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Publicado el 25 Abril, 2020 por Rosainne Suárez Moreno en Nacionales
 
 

Crónica de una matancera ausente

Por muy lejos que vayas algún día, la tierra que te vio nacer siempre estará dentro de ti
Crónica de una matancera ausente.

Foto: acn.cu

Por ROSAINNE SUÁREZ MORENO

Cuando uno emigra, aunque sea poco más de cien kilómetros, la vida da un vuelco tremendo. El corazón se divide en pedazos, porque la tierra es la tierra, caballeros, y yo, matancera orgullosa soy hasta no poder más.

Tengo la vida fragmentada entre mi bahía, la tranquilidad de una ciudad que se duerme a las siete de la noche, y la familia, mi familia, esa que ha sido lo más difícil de dejar atrás, aunque hablemos diez horas a diario. Mis amigos de siempre, los de la infancia, los de los recuerdos. Mi hermano, que es mi todo. Mi pasado, al que vuelvo una y otra vez buscando refugio ante los vientos huracanados de la vida.

Y la capital, que me ha dado la independencia, la madurez, el periodismo, el amor, y más amigos, que también se han convertido en familia.

Entonces cuando hablo siempre lo hago a la mitad: mi mejor amiga de La Habana, mi mejor amiga de Matanzas; mi casa en La Habana, mi casa en Matanzas. Estos son mis números de teléfono: el de aquí y el de allá.

No hay viaje más bello, y los matanceros no me dejarán mentir, que cuando uno va de vuelta a casa –la de allá– y ve a lo lejos, desde lo alto, la bahía hermosa e imponente, la Loma del Pan, el Sauto.

Desde que cruzo el puente de Bacunayagua, maravilla de la ingeniería cubana, el recorrido se me hace corto, y camino los lugares que conozco de memoria. Voy con los ojos bien abiertos, observando, engullendo con la vista mis raíces, amando en silencio. Feliz, principalmente, por estar de vuelta.

A veces, cuando aparece una construcción nueva, sientes que el tiempo pasa, que te has perdido de algo. Y piensas también que te pierdes el olor a mar constante, el vivir con la playa al frente.

Una ciudad que está hecha para que nadie se pierda, donde siempre vas a parar al mar. La primera ciudad moderna de Cuba, considerada así por los criterios urbanísticos utilizados en su diseño, con un trazado perfecto de sus calles, donde se pueden divisar una por una las avenidas a la distancia, como si estuvieran pintadas a lápiz sobre el terreno.

Será por eso que me aprendí cada una de las direcciones de la capital, porque uno aquí sí se pierde, no es tan fácil desandarla.

Pero a pesar de todo, empezamos también a enraizarnos en otros suelos. Y en ocasiones te adviertes diciendo “pila” en vez de “llave”, o “paquete” en lugar de “cargue”. Pero eso sí, el “hueso” no te lo quieta nadie.

No existen mundos más diferentes que el de estas dos ciudades, que están tan cercanas, pero se saben tan lejanas. Sus ritmos, sus aromas, su gente, su forma. Matanzas toda paz, toda calma, y La Habana, ese terremoto de los sentidos, ese gentío, ese barullo.

Aquí suelen suceder dos cosas con los matanceros: algunos como yo disfrutamos de ambas y vamos de una a otra como cargando baterías de tranquilidad por un lado y euforia por el otro; o quienes nunca llegan a adaptarse a la vida de corre corre de la capital.

Mientras, los primeros, los que nos quedamos en La Habana, por los motivos que sean, vamos amando por parte a cada una, tratando de encontrar en esa unión el lugar perfecto.


Rosainne Suárez Moreno