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Publicado el 25 Marzo, 2016 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

El vino de Obama

Entre las metas económicas, diplomáticas y políticas de la visita de Obama a La Habana, planificada hasta el más mínimo detalle, había una especial: deslumbrar

Por Omar Rafael García Lazo

La política hoy tiene mucho de espectáculo, de luces, de frases hechas, de corbatas encuestadas, de sonrisas estudiadas, de gestos calculados, de comportamientos prefabricados e inducidos… y oratorias destiladas en telepromters casi invisibles. Y en esa forma está el contenido, donde enajenación y desconexión se empacan con celofanes de inclusión y conexión, de democracia. Todo falso, pero no vacío.

Así fue la visita de Obama a La Habana. Planificada hasta el más mínimo detalle. Entre las metas económicas, diplomáticas y políticas había una especial: deslumbrar; pues asumen los que nos estudian que la ansiedad y algunos vacíos, aderezados con otros condimentos, mueven molinos.

Se le debe reconocer al Presidente el valor de su impulso y el gesto de venir a Cuba, acto que evidencia el deseo de hacer irreversible este proceso de normalización de las relaciones que estamos viviendo y que emana de la postura consensuada entre intereses económicos y políticos y las necesidades geopolíticas regionales y globales de Washington. Un cambio que en el caso de Cuba busca lograr el mismo objetivo de antaño. Así que a Obama lo que es suyo, que por orgánico se lo ha ganado. Pero no olvidemos que se trata de un asunto sistémico. Si no fuera así, nada hubiera ocurrido, pues asumir posturas sin respaldo en ese país cuesta caro, si no preguntémosle a la familia Kennedy.

Pero volvamos a La Habana, donde la actuación presidencial tuvo su climax, justamente en las tablas de un teatro. Allí el Presidente hizo su discurso, que lleva su impronta sin dudas.

Un comentario dedicó, con justeza, a las víctimas de las bombas en Bruselas. Y lo hizo frente a representantes de una sociedad que llora aún más de 3 400 muertos y más de 2 000 heridos causados por una política de hostilidad terrorista sin límites que llegó a hacer estallar un avión en pleno vuelo y cuyo responsable directo respira libre los aires de Miami y se mantiene con dólares. Pero el Presidente sobre eso no dijo nada. No quiere hablar del pasado, prefiere el futuro. La historia estorba.

No soslayó par de verdades como montañas que han llevado a este pueblo a tener hijos e hijas sanos e instruidos que han compartido con los pobres de la tierra, con los que sufren, no lo que les sobra, sino lo que tienen. No pudo evadir esos pilares, pero tejió su gramática para limitarlos y reducirlos en el cúmulo de sintagmas y eslóganes que exaltaron su democracia y sistema de valores, haciendo gala del destino manifiesto, pata carcomida que conocemos.

Dijo que no existe intención de promover cambios en Cuba, mientras una factura millonaria es destinada a subvertir al país y financiar a genuflexos holgazanes que intentan presentarse como una alternativa al destino marcado por otros millones -de personas- que apostamos por una sociedad distinta desde 1959. Incongruencia subrayada cuando se ha visto al presidente abogado y orador al lado de uno de sus asalariados, vulgar delincuente trasquilado hasta el encéfalo.

Al decir que modificaba la política anterior de hostilidad manifiesta porque “no funcionaba”, es un aldabonazo más, uno más, que nos indica que este acercamiento intenta funcionar para lograr lo que a golpes de agresiones de todo tipo no ha podido lograr ese gran país frente al nuestro.

Nos conviene quitarnos el bloqueo de encima que para ellos también es un obstáculo en sus planes de acercamiento e influencia. Por ende, desinflarlo es parte de su estrategia que colinda en ese aspecto con la nuestra. Pero al mismo tiempo, debemos estar conscientes de que harán todo lo posible por colorear los pasos que vienen dando con tonos intensos de benevolencia y amistad, que se erigirán como bases del pedestal que ya construyen para intentar perpetuar su “gesto liberador” en el imaginario nacional e internacional.

No faltarán los “admiradores ardientes” de los que habló Martí, que por vocación o ingenuidad quedarán deslumbrados, alimentando, conscientes o no, los gérmenes del desmontaje y la anexión. Hacia ellos también iba el discurso en el teatro. Un discurso que evidencia la pretensión de doblegarnos con espejos, sembrar la codicia, borrar la solidaridad, desojar las familias con el individualismo, desvirtuar nuestros valores comunes y avivar la apatía. Se esforzarán por hacernos romper con nuestra historia confrontando sus lustrosos emblemas con nuestros dolorosos y dignos símbolos. Ese es el vino que intentan exportarnos, esperanzados con que el nuestro, agrio por momentos gracias a viñedos dañados por los vientos del norte e insuficiencias propias, aburra los paladares criollos.

No obstante, se ha aceptado el desafío. Y las bases culturales y políticas de la Nación constituirán el escudo que hará prevalecer la soberanía y la justicia conquistadas. Estos meses de negociaciones y avances limitados han demostrado altura y firmeza, una característica de este pueblo que supo recibir al Presidente y despedirlo, para después continuar con lo que estaba haciendo.


Redacción Digital

 
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