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Publicado el 25 Agosto, 2016 por Jose Dos Santos en Nacionales
 
 

Alfabetización: Entre el peligro y el deber

A enseñar, trabajar en el campo, coexistir con familias ajenas, adaptarse a dejar a un lado hábitos citadinos, se añadieron riesgos y el impacto de lo desconocido
Compromiso ratificado de vencer el analfabetismo.

Lejos de amilanar, el asesinato de Manuel Ascunce ratificó el compromiso de vencer el analfabetismo.

Texto y fotos JOSÉ DOS SANTOS L.

Fue el 12 de junio de 1961 cuando nos llegó la primera alerta a los que alfabetizábamos en la zona de Río Negro Calabaza, y en otros puntos de El Escambray: “No deben alejarse mucho de las casas donde alfabetizan. Nunca lo hagan solos”, fue la lacónica advertencia del profesor Luciano Rodríguez, jefe de la brigada del Instituto Edison, quien nos visitaba por primera vez desde que nos asentáramos en aquel lomerío.

La noche anterior la había pasado en casa de un campesino cuyo nombre comenzaba a ser leyenda en la lucha contra bandidos, Puro Villalobos. Allí escuché historias narradas por sus hijos de tropelías e incluso asesinatos que cometían elementos enemigos de la Revolución. Algunos de ellos habían sido capataces de los terratenientes refugiados en Miami luego de 1959 y pretendían su retorno para seguir explotando a los miserables guajiros de la zona. Pero no pensé que algo de eso tenía que ver con nosotros.

Aquella velada “por la libre” formaba parte de las caminatas que dábamos un pequeño grupo de alfabetizadores a lugares distantes, como Cimarrones, la cueva de la Vieja –en la loma llamada La Colicambiá–, Jibacoa e incluso al sitio donde se represaba el Hanabanilla. Para nosotros los relatos de los esforzados milicianos, con metralleta y FAL en mano y collares de semillas de Santa Juana al cuello, eran cosa del pasado reciente, porque la Limpia del Escambray de bandas alzadas ya había concluido.

Por lo dicho en aquella tarde, a un mes de estar en esa zona, supimos que el enfrentamiento no era solo político e ideológico y que había un reverdecer de la violencia armada.

Los meses siguientes, hasta la precipitada salida de donde festejaba la derrota de la ignorancia, fueron de constantes episodios vinculados con esa latente amenaza, aún más grave en la medida que nos internábamos en el macizo. No fue hasta pasados varios años que conocí que tanto el dueño de la casa donde paraba como otros dos hermanos, vecinos suyos, eran colaboradores de los “alzados”. Uno de ellos, “buena gente” con los “maestros” y que nos mataba el hambre en una tiendecita que mantenía en aquel lomerío, con un arria de mulos acarreaba armas para ellos, ocultas entre racimos de plátanos.

Temas sobre la Revolución para los alfabetizadores.

Cumpliremos, con temas sobre la Revolución para los alfabetizadores.

Y hacia aquella más intrincada zona me trasladaron al dar por terminada mi labor en la primera casa. En julio me vi subiendo la loma de la Legua hacia Las Cien Rosas, Charco Azul Arriba, al frente de un grupo de brigadistas Patria o Muerte –obreros movilizados para alfabetizar– que sin suerte habían reclamado armas para ir a parajes en los que por la noche muchos campesinos se transformaban en colaboradores de los alzados.

Recuerdo el caso de un maestro como yo que había sido ubicado en casa de uno de los jefes de banda de la zona, al que le decían El Congo Pacheco. Tenía indicaciones –cumplidas al pie de la letra– de que, oyera lo que oyera por la noche, no debía de salir de su hamaca. Así cumplió su misión. Su valentía era digna de medalla.

La lógica de que armados nos convertíamos en un objetivo del enemigo, que buscaría arrebatarnos lo que lleváramos, máxime porque vivíamos aislados uno de los otros, fue un argumento sólido, al menos para mí y mis compañeros de brigada, los que solo portábamos machete y cuchillo, utensilios comunes a todos.

En septiembre se incrementaron los síntomas de alarma ante el recrudecimiento de las acciones de las bandas. En la medida que se avanzaba en la alfabetización y contribuíamos a consolidar el proceso revolucionario, más aumentaba la acción vandálica. El intercambio de disparos en la lejanía comenzó a ser más frecuente y cercano. Los rumores de atentados y los episodios de asesinatos se combinaban con el desplazamiento creciente de milicianos. Al dueño de la casa en la que vivía, luego de unos días de libertad, lo volvieron a meter preso por su contubernio con los alzados.

La falta de conciencia total del peligro y la impaciencia juvenil –solo tenía 14 años– nos hacían estar constantemente en los caminos, hacia la Tienda del Pueblo, rumbo a la escuela del batey, en reuniones nocturnas para ayudar a crear la Asociación de Jóvenes Rebeldes, los CDR y la FMC, o en simples partidas de dominó en casas a veces no tan cercanas. Los juegos de pelota dominicales en el Nacimiento, las festivas veladas típicas de la región o la simple pesca de biajaibas en solitarios arroyos forman parte de mis recuerdos de la época.

Pero trabajar en lo que mis padres me animaban, “el adoctrinamiento de los confundidos”, transformando mentalidades recelosas e incorporando sobre todo a los jóvenes al camino revolucionario, fue conformando un caldo de cultivo ponzoñoso en los renovados alzados contra los brigadistas. No nos perdonaban y por eso pagó con su vida Manuel Ascunce, en otro punto de El Escambray, más cercano a Trinidad.

Lugar donde fue asesinado Manuel Ascunce.

Lugar donde fue asesinado Manuel Ascunce.

Se acerca el peligro

En septiembre les escribía a mis padres que “había 85 milicianos en cada campamento”. No les dije que los bazucazos se unieron al concierto de guerra nocturna que en más de una noche me despertaba con cierta preocupación, aunque no fueran cercanos.

Los responsables nos apuraban para terminar la Campaña en noviembre, prohibieron salir solos y nunca de noche. La primera impresión directa de lo que pasaba me llegó una mañana de domingo, camino a un juego de pelota, cuando en un recodo del sendero, frente a un humilde bohío, vi a un hombre colgado de un frondoso árbol. El alambre de púas lacerándole el cuello fue y es una imagen imborrable del horror que intentaban imponer la “contra” en aquellos parajes.

A finales de noviembre otro episodio de este tipo me impactó profundamente: unos amigos de la casa en la que vivía, padre e hijo, ambos arrieros, luego de terminar una de las frecuentes partidas de dominó nocturnas que disputaban con nosotros, fueron asaltados y asesinados a pocos kilómetros, camino a su vivienda.

Fuga del infierno

El viernes 1° de diciembre de 1961 fue, quizás, el día más largo de mi vida. Pasó mucho tiempo hasta que pude ordenar acontecimientos e ideas, despejando lo que pasó y lo que me figuré que sucedió. El orden cronológico lo debe encabezar el entusiasmo con el que amanecí porque iba a disfrutar de un banquete-despedida en una casa cercana, donde había terminado la víspera con la firma de la carta que le dirigiera el ¿décimo? y último de mis alumnos al Comandante en Jefe, agradeciendo la posibilidad de haber aprendido a leer y escribir.

Iba a ser complacido en todos mis gustos gastronómicos, desde cerdo asado recién sacrificado a viandas variadas –todas fritas– (no tenía idea que existiera la palabra colesterol). Sentados a la mesa, sobre la una de la tarde… comenzó la odisea…

Mi amigo y brigadista José Manuel me llevó un mensaje urgente de la distante jefatura ordenando mi evacuación INMEDIATA, sin recoger pertenencias. Por su rostro, percibí que no era una broma para frustrarme la “comelata”. Salimos, no sin antes echar parte del festín en un cartucho, pasamos por la casa donde enseñaba Ricardo, por la que yo vivía para decirles hasta pronto y subimos a la cima de la loma en cuya ladera estábamos.

Solo armado con machete y cuchillo, en medio del monte.

Solo armado con machete y cuchillo, en medio del monte.

Desde allí percibimos como un grupo de individuos llegaba a la que fue mi vivienda por cinco meses y, sin detenernos a pensar si eran o no milicianos, nos lanzamos a marcha forzada en busca de la Tienda del Pueblo. Escribí que “cualquiera que nos hubiera visto, pensaría que éramos los nuevos dueños de las Botas de las Siete Leguas”. Por las zancadas parecíamos especialistas de triple salto.

A vertiginoso ritmo llegamos a la tienda, ya desierta de brigadistas y transporte, y seguimos loma abajo, en busca de Cimarrones, que tenía un pequeño muelle en lo que ya se vislumbraba como lago Hanabanilla, de donde saldría un lanchón con nosotros. Sin percatarnos de arroyuelos, pendientes ni piedras, bajamos en tiempo récord la loma de la Legua, pasamos por la casa de Puro Villalobos y saltamos dentro del desvencijado lanchón que nos esperaba con nuestros compañeros.

Las risas, sin chiste alguno que las provocara, retumbaron por la Zoila, Vista Hermosa, Naranjito y otras zonas que nos bordeaban y dejábamos detrás. Aún no nos dábamos cuenta de lo que podía haber pasado, pero todos sentíamos la alegría de estar vivos y haber cumplido.

Retorno arriesgado

La sobresaltada estampida terminó a las cuatro de la madrugada en las respectivas casas, con relatos que desvelaron a los familiares, quienes vivían ignorantes de la situación que se desarrollaba en nuestro entorno. A la semana volvimos a las lomas porque –nos dijeron- la situación estaba controlada.

El 9 de diciembre, en Cumanayagua, nos aseguraron que tendríamos respaldo miliciano para recoger nuestras cosas y regresar de inmediato. Los cuatro más alejados del grupo éramos El Guajiro Planas, Ricardo, Zenande y yo. Al llegar a la muy mencionada Tienda del Pueblo, nadie nos esperaba, lo que no nos sorprendió, e iniciamos la subida hasta nuestras respectivas moradas por nuestra cuenta.

Grupo de brigadistas en Río Negro.

Grupo de brigadistas en Río Negro. Solo un par teníamos escopetas de pellets para cazar algún refuerzo alimentario.

Llegar sin compañía sobresaltó a la familia. Hubo rápida recogida de pertenencias, abrazos y besos fugaces –nunca he sido amigo de las despedidas–, y hasta la compañía de Pablo, el mayor de los hermanos solteros, quien me ayudó con los bultos en su caballo. Todo finalizó antes de que cayera la tarde que, nuevamente caminando-corriendo hasta la Tienda, los cuatro reunidos seguimos hasta el distante embarcadero.

El extraño silencio del monte en esta nueva bajada y la casi ausencia de campesinos visibles fue roto de improviso a solo tres kilómetros del punto de embarque hacia El Salto. Una feroz balacera retumbó en la cañada por donde marchábamos, al parecer nacida en una zona llamada Mata de Café. Esa fue una virtual despedida de lo que ya era un infierno.

Asustados pero indemnes iniciamos el retorno definitivo. Los peligros quedaban atrás –tiempo después las bandas de alzados serían aniquiladas. Terminaba nuestra aventura con el deber cumplido y una experiencia invaluable a la que siempre le deberemos.


Jose Dos Santos

 
Jose Dos Santos