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Publicado el 25 Septiembre, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Calixto García

Un bofetón a la prepotencia

Ante el ultraje perpetrado contra las fuerzas mambisas, la dignidad cubana herida se irguió
Sampson, Shafter y Calixto García en la entrevista de El Aserradero según un grabado de la época. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

Sampson, Shafter y Calixto García en la entrevista de El Aserradero según un grabado de la época. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Hasta la tarde del 15 de julio de 1898 el lugarteniente general mambí Calixto García Íñiguez no tuvo información de los acuerdos adoptados en las negociaciones entre los ejércitos estadounidense y español sobre la capitulación de Santiago de Cuba. Ese día un jefe militar yanqui le comunicó a Joaquín Castillo Duany, enlace mambí con el mando norteño, que se les prohibía a las fuerzas cubanas la entrada a la ciudad. Además, se mantendrían en sus puestos a los funcionarios del Gobierno colonial.

En las imágenes publicadas por la prensa estadounidense se magnificaba el valor de las tropas norteñas y se invisibilizaba a los mambises. (AUTOR  NO IDENTIFICADO)

En las imágenes publicadas por la prensa estadounidense se magnificaba el valor de las tropas norteñas y se invisibilizaba a los mambises. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

García Íñiguez se sintió apuñalado por la espalda. Desde su entrevista en El Aserradero (20 de junio) con el brigadier William Shafter –según ciertos rumores afirman, en su natal Michigan le apodaban Pecos Bill–, general en jefe del quinto cuerpo de Ejército de los Estados Unidos, este le había prometido que, una vez tomada, se le entregaría Santiago de Cuba a las autoridades mambisas.

Mientras los cubanos les fueron útiles, reflexionaba el líder insurrecto, los norteamericanos les llamaban aliados. Así fue cuando desembarcaron en la bahía de Guantánamo y el coronel insurrecto Enrique Thomas les salvó de un ataque español. O cuando fuerzas al mando del propio Calixto, para apoyar el sitio a la ciudad de Maceo, estrecharon el cerco por el sur y el este, aparte de prever que ningún refuerzo les llegara a los peninsulares desde Holguín y Manzanillo.

Ahora los antaño aliados devenían para Washington “tan conquistados como los españoles”, al decir del coronel Thomas. Joaquín Castillo Duany lo comprendió en carne propia cuando el mismísimo Shafter, ese que apenas días antes encabezaba sus cartas a Calixto García llamándolo “my dear general” y manifestaba su confianza en que los cubanos rechazarían cualquier posible avance enemigo, ahora consideraba a Santiago territorio estadounidense “conquered by us (conquistado por nosotros)”.

Controversia

Los historiadores tienen aún criterios encontrados sobre la actitud de Shafter ante el general Calixto y sus fuerzas. ¿Fue una iniciativa suya o simplemente cumplía órdenes? Si lo último es cierto, la decisión no debió partir del mando castrense, pues varios militares yanquis de la época criticaron el tratamiento dado a los cubanos. No puede olvidarse que la guerra aún no había concluido y para los entorchados no era recomendable ganarse la animadversión de los mambises, muy útiles en el enfrentamiento con España.

El líder insurrecto con el general Ludlow, uno de los pocos militares yanquis que reconocieron públicamente el relevante papel desempeñado por los cubanos en la guerra del  98. (AUTOR  NO IDENTIFICADO)

El líder insurrecto con el general Ludlow, uno de los pocos militares yanquis que reconocieron públicamente el relevante papel desempeñado por los cubanos en la guerra del 98. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

Tampoco es creíble que alguien como Pecos Bill, tan incapaz como dubitativo, haya tomado esas medidas sin consultar a Washington. Tal vez atendiendo a las características del brigadier de Michigan, el historiador Rolando Rodríguez infiere “que la orden debía haber venido de más arriba” tomando en cuenta lo estrechamente que la Casa Blanca “seguía las acciones en Cuba y que cada decisión se tomaba o aprobaba en el cuarto de las operaciones militares de la mansión de Gobierno”.

Había consenso en la administración McKinley sobre no darle reconocimiento alguno a la República de Cuba en Armas. Ello es visible en el comportamiento de Washington cuando, antes de desembarcar sus tropas, contactaron con Calixto y no con Máximo Gómez, su jefe en el Ejército Libertador, ni con el Gobierno mambí. De esa forma no tendrían interferencia alguna a la hora de establecer en la Isla el régimen que les viniese en ganas, razona el académico Rodríguez.

Tampoco es casual que, desde la declaración de guerra a España, en la prensa norteamericana cambiara totalmente la imagen del mambí. El guerrero romántico de los primeros años de la contienda, mal armado y semidesnudo, que enfrentaba el enemigo solo escudado en su valentía –eran los tiempos en que se quería promover entre el pueblo estadounidense la intervención en la Isla–, fue sustituido por el asesino sin escrúpulos que mataba 50 prisioneros españoles solo por placer, como comenzó a describirlo el New York Journal, de William Randolph Hearst.

Por su parte, el New York Tribune, de Whitelaw Reid, en varios artículos de fondo, negaba la capacidad de gobernarse a los cubanos y vaticinaba que si se les entregaba la administración de la Isla a los independentistas –a quienes calificaba de pandilleros y turba desenfrenada–, sobrevendría el caos y la anarquía. Entretanto un rotativo de Cleveland se unía a esta campaña: “Aunque nuestro Gobierno haya repudiado todo propósito de conquista, puede sernos absolutamente necesario quedarnos con Cuba y hacerla parte de los Estados Unidos”.

Era tal el barraje antimambí de la prensa amarilla norteamericana que un periódico de Filadelfia se vio en la necesidad de alertar a sus lectores: “Parece estar en proceso de desarrollo un plan sistemático de falsedades sobre los cubanos en armas, con vistas a la creación de un sentimiento favorable al incumplimiento de la resolución del Congreso en la que se reconoce la independencia de Cuba”. No andaba descaminado entonces el patriota cubano y coronel de 68 Manuel Sanguily cuando por aquellos días afirmaba que tantas calumnias lanzadas al unísono por los medios daba la impresión de obedecer a una consigna.

La capitulación española

La capitulación española de Santiago de Cuba, en la imaginación de un artista plástico estadounidense. (AUTOR  NO IDENTIFICADO)

La capitulación española de Santiago de Cuba, en la imaginación de un artista plástico estadounidense. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

A la sombra de una ceiba, según consenso en la historiografía –aunque en los grabados y plumillas estadounidenses de la época este árbol pocas veces aparece–, en un sitio ubicado entre las alturas de San Juan y el entonces caserío de Canosa, se suscribió el acta de rendición de la plaza de Santiago de Cuba. Por la parte española la rubricaron el general Federico Escario, a quien trajeron de Manzanillo e hicieron general solo para que estampara su firma en el acta; por Washington, los generales Wheeler y Lawton.

Llama la atención que el general murciano José Toral, como gobernador de la plaza, no aparezca entre los firmantes de la capitulación. Personaje interesante, por lo escurridizo, fue quien inició las negociaciones con los yanquis para la rendición sin tener autorización de Madrid. Su odio hacia los cubanos era tal –suplicó a Shafter para que no entraran a Santiago, pues iban a tomar represalias contra “los respetables ciudadanos españoles”–, que su testimonio argumentó la medida adoptada por Pecos Bill contra el general Calixto y su tropa. Al finalizar la guerra, eludió irresponsabilidades al achacarle al general Linares, herido en combate, el mal manejo de la defensa de la ciudad, al capitán general Blanco de los errores estratégicos cometidos y al telégrafo el que no acudiera el refuerzo desde Guantánamo supuestamente solicitado por él. Pero el pueblo no se equivoca.

En Vigo, los gallegos le apedrearon. La presión popular lo llevó a juicio y el tribunal lo absolvió de culpas. Mas sus compatriotas no lo perdonaron. Murió loco, en un sanatorio, en 1904.

Una digna respuesta

Calixto García, indignado ante el ultraje perpetrado contra los patriotas cubanos, escribió el 17 de julio de 1898 a William Shafter: “La ciudad de Santiago de Cuba se rindió y la noticia de tan importante victoria solo llegó a mi conocimiento por personas completamente extrañas a su Estado Mayor, no habiendo sido honrado con una sola palabra de parte de usted sobre las negociaciones de paz y los términos de la capitulación propuesta por los españoles”.

Shafter en los días en que García Íñiguez era “my dear general” y los cubanos, “invaluables aliados”. (AUTOR  NO IDENTIFICADO)

Shafter en los días en que García Íñiguez era “my dear general” y los cubanos, “invaluables aliados”. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

En otro párrafo apuntaba: “Sé, por último, que usted ha dejado constituida en Santiago a las mismas autoridades españolas contra las cuales he luchado tres años como enemigos de la independencia de Cuba. Yo debo informar a usted que esas autoridades no fueron nunca electas por los habitantes residentes en Santiago de Cuba, sino nombradas por decretos de la reina de España”.

“Circula el rumor, que por lo absurdo no es digno de crédito general, de que la orden de impedir a mi Ejército la entrada a Santiago de Cuba, ha obedecido al temor de venganza y represalias contra los españoles. Permítame que proteste contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconocemos principios de la guerra civilizada: formamos un Ejército pobre y harapiento como lo fue el de vuestros antepasados en su guerra noble por la independencia… Respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía”.

Años después la historiadora Hortensia Pichardo calificaría a esta carta “una respuesta digna de grandes tiempos […], la dignidad cubana herida se irguió y dio al representante del naciente imperio norteamericano el bofetón sin manos”. Luego, en su casa ante sus alumnos, la relevante educadora añadió: “Fue un formidable bofetón a la prepotencia”.

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Fuentes consultadas

Los libros La forja de una nación, de Rolando Rodríguez; Calixto García, su campaña en el 95, de Aníbal Escalante Beatón; Cronología crítica de la guerra hispano-cubano-norteamericana, de Felipe Martínez Arango, y Calixto García Íñiguez, pensamiento y acción militares, de José Abreu Cardet y Elia Sintes.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García