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Publicado el 25 Abril, 2020 por Marieta Cabrera en Nacionales
 
 

Gestos que acortan la distancia

En medio del aislamiento social al que nos obliga la pandemia, siempre encontramos la manera de comunicarnos y agradecer a quien lo deja todo para ayudar a los demás
Gestos que acortan la distancia.

Balcón español en tiempos de pandemia. Foto: MARIBEL ACOSTA/CUBADEBATE.

MARIETA CABRERA

Cada noche, a las nueve, la habitación se ilumina y en la ventana aparece el rostro de una mujer. Aun cuando nos separa solo la calle, no la conozco; no podría decir quién vive en ese apartamento del quinto piso, en el edificio ubicado frente a mi casa. Intuyo por sus ademanes que es una señora mayor, quizás una de las tantas abuelas que permanece en casa, resguardada por los suyos, a salvo de una enfermedad que se ensaña con los más longevos.

Eso pensaba, sentada en mi portal, cuando irrumpieron los aplausos. Como muchos vecinos –incluida la mujer asomada a la ventana-, me sumé al reconocimiento que cada día, a la hora del cañonazo, se le hace en toda Cuba al personal sanitario, a los hombres y mujeres de ciencia, y a todos aquellos que en la Isla y en otras naciones combaten contra la Covid-19.

Aun cuando la invitación para ese agasajo colectivo es reiterada cada noche por los presentadores del noticiero de televisión al cierre de la emisión, siempre hay más de uno en el barrio pendiente del reloj para avisar con las primeras palmas que ya son las nueve.

Para algunos incluso no basta con los aplausos y suenan silbatos, cazuelas… hasta una sirena irrumpe en las calles 26 y 19 para desparramar su sonido quién sabe hasta dónde. Eugenio Rodríguez Benítez, teniente coronel de la reserva de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, es el que activa la alarma. “Ya salgo poco a pescar –dice el hombre-, por eso le quité la sirena a mi lancha y ahora la utilizo para avisarle a la vecindad que es la hora de aplaudir a los trabajadores de la salud y a todos los que laboran en estos tiempos para que la mayoría podamos quedarnos en casa”.

Entre quienes siguen en sus puestos de trabajo se halla su hermana Yolanda María, enfermera de un consultorio, cuenta Eugenio. Agrega que la madre de ambos también era enfermera y el padre, médico, por lo que conoce de cerca la entrega de quienes se dedican a salvar vidas.

En otras comunidades habaneras, junto a los vítores de cada noche, los vecinos han tarareado melodías que brotan desde cualquier balcón o azotea. Así ocurrió en un barrio de la Víbora, cuyos pobladores corearon Cuba, qué linda es Cuba, al compás del estudiante de música Kevin Rodríguez y su violín, según reseñara la colega Liset García. En una barriada del Vedado –contaba el periodista Elson Concepción-, Fernandito, de 11 años, echa mano cada noche a un par de cubos de limpiar y a unos palos, estos últimos usados como baquetas, y se inspira al son de sus “tambores” con la ilusión de que “lo oigan los médicos…”.

Y es que en medio del aislamiento social al que estamos obligados por la pandemia, siempre encontramos maneras de comunicarnos, de decirle al otro: aquí está mi hombro, y de agradecer a quien lo deja todo para ayudar a los demás. Basta con un gesto sencillo, como el de las campesinas cubanas que regalan nasobucos recién hechos y colgados en una tendedera al borde del camino, o el de habitantes de ciudades italianas y españolas que anudan en sus balcones –como antes en sus pechos- la bandera cubana.


Marieta Cabrera

 
Marieta Cabrera