0
Publicado el 20 Septiembre, 2017 por ACN en Medio ambiente
 
 

El valle de Machuca

Foto: OTONIEL MÁRQUEZ/artemisadiario.cu

Por Manuel Alejandro Hernández Barrios

Cuando llega uno a Machuca, comunidad de solo 325 personas, ubicada al noroeste del artemiseño municipio  de San Cristóbal, atrás deja 12 kilómetros de piedras y fango.

El terraplén que enlaza a este caserío con el vial de montaña, se arrastra- como serpiente- entre áridos despeñaderos de lajas de piedras que bordean elevados barrancos a cielo abierto y reciben la sombra de un bosque semideciduo.

A un lado y a otro de las escarpadas paredes- casi verticales- se divisan palmas, tan lejanas que parecen agujas.

Boscosos túneles de verde vegetación se entrelazan hasta unos claros suelos de anaranjado color, allá en el fondo del valle.

Foto: Humberto Lister//artemisadiario.cu

Para los principiantes viajeros nunca serán exiguas ni ridículas todas las expresiones de asombro, durante tres horas de recorrido, encima de un camión ruso multipropósito marca KAMAZ,  de tipo todoterreno 6×6 y 225 caballos de fuerza.

El paseante llega a una tierra donde el bosque se entremezcla con el cultivo de tubérculos, granos y cítricos. En la escarpa de la montaña, que es lo que los campesinos conocen como “la tumba”, se dan la malanga, el café y el plátano.

Predomina más allá de los sembradíos un monte mixto de esqueléticos almácigos que nacieron sobre piedras. Espigadas palmas advierten décadas pasadas de desforestación. Los frutos de las guácimas semejan olivos. Los eucaliptos se empinan como postes y los cayos de pinos crecen en los reducidos pedazos de suelos degradados.

En Machuca, al ser un valle menor, ubicado en el interior de la Sierra del Rosario, los campesinos cultivan en los bordes más bajos de las lomas la naranja y la piña más dulce de Cuba, creando un arco circunferencial espinoso como una barrera invisible de protección.

Benito Mirabal, campesino de 75 años, vive allí desde 1958. Sus padres y dos hermanos llegaron huyéndole a los desalojos que cometían los soldados de la dictadura batistiana en los asentamientos cercanos a Bahía Honda.

La comunidad de Machuca. Foto: Humberto Lister//artemisadiario.cu

Nos habla del río Maní maní, que queda a unos 10 kilómetros loma arriba y donde nunca ha visto peces grandes, ni animales peligrosos, ni ha escuchado leyendas que le hagan temerle.

Es un afluente perenne, alimentado por aguas subterráneas de manantial y por las abundantes lluvias de mayo, junio y septiembre, aunque su caudal no corre todo el año.

Forma congeladas piscinas debajo de la cobertura vegetal que lo protege de la evaporación y la evapotranspiración, lo que permite su permanente existencia.

Es Machuca un valle fluvial y como tal tiene forma de V. El río modifica la campiña a lo largo de su curso, su cauce se abre ampliando o reduciendo la anchura, según los perfiles transversales de las pendientes de las elevaciones a su alrededor, modelando el paisaje como serpentina que se tira al aire.

Adornan el entorno sus casas de madera con techo a dos aguas, como impregnándose a él, así como las epífitas que crecen encima de las ramas de los árboles.

La perspectiva existencial de Benito y de los otros tantos pobladores de la comunidad es ser dependientes, pero no abusivos con el monte.

Sus circunstancias fluctúan en la doble condición de ser usuarios y cuidadores de todos los recursos naturales que los enriquecen en ese derredor.   (ACN)


ACN

 
ACN