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Publicado el 1 Agosto, 2020 por Prensa Latina en Mundo
 
 

Testimonio homenaje

Una poco conocida y muy especial historia boliviano-cubana: Eusebio y la búsqueda del Che

Leal casi no durmió la noche antes. Tomamos mate de coca y charlamos durante horas. Temprano partimos con gran entusiasmo. Nos dirigíamos por primera vez a la zona donde todo indicaba que estaban los restos del Che...
En una excursión a las ruinas de Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, no lejos de La Paz  y sede de la famosa Puerta del Sol, Eusebio escuchó atentamente las explicaciones de un autodidacta guía local sobre ese extraordinario templo preincaico

En una excursión a las ruinas de Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, no lejos de La Paz y sede de la famosa Puerta del Sol, Eusebio escuchó atentamente las explicaciones de un autodidacta guía local sobre ese extraordinario templo preincaico

Por Jorge Luna

Entre los mayores desafíos del recién fallecido historiador Eusebio Leal, como la restauración del Casco Colonial de La Habana, hay uno muy especial y poco conocido, prácticamente un sueño suyo: la temprana búsqueda de los restos de Ernesto Che Guevara en Bolivia. El cadáver del jefe guerrillero latinoamericano, asesinado 1967, fue enterrado en el mayor secreto por militares entonces en el poder.

No fue hasta 1997, casi 30 después, que expertos -encabezados por el doctor Jorge González, director del Instituto de Medicina Legal de Cuba- lograron la hazaña de ubicar, desenterrar y trasladar esos restos a Cuba.

Los encontraron gracias a testimonios que llevaron a los investigadores cubanos –más un equipo de forenses argentinos- a realizar durante varios meses excavaciones y estudios científicos cerca de un antiguo aeropuerto de Vallegrande, 700 kilómetros al sudeste de La Paz.

Actualmente, reposan en un impresionante Memorial en la central ciudad de Santa Clara, que les rinde permanente homenaje.

En realidad, Cuba había asumido desde el primer día el deber de recuperar los restos mortales del Che y de su tropa y, durante años, en condiciones muy difíciles, fue recopilando testimonios e indicios, pero sin hallarlos.

Y, poco más de una década antes de encontrarlos (en 1983 y 1984), Eusebio Leal visitó Bolivia invitado por universidades e instituciones culturales de ese país durante el gobierno del presidente Hernán Siles Zuazo y del vicepresidente Jaime Paz Zamora, una frágil democracia surgida después de 18 años de represivos regímenes militares.

Pese a las amenazas y presiones de la época, fue ese gobierno el que restableció relaciones diplomáticas con Cuba en enero de 1983.

Con la modestia que lo caracteriza, Leal tenía como misión de dictar una serie de charlas sobre Cuba y América Latina en varias ciudades del país andino.

Afectado los primeros días por el mal de altura, alojó en el departamento de Prensa Latina, cuya oficina yo, como su corresponsal, había reabierto luego de varios años de clausura.

Le entregué libros y artículos sobre la situación boliviana, por si quería actualizarse, pero apenas los hojeó. Prefirió tomar mate de coca y dormir un rato antes de su primera conferencia.

Su profundo conocimiento de la milenaria historia de los pueblos indígenas del mundo andino sorprendió a un agradecido auditorio académico repleto de estudiosos atrapados por su oratoria.

Declarado Huésped Distinguido de La Paz, sostuvo entrevistas con las máximas autoridades políticas y con decenas de intelectuales y jóvenes universitarios interesados en sus informadas conferencias.

En esas charlas académicas, en las que nunca usó notas, abarcó temas como la lucha independentista de Cuba, su posterior proceso revolucionario, la cultura latinoamericana y figuras como Simón Bolívar y José Martí, así como, desde luego, la restauración de La Habana.

En una excursión a las ruinas de Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, no lejos de La Paz y sede de la famosa Puerta del Sol, escuchó atentamente las explicaciones de un autodidacta guía local sobre ese extraordinario templo preincaico.

Con 41 años de edad, Leal era un conocedor de la Bolivia profunda y su historia. En el viaje de regreso a La Paz, aportó detalles de los usos y el significado espiritual de las diversas ceremonias realizadas en Tiahuanaco siglos atrás.

Uno de los momentos más emocionantes de su visita fue cuando halló un documento que certifica el reconocimiento por parte de Bolivia de la beligerancia de los independentistas cubanos en junio de 1869. Se trata de un Decreto Presidencial, de los archivos de Arturo Costa de la Torre, cuya copia atesora hoy el Estado cubano.

Pero, cada vez que podía, me interrogaba sobre el enterramiento, hasta entonces desconocido, del Comandante Ernesto Che Guevara y sus compañeros, sobre los últimos días de la guerrilla. Insistía en la necesidad de que sus restos fueran ubicados y repatriados a Cuba.

De hecho, un pequeño grupo de funcionarios cubanos ya venía indagando con la mayor discreción sobre ese tema y, aprovechando la presencia de Leal, intentó una expedición a Vallegrande, organizada por un jesuita alemán, conocido como Anastasio, amigo de Cuba.

El joven religioso trabajaba allí en una comunidad indígena y tenía indicios concretos de que los restos del Che estarían ocultos cerca del antiguo cuartel militar local.

Leal casi no durmió la noche antes. Tomamos mate de coca y charlamos durante horas. Temprano partimos con gran entusiasmo. Nos dirigíamos por primera vez a la zona donde todo indicaba que estaban los restos del Che.

Pero, a poco andar, nuestro jeep tuvo que detenerse y regresar a La Paz, impedido de cruzar un río que en la madrugada había crecido hasta desbordarse sobre el camino.

La frustración fue grande, pero quedó como recuerdo al que Leal acudía constantemente en nuestras conversaciones a lo largo de los años. Me consta que era uno de sus proyectos-sueños, que felizmente fue cumplido.


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