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Publicado el 12 Abril, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

OBREROS CUBANOS

Más de 40 años en la misma bodega

Tras concluir el servicio militar obligatorio, en octubre de 1978, el padre le dijo a Juan Francisco Rodríguez Gallo: “Pues ahora, ¡A trabajar!...  y todavía el muchacho está ahí, en la misma bodega, entre mercancías, balanza, controles y generaciones de consumidores que necesitan y merecen el mejor servicio

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

Juan Francisco el bodeguero de Sancti Spiritus/ PBVSi lo del espirituano Juan Francisco Rodríguez Gallo no es record, entonces búsquenme a otros (no creo aparezcan muchos) con igual average en Cuba: 41 años trabajando como bodeguero, desde el primer día hasta hoy en el mismo lugar: la unidad popularmente conocida como CMQ.

“Este ha sido mi único centro de trabajo —dice- desde que terminé el Servicio Militar, en 1978 y mi padre me dijo: ¡Pues ahora, a trabajar!

“En verdad a mí no me gustaba este empleo, tal vez porque lo desconocía o porque nunca había ido a la tienda ni a buscar la cuota… pero empecé, fui aprendiendo, adaptándome y ya sumo 41 abriles de trabajo aquí.”

Aunque parco para el diálogo, Juan Francisco repasa aquellos tiempos en que, además de la canasta básica (mucho más abundante que hoy), también expendía combustible doméstico, viandas y numerosos productos más.

A lo largo de todos estos años, a la par de lo normado y liberado que despacha para casi 1 300 consumidores agrupados en más de 400 núcleos familiares, ha tenido a su cargo el control estadístico y financiero de las ventas, limpieza y orden interior de la bodega, pago por concepto de chequera, gestiones individuales para solucionar imprevistos de alumbrado, seguridad del local, modelos para el control de mercancías, presencia en las asambleas de rendición de cuenta del delegado a sus electores…

“En fin —agrega— he estado tan metido de a lleno en el ajetreo cotidiano, que los días, semanas, meses y años se me han ido volando, a tal punto que  muchas veces ni vacaciones he cogido.

“Por suerte me siento bien de salud. No padezco ninguna enfermedad ni dolencias que me impidan trabajar con la mercancía o hacer todas las labores de un oficio como este.”

— ¿Qué te hubiera gustado ser en la vida?

Por lo visto, la pregunta lo sorprende. Una tenue sonrisa se le escapa por los contornos del nasobuco que le cubre boca y nariz. Entonces permanece silencioso durante unos segundos, quizás remolcando recuerdos de sí mismo, sentado en el pupitre escolar, corriendo sobre la pista de atletismo (donde punteaba entre los más rápidos), jugando con los muchachos del barrio de Jesús María…

Sus labios, sin embargo, no se abren para decir que hubiera querido  “médico, profesor, ingeniero, científico, piloto de aviación, técnico medio en sanidad vegetal o barbero, como su padre”.

Solo atina a encoger involuntariamente los hombros mientras en tono de confesión afirma: “Compadre a mí siempre me gustado mucho lo que hago, no me arrepiento de haber sido bodeguero, nunca pensé irme de este lugar que es como mi propia casa, aquí empecé como obrero, aquí he echado mi vida entera y aquí deseo jubilarme. Realmente, jamás he pensado en otra cosa.”

Nadie, a juzgar por lo escrito, imagine que pretendo presentar a Juan Francisco como el bodeguero perfecto e impecable, ileso ante el dedo comunitario, modelo referencial para todo el país…

En todo caso invito a que nos preguntemos por qué lleva  de manera ininterrumpida, inamovible, más de cuatro décadas ahí, incluidos los duros años del Período Especial… y continúa.

Mejor verlo como lo que en verdad ha sido y es: uno de esos obreros que a lo largo y ancho del Archipiélago cubano pesan y contrapesan detrás de una balanza, entre las gratitudes e ingratitudes de un oficio tan remoto en el tiempo como sensible en las particularidades del modelo cubano.


Pastor Batista

 
Pastor Batista