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Publicado el 6 Octubre, 2020 por Pastor Batista en Historia
 
 

BARBADOS 1976

La muerte vino por más

Siempre se ha hablado de  73 víctimas durante aquella explosión terrorista en pleno vuelo. Pero, ¿cuántas personas más  (padres, hermanos, hijos…) murieron después o han “vivido” en irreparable sufrimiento, como consecuencia del horrendo crimen? Estos apuntes, en torno a Carlitos Leyva, son apenas un triste e inconcluso capítulo

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

 

Crimen de Barbados, familiares Carlos Leyva

Cada nuevo octubre acentúa en dolor de todo el año en el pecho de Maricela.

Las Tunas, octubre de 1976. El obrero Carlos Leyva siente que una punzada ardiente le perfora el lado izquierdo del pecho. ¿Será que está acostado y no de pie, sufriendo la pesadilla más terrible de toda su existencia? De ningún modo  puede creer lo que le han dicho. ¿Un sabotaje contra el avión donde venía su hijo Carlitos?

Con una extraña frialdad desvaneciéndole las piernas, trata de apresurar el paso todo cuanto sea posible mientras  muerde  entre dientes, una y otra vez, el grito de desesperación que lleva dentro. Por fin llega a la casa. ¿Qué te ha pasado, viejo?

Quizás ni la ciencia tenga explicación, pero en un puñado de cuadras gran parte del cabello se le ha teñido de gris. Jamás su hija Maricela Leyva González olvidaría  aquella penosa  imagen.

“Con la muerte de Carlitos, me confesó hace unos años, mi padre empezó a morir también Eran uno solo. No exagero: los dos eran una sola persona.

“Creo que papá presentía la desgracia. Recuerdo que antes del viaje del equipo de esgrima a Venezuela, mi hermano me pidió que me sentara sobre la maleta para poder cerrarla. Papá pasó cerca de nosotros, se quedó unos segundos mirándolo y por fin le dijo dulcemente: Ten cuidado en todo el viaje Carlos Chicho (como él solía llamarlo), mira que el mundo está convulso y revuelto…

““Para calmarlo, Carlitos le respondió que no se preocupara, que la muerte llega por sí misma en cualquier momento, sin uno buscarla. Y mi padre volvió a quedarse quieto,  pensativo, mirando de una manera muy triste, con una expresión que yo nunca le había visto, como si se estuviera despidiendo de él para siempre.”

   POSADA  ACABÓ CON MI FAMILIA
Crimen de Barbados, Carlos Leyva

Carlitos, el rostro que la muere detuvo aquel 6 de octubre a manos del terrorismo.

“El terrorista Luis Posada Carriles, autor de aquel sabotaje contra el avión de Cubana (6 de octubre de 1976) no solo mató, al instante, a 73 personas inocentes, entre las que viajaba mi hermano Carlos Leyva González. Posada acabó con mi familia.

“Después del crimen y a pesar de nuestra insistencia, mi padre se negaba a alimentarse, a beber agua, a vivir. Era como si nada  tuviera razón de ser para él sin la presencia de Carlitos. Nunca logró reponerse. El dolor fue carcomiendo su salud hasta que finalmente sufrió un infarto y falleció en 1979, tres años después del sabotaje

“Mi madre Gudila González también quedó traumatizada para siempre; no pudo continuar en su trabajo, afirmaba que veía a mi hermano en la puerta de la oficina, tal y como él acostumbraba a hacer cuando pasaba por allí para darle un beso. Su sistema nervioso nunca volvió a funcionar como antes, se fue debilitando. Una trombosis cerebral la hizo permanecer en silla de ruedas durante 15 años, hasta que también se nos fue, en 1995”.

Desde hace mucho tiempo no  he vuelto a ver a Maricela “la hermana de Carlitos”, como suelen identificarla cientos de tuneros.  Mas, no es preciso tenerla frente a mí en este octubre. Puedo ver nítidamente el dolor, dueño de su rostro todo,  nublándole la mirada, quitándole años de vida…

Puedo verla, acariciada por su también fallecido esposo, en la pequeña sala del hogar, evocando la alegría de Carlitos, su capacidad natural para ganarse el cariño de todo el barrio, desde niño; las esperanzas que en él había cifrado el deporte cubano con la pupila puesta en el ciclo olímpico, proyección igualmente válida para Leonardo McKenzie Grant, el otro esgrimista tunero víctima del sabotaje, entre cuyos familiares el dolor sigue siendo desgarrador 44 calendarios después.

   A LOS HÉROES…

 

Crimen de Barbasdos, homenaje

Durante todos estos años, jóvenes esgrimistas han rendido homenaje a las víctimas del crimen, en Las Tunas

Se les recuerda sin llanto, se les recuerda en los brazos, se les recuerda en la tierra…

Así lo canta la inmensa Sara González y así lo ha hecho realidad Las Tunas, donde la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) lleva por nombre Carlos Leyva González, en tanto la Sala Polivalente, una de las mejor conservadas en Cuba, se llama Leonardo Mckenzie Grant.

Pero no es todo. En un apacible remanso, a un costado del riachuelo que serpentea por el abdomen de la ciudad, se empina el Memorial Mártires de Barbados, único de su tipo en la nación, erigido en 1978,  precisamente a las 73 víctimas del abominable acto terrorista.

Para mayor simbolismo, esa institución radica en la misma humilde pero pintoresca casa de madera donde vivió Carlitos, restaurada con la genial sensibilidad del escultor Rafael Ferrero.

Sus tres salas, abiertas a la mirada nacional e internacional, conservan  pruebas irrebatibles de la masacre aérea, fotos de las víctimas, un fragmento de la aeronave saboteada, objetos personales de los dos esgrimistas tuneros…

A un lateral, se levanta, impresionante la obra titulada Nuestros muertos alzando los brazos, del artista matancero Juan Esnard Heydrich que, conformada en metal, alude de forma alegórica a una porción de cuerpo humano consumido por el fuego, pero erguido e indoblegable por medio de un brazo en alto con  el puño cerrado.

Al fondo, donde Papá Carlos solía pasar horas entre serruchos,, martillos y berbiquíes, ha estado la sala o área de esgrima, formadora de generaciones en el riguroso arte de  las espadas, sables y floretes.

   MI CARTA
Crimen de Barbados, memoria

Personas de todas las edades pueden acceder al Memorial.

No tuve la oportunidad de conocer a Carlos (padre), aunque lo sigo imaginando de estatura más bien pequeña, noble carácter, tierno hasta los huesos…  Tampoco a su inmortal e invencible espadachín,  a quien la magia de la fotografía puede tornar un poco más cercano.

Aun así, en días como estos, de luto y de dolor, creo verlos como a cientos y miles de padres e hijos: caminando, tomados de la mano, sentados sobre un banco de la ciudad o encima de un tronco de madera, hablando con insaciable sed familiar, como mismo ocurría en cada nuevo encuentro, o desde la distancia, cada vez que “el viejo” le enviaba una carta, casi diariamente, a su hijo, tal vez no con la más virtuosa letra, pero sí con el más paternal beso en su interior, y el muchacho, desde La Habana, le devolvía otra, con la estocada más elegante que en términos de idolatría puede ofrecer un hijo bueno.

Eso, miles de momentos más y toda la alegría que cabe en el seno de una familia humilde pero digna, ardió aquel 6 de agosto, primero en el aire, para sumergirse luego en las profundidades del mar, cerca de una playa paradójicamente llamada Paradiso, en Barbados.

Los autores confesos del crimen no solo fueron protegidos, sino también reconocidos por el cómplice gobierno de los Estados Unidos.


Pastor Batista

 
Pastor Batista