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Publicado el 25 Octubre, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Cuba 1868: Camagüey insurrecto

Con el alzamiento de Las Clavellinas, la España colonialista tuvo que enfrentar otro frente de batalla, además del oriental
Bernabé de Varona, unos días después del grito de Damajagua, secundó el movimiento insurreccional y se adentró en son de guerra en la manigua. (Crédito: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Bernabé de Varona, unos días después del grito de Damajagua, secundó el movimiento insurreccional y se adentró en son de guerra en la manigua. (Crédito: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Desde la reunión de San Miguel del Rompe, también conocida  como la Convención de Tirsán (3 de agosto de 1868), entre los principales conspiradores independentistas del este cubano, comenzaron a aflorar las contradicciones entre camagüeyanos y orientales. Manzanilleros y tuneros convocaban al levantamiento inmediato contra el colonialismo español; los de Puerto Príncipe, apoyados por bayameses, abogaban por una prórroga, incluso para después de la zafra  de 1869. Finalmente no hubo consenso y se acordó un nuevo encuentro para inicios de septiembre.

Se citaron para la finca Muñoz, también dentro de la jurisdicción de Tunas. Allí prevaleció el criterio de los cautelosos y se postergó la insurrección, pero la situación se tornaba cada vez más comprometida mientras transcurrían los días. Ante la inminente amenaza de una detención, tuvieron que apelar al cimarronaje Luis Figueredo, Juan Fernández Ruz y Ángel Mestre, los dos últimos en los montes cercanos a Manzanillo. El 3 de octubre, en la hacienda Ranchón de los Caletones, propiedad de Titá Calvar, volvieron a reunirse un grupo de independentistas, ante el reclamo de los impacientes manzanilleros y con la ausencia de los principeños. Francisco Vicente Aguilera argumentó la falta de recursos para la guerra y propuso un aplazamiento para Nochebuena, pero ya no se podía esperar más.

Vicente García convocó un nuevo encuentro al día siguiente, en El Mijial, finca de Luis Figueredo, en el cual se fijó el 14 de octubre como la fecha de alzamiento. Los acontecimientos se precipitaron. Según la tradición, una orden de detención cursada desde La Habana contra Céspedes, Aguilera y otros patriotas decidió al propietario del ingenio Demajagua a pronunciar allí, el 10 de octubre, el grito de independencia. La suerte estaba echada. La insurrección había comenzado.

En el Camagüey

Al conocer el pronunciamiento de Demajagua, Manuel de Quesada retomó su proyecto de acondicionar la goleta Galvanic y adquirir armamentos para una futura expedición. (Crédito: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Al conocer el pronunciamiento de Demajagua, Manuel de Quesada retomó su proyecto de acondicionar la goleta Galvanic y adquirir armamentos para una futura expedición. (Crédito: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Las noticias del levantamiento provocaron diversas reacciones. Muchos independentistas en la tierra de los tinajones consideraron precipitada esa decisión. Otros se  debatieron entre la posibilidad de alzarse o de esperar noticias de una expedición con armas que se estaba preparando en el exterior. Entretanto, Bernabé de Varona Bembeta, Manuel de Jesús Valdés y Fernando Agüero Bota Fuego, secundaron el movimiento del abogado bayamés y se adentraron en son de guerra a la manigua.

De acuerdo con ciertos informes de la Comandancia General de Puerto Príncipe enviados a la Capitanía General de La Habana, algunos hacendados y comerciantes de la región pensaban lucrar con la situación y arrancarle concesiones a España. De la actitud adoptada por Madrid, aseguraba el funcionario colonial, dependía si apoyaban o rechazaban la insurrección. De ahí que elementos con una firme convicción reformista y claros antecedentes anexionistas, como Napoleón Arango, trataran de apoderarse de la dirigencia del movimiento separatista.

Según testimonios de la época, cuando Manuel de Quesada, un cubano que había combatido en México bajo las órdenes de Benito Juárez, en la guerra contra la ocupación francesa, llegó clandestinamente a Nuevitas para entrevistarse con los conspiradores independentistas. Napoleón Arango lo desinformó y le pintó un cuadro tan pesimista y desesperanzador que el internacionalista regresó decepcionado a Nueva York. En esa ciudad, al conocer del alzamiento de Céspedes, retomó sus proyectos de acondicionar la  goleta Galvanic y adquirir el alijo que pensaba traer con ella a suelo camagüeyano, pero no pudo tenerlos listos hasta finales de diciembre.

Entretanto, para hacer creíble su patriotismo y crearse una aureola de líder, Arango supuestamente se “alzó” en armas en los días posteriores al Grito de Demajagua aunque nunca se ha comprobado que haya entablado combate alguno contra tropas peninsulares.

Las Clavellinas

Lugar donde se produjo el alzamiento de Las Clavellinas. Hoy allí se erige un monumento conmemorativo. (Crédito: CUBARTE)

Lugar donde se produjo el alzamiento de Las Clavellinas. Hoy allí se erige un monumento conmemorativo. (Crédito: CUBARTE)

Los impacientes partidarios del levantamiento inmediato en la tierra de los tinajones, liderados por Salvador Cisneros Betancourt –quien presidía la Junta Revolucionaria de Camagüey -, Ignacio Agramonte, su primo Eduardo e Ignacio Mora, convocaron a los principales patriotas de la provincia para una serie de reuniones en la ciudad de Puerto Príncipe (del 1º al 3 de noviembre de 1868) con el fin de ultimar detalles sobre el inminente alzamiento.

Cisneros había recibido por aquellos días una carta de Francisco Rubalcaba, fechada en la manigua tunera, en la cual le informaba sobre la situación en el departamento oriental y le apremiaba para que el Camagüey  se incorporara a la insurrección. Al citar a los miembros de la Junta Revolucionaria,  su presidente le dio lectura a la misiva que en uno de sus párrafos, con fina ironía, lastimaba el amor propio de los principeños.

A pesar de ello, todavía el llamado bando de los cautelosos no transigía sobre el comienzo de la insurrección y aconsejaba esperar hasta tener más noticias del proyecto de Quesada de traer una expedición. El 2 de noviembre llegó un telegrama remitido desde La Habana que alertaba sobre la salida de un vapor con destino al puerto de Nuevitas con un cargamento de 1 500 fusiles Peabody para quintuplicar el número de efectivos de las tropas colonialistas en el territorio.

Ignacio Agramonte no estuvo en Las Clavellinas pues se les asignaron otras tareas de apoyo. (Ilustración: ESTEBAN VALDERRAMA)

Ignacio Agramonte no estuvo en Las Clavellinas pues se les asignaron otras tareas de apoyo. (Ilustración: ESTEBAN VALDERRAMA)

El tema de los entonces modernos fusiles centró el debate de la reunión de esa noche. La propuesta de Eduardo Agramonte provocó acaloradas discusiones: “Pues deteniendo el tren que las conduzcan y posesionarnos de ellos”.

Al amanecer del 4 de noviembre de 1868 se reunieron 76 patriotas en el paso del río Las Clavellinas, a trece kilómetros de la ciudad de Puerto Príncipe para iniciar la insurrección en el Camagüey. Luego marcharon al ingenio El Cercado, propiedad de Manuel Castillo. Allí Jerónimo Boza fue designado jefe militar de la tropa insurrecta y se organizaron siete pelotones, cuyas jefaturas recayeron en Ignacio Mora, Eduardo Agramonte, Manuel Boza, Martín Loynaz, José Recio, Francisco Arteaga y Manuel Agramonte.

No obstante no pudieron proveerse de los Peabody porque un desperfecto en la línea ferroviaria de Nuevitas sumado a sospechas de que el convoy fuera asaltado por desafectos a España, hizo que las autoridades postergaran su transportación y esperaran a la llegada del imponente ejército que se encaminaba hacia la región, comandado por el tristemente célebre general Blas de Villate, conde de Valmaseda.

Contrario a lo afirmado por varios medios de comunicación y manuales escolares, Ignacio Agramonte no estuvo entre los 76 asistentes al alzamiento de Las Clavellinas, porque se le habían asignado tareas de apoyo en la ciudad. Su incorporación a la manigua acaeció el 11 de noviembre en el ingenio El Oriente, cerca de Sibanicú.

Igualmente, Salvador Cisneros Betancourt tampoco se halló entre los participantes de ese hecho pues permaneció en la ciudad, supervisando el aseguramiento logístico de los alzados. Pocos días después, gracias a un oportuno aviso de que había sido ya cursada la orden de su detención, pudo escapar en un quitrín que abandonó a la salida de la urbe. Montado en uno de los caballos del carruaje, amparándose en las sombras de la noche,  enrumbó por el cauce del arroyo Juan del Toro, afluente del Hatibonico, hasta que se topó con un campamento insurrecto.

Grandes dificultades todavía le quedaba por atravesar a la insurrección en Camagüey. La labor capituladora de Napoleón Arango y otros elementos oportunistas estuvo a punto de tener éxito. Su desenmascaramiento por Ignacio Agramonte salvó la revolución. Y con una dirigencia netamente patriótica los mambises campearon por la sabana camagüeyana, redujeron el control de los españoles a las principales ciudades y poblados. En el primer lustro de la guerra la tierra de los tinajones devino frente de batalla muy difícil para los colonialistas.

Fuentes consultadas

Los libros La forja de una nación, de Rolando Rodríguez; Hombres del 68, de Vidal Morales, y Eduardo Agramonte, de Emilio Godínez. El Diccionario enciclopédico de Historia Militar de Cuba


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García