temer que se concite demasiado á una guerra de razas”. El fantasma de Haití proyectando todavía, más de medio siglo después, sus dolorosas sombras a toda la región. Céspedes observa la arbitrariedad y expone sus temores a un enfrentamiento dentro del campo independentista que pudiese trocarse in extremis en un conflicto sangriento y devastador para la causa cubana.

Pero es la anotación del jueves 19 la que encierra mayores significaciones, no tanto por el lujo descriptivo con que Céspedes la recrea, que es notable, sino por lo que se puede deducir del diálogo que sostiene con la negra Bríjida, el episodio es todo un emblema del tema racial en la conducta y el pensamiento cespedianos. Veamos: “Se efectuó el baile en la enramada construida por los libertos; pero se alargó algo y mejoró en su construcción… Era notable lo abigarrado de la concurrencia femenina: en los colores (desde el más puro caucásico hasta el más retinto africano) había para todos los gustos… Yo entré al salón antes de empezar la danza y saludé a todos, quitándome la gorra con cortés respetuosidad: luego recorrí la fila de señoras, que me recibieron sentadas con mucho aplomo: á todas, una por una, le estreché la mano y me informé de su salud y la de su familia; atención que demostraron haberles agradado sobremanera. Por último, me senté entre dos etíopes y entablé con ellas una amena conversación: lo mismo hice por turno con todas las demás concurrentes […] Los libertos tenían otro baile en un rancho lejano y con este motivo me pasó una escena chistosa y asaz significativa. Estaba yo sentado junto a una de las niñas más bellas, cuando la liberta Bríjida, negra francesa de gran jeta y formas nada afeminadas, se asomó por una de las aberturas que hacían las pencas de la glorieta y me dijo en su jerga con voz un tanto doliente: ‘Presidente, hágame el favor de salir a oírme una palabra’. Yo salí muy risueño con la ocurrencia, cuando ella tomándome las manos, me dijo: ‘Mi Presidente, mi amo, nosotras venimos aquí a bailar siempre para divertirlo a Ud. con quien únicamente queremos tener que hacer esta noche […] nos manda el Prefecto a bailar lejos, donde estamos con mucha molestia. Yo sé bailar danza y vals (efectivamente baila muy bien) pero nosotros nos conformamos con que nos dejen poner nuestro baile en la cocina’. Hija, le conteste: ‘yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano, y veré con el Prefecto que es lo que pasa, porque él es el que gobierna’”.

El apunte concluye describiendo a Céspedes conversando al momento con Lacret y cuando este autorizó a que coexistieran los dos bailes, los que duraron hasta la madrugada. Pero el diálogo con la negra Bríjida es el centro de mi atención, la trata de amiga y hermana, niega lo de la condición de amo y presidente, la escucha con amabilidad y atiende su queja. Detrás de este apunte hay registrado todo un significado sociológico, histórico y cultural.

No solo en el diario

En San Lorenzo, alfabetizando serranitos. Por aquellos días, negaba la condición de amo y presidente, prefería ser tratado de amigo y hermano. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

En San Lorenzo, alfabetizando serranitos. Por aquellos días, negaba la condición de amo y presidente, prefería ser tratado de amigo y hermano. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Recuerdo otros pasajes conocidos de la relación de Céspedes con el tema racial, es preciso repasarlos ahora: su conversación cordial en la manigua, siendo presidente, con un antiguo esclavo de su propiedad; su decisión de incluir en el Ayuntamiento del Bayamo liberado a blancos, mestizos y españoles del comercio, en evidente apelación a las tres fuentes nutricias de la sociedad futura en caso de triunfar la revolución; el envío del jefe de sus ayudantes al entierro de un teniente coronel caído en combate, que había sido esclavo de Francisco Vicente Aguilera; en fin, existe un grupo de hechos –unidos a los otros mencionados al inicio– que me reafirman en la idea de que en Carlos Manuel de Céspedes la cuestión de las diferencias raciales había sido metabolizada por completo y que en su accionar se debe hallar el inicio en la historia de Cuba (en este caso en la República en Armas), en torno al reconocimiento de la igualdad racial. Sus posiciones personales, las de investidura oficial y las más privadas o personales, como la que acabo de extraer de su diario, indican que así se le considere. Por lo demás, están sus proclamas, manifiestos y cartas, en los que se puede hallar mayor confirmación de lo que afirmo.

La escena de Céspedes en plena cima de la serranía oriental, conversando coloquialmente con las jóvenes negras que acuden al baile me lleva a otra consideración: la naturalidad en su proceder, no hay afectación alguna, no es una pose, es su pensamiento y conducta hechos naturaleza, se trata de un hombre de ascendencia aristocrática, antiguo terrateniente y esclavista, compartiendo fraternalmente (así, fraternalmente, de igual a igual) con personas negras en la manigua, en la que todos han sido equiparados por la inopia y las agrestes condiciones de guerra de la vida patriótica. Es una imagen sin parangón. Es un símbolo fundamental del itinerario acelerado que la revolución de 1868 imprimió al tema de la igualdad racial. Después de 1878, al término de la guerra, la esclavitud quedó virtualmente herida de muerte.

Evocar al primero en tantas cosas, una de ellas la comprensión cabal de la necesidad de la igualdad racial para el presente y el futuro de Cuba, y asociarlo a su determinación de que para aspirar a dicha igualdad se requiere de acciones concretas en lo social, es una buena manera de recordar a Carlos Manuel de Céspedes en el presente. Por lo que es muy importante volver a sus apuntes e ideas, su mensaje embotellado, como un elemento sustancial en la fundación del ideal de civilidad y de integración racial en nuestra historia.

Rafael Acosta de Arriba.jpg. Poeta y ensayista./ EcuRed

Rafael Acosta de Arriba. Poeta y ensayista./ EcuRed

 

 

* Historiador y ensayista.

Notas:

(1) Artículo de José Lacret y Morlot en el periódico La Discusión, 10 de octubre de 1904, pag 10.
(2) Se calculan 23 miembros de la familia muertos durante la guerra.
(3) En 1848, con 29 años de edad y veinte antes del levantamiento, Céspedes ejerció como Síndico por el Ayuntamiento de Bayamo, función desde la que trató siempre de proteger a los esclavos (hasta donde se lo permitieron las leyes inicuas de la época) y por lo que le llamaron el abogado de los negros.
(4) Es conocido que a la altura de los sesenta del siglo XIX, Céspedes prefería la labor de trabajador asalariado en sus campos de caña y otros cultivos que la del esclavo, al que se le destinaron tareas domésticas.


Redacción Digital

 
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