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Publicado el 22 Octubre, 2020 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

LA INVASIÓN A OCCIDENTE, 1895

Llevar la Revolución hasta el último confín

El éxito de esta campaña militar mostró que el fin del yugo colonial español en Cuba era cuestión de tiempo

Por ERNESTO USTARIZ RAMÍREZ*

Maceo, invasión a occidente

La columna invasora partió de Mangos de Baraguá el 22 de octubre de 1895 y, tras atravesar un territorio dominado por el enemigo, se reunió con Gómez en Lázaro López. (Foto: Autor no identificado)

La guerra necesaria planeada por José Martí había comenzado el 24 de febrero de 1895 y, aunque hubo levantamientos en varias regiones del país, donde más se sintió la fuerza de la revolución fue en Oriente. Desde el mismo comienzo, la idea de los principales líderes era poner a toda la nación en pie de lucha.

Una vez terminadas las labores constituyentes en Jimaguayú (septiembre del mismo año), la idea que aglutinaba todos los esfuerzos era llevar la guerra hacia Occidente. Era en esa región donde se concentraba la producción cañera que suministraba los recursos para el mantenimiento de las tropas españolas y allí residía el núcleo del poder colonialista en Cuba. Asestarle un golpe mortal a ese dominio era el objetivo.

El 22 de octubre de 1895 partió el contingente invasor desde Mangos de Baraguá, bajo las órdenes del Lugarteniente General Antonio Maceo. El mismo lugar y el mismo héroe que 17 años antes habían entrado por la puerta grande en la historia con la protesta contra la capitulación del Zanjón. Contaba la tropa al mando del Titán de Bronce con 1 400 hombres, mal armados con 10 tiros por arma; la acompañaban 300 ayudantes y personal de apoyo. Pobremente vestidos y sin comida en sus reservas, partieron hacia el poniente con la decisión de lograr la independencia.

La idea del jefe insurrecto era eludir cuanto se pudiera el combate frontal y llegar lo antes posible a Las Villas, donde debía reunirse con Máximo Gómez. El 29 de noviembre la tropa cruzó la Trocha de Júcaro a Morón, la línea defensiva con que la metrópolis pensaba contener a los insurrectos e impedir su paso a la región villareña. Sin una baja cubana burló la barrera que España creía infranqueable.

En el potrero de Lázaro López
Maceo y Gómez

Mientras el Titán partía hacia Pinar del Río, el Generalísimo se quedaba del otro lado de la Trocha Mariel-Majana realizando la campaña de La Lanzadera. (Foto: Autor no identificado)

Ese mismo día se reuniría Maceo con el Generalísimo, en el potrero de Lázaro López. Comenzaba la parte más dura de la campaña invasora. Arengando Gómez a la tropa, describió el futuro que les esperaba: en las filas ahora nutridas, la muerte abriría grandes claros, hasta llegar al último confín de Occidente, allá se daría el Ayacucho cubano.

Maceo y Gómez se adentraron en Las Villas con una premisa clara: avanzar en línea recta todo lo posible y solo retroceder temporalmente ante un peligro mortal. A ritmo de más de 15 horas diarias de marcha forzada se enfrentaron a las fuerzas que estaban bajo el mando de Martínez Campos, el mejor general de la Corona en Cuba. Una especie de guerra relámpago hacía avanzar a las huestes mambisas y comenzaba a poner en jaque al Capitán General español.

Aplicando la tea incendiaria, con el decidido objetivo de destruir todo cuanto alimentara las arcas peninsulares, el Ejército Libertador avanzó hacia el oeste con innumerables combates y escaramuzas en la región villareña. La más importante de todas las acciones fue la de Mal Tiempo, que abrió las puertas de Matanzas a los mambises.

Ya en esta provincia el fuego dio cuenta de todo ingenio y cañaveral por donde pasara la tropa cubana. Entre los enfrentamientos armados resalta el de Coliseo, en el cual Martínez Campos trató de batir con 3 000 efectivos a las fuerzas cubanas. Tanto era el empuje, que a poco tuvo que ordenar la retirada de sus tropas.

También en Matanzas

También en Matanzas se dio una de las mejores operaciones militares de la historia bélica en la Isla: el lazo de la invasión. Al llegar a Sumidero la columna insurrecta detuvo su avance y empezó su retroceso de norte a sureste hasta llegar a Cienfuegos. El comandante de las unidades peninsulares cayó en la trampa criolla y, pensando que los mambises se retiraban, movió rápidamente gran parte de sus fuerzas hacia Las Villas por las líneas férreas que los cubanos habían mantenido intactas. De pronto, los independentistas retomaron rumbo oeste, dejando atrás a los ibéricos, destruyendo, ahora sí, las vías de comunicación y adentrándose en La Habana.

Una vez aquí, la tea libertadora conoció muchos cañaverales. En solo seis días cruzaron la provincia, sin enfrentar grandes combates y tomando numerosas poblaciones mal protegidas. Tanto era el poderío mambí, que Maceo realizó un ataque a Marianao, el cual puso en vilo a toda la capital.

En La Habana el Lugarteniente General se separó de Gómez. Mientras que el santiaguero partía hacia Pinar del Río, el Generalísimo se quedaba del otro lado de la Trocha Mariel-Majana realizando la campaña de La Lanzadera.

En Vueltabajo
Maceo y su tropa llegaron hasta el poblado más occidental en ese momento, Mantua, el 22 de enero de 1896. (Foto: Autor no identificado)

Maceo y su tropa llegaron hasta el poblado más occidental en ese momento, Mantua, el 22 de enero de 1896. (Foto: Autor no identificado)

En Vueltabajo, Maceo tomó numerosas localidades y llegó hasta el poblado más occidental en ese momento, Mantua, el 22 de enero de 1896. Exactamente tres meses después de su partida desde Mangos de Baraguá se lograba la meta de extender por todo el país la guerra. En esta hazaña abundaron hechos gloriosos en sí mismos, como la composición del Himno Invasor, una de las más bellas marchas militares cubanas, concebido por Enrique Loynaz del Castillo.

Otra proeza fue la del general José Lacret, quien protagonizó una aventura digna de una película: luego de no haber podido embarcar en una expedición planeada, partió desde México, desembarcó en La Habana disfrazado, tomó un tren con Martínez Campos a bordo, apareció en Matanzas y empuñó las armas como jefe de la brigada de la provincia.

La destrucción de la economía que sustentaba a la Corona, las derrotas propinadas a varios de los mejores generales españoles, las numerosas victorias contra un ejército decenas de veces superior en hombres y armamento mostraba que el fin del yugo colonial español en Cuba era cuestión de tiempo y que solo una intervención externa sería capaz de escamotear la victoria a los cubanos.

*Investigador y profesor universitario

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Fuentes consultadas

La forja de una nación, de Rolando Rodríguez; El desafío del yugo y la estrella, de José Cantón Navarro; y el Diario de campaña de Máximo Gómez.


Redaccion Cultura e Historia