0
Publicado el 15 Abril, 2020 por Rosainne Suárez Moreno en Nacionales
 
 

Aplausos con gracias

Dentro del bullicio y la algarabía siempre se escucha: ¡Viva Fulano!, ¡Viva Mengana! Uno apenas los conoce, pero entiende que serán médicos, o enfermeras, o personal de la salud. No falta quien pone a todo volumen la popular canción de Alexander Abreu y Habana de Primera; logrando estremecer corazones con el: “¡a míiiiii… me dicen Cuba…!”
Aplausos con gracias

Imagen: cubadebate.cu

Por ROSAINNE SUÁREZ MORENO

Lo confieso: el primer día no aplaudí. Me asomé al balcón y no vi un alma por todo aquello. La vergüenza de que me creyeran loca pudo más que yo, así que me quedé con ese primer aplauso ahogado; lo mismo que se atoraron las ganas de tocar casa por casa para convidar al vecindario.

Claro, la mayoría de las personas en mi edificio está en la tercera edad, por tanto, el llamado que corrió por redes sociales en Internet les resultó inalcanzable. Afortunadamente, luego llegó la convocatoria a través del Noticiero de Televisión para dar el impulso anhelado.

Para “reforzar” la realización del noble acto, el CDR llamó a una reunión improvisada y, con la gente asomada en los balcones, se explicó lo que iba a suceder cada noche a la hora del Cañonazo.

Palmadas, ovaciones, sonidos de silbatos y trompetas, y hasta calderos, por aquí y por allá se han venido sumando a esa especie de “orquesta de barrio”.

Dentro del bullicio y la algarabía siempre se escucha: ¡Viva Fulano!, ¡Viva Mengana! Uno apenas los conoce, pero entiende que serán médicos, o enfermeras, o personal de la salud. No falta quien pone a todo volumen la popular canción de Alexander Abreu y Habana de Primera; logrando estremecer corazones con el: “¡a míiiiii… me dicen Cuba…!”

Aquella tibieza o falta de coordinación inicial ha quedado bien atrás. Ahora la gente hasta le toma la delantera al cañón símbolo de la nocturnidad habanera. Se va volviendo hábito, el grito de “ya son las nueve” me hace correr al balcón con un entusiasmo tan grande como el experimentado en las gradas del Latino.

Hay aplausos que duran hasta tres minutos.

Quizás lo más curioso y reconfortante de esta historia lo viví hace poco, cuando vino la doctora del policlínico a repartir las “gotas” preventivas. De repente, como si estuviera planificado, todos empezamos a aplaudirla. Eran las dos de la tarde.

Pero qué importa el horario cuando un pueblo se siente impulsado a agradecer -desde casa, con el sencillo y a la vez inmenso gesto de un aplauso- a todos aquellos que, en Cuba y el mundo, están en la primera línea de combate frente al coronavirus, para salvar la vida.


Rosainne Suárez Moreno