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Publicado el 18 Agosto, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Frente a la COVID-19, prefiero la “exageración”

En un centro de aislamiento preventivo, no solo hay condiciones para sentir seguridad y buena atención integral, sino también suficiente tiempo para meditar en torno a la Covid-19, desde una óptica individual que lleve a pensar y a actuar más como país
Prefiero la exageración.

El primer ejemplo de disciplina y precaución lo ofrecen los propios trabajadores de esos centros.

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

“Creo que se apresuraron un poco. A mi modo de ver eso es una exageración”, dice una voz amiga. Yo solo me limito a sonreír y pregunto: “Dónde me recogen y a qué hora?”.

—En tu propia casa, alrededor de las cuatro de la tarde —es la respuesta.

Acabo de subir la escalera y ya un ómnibus Diana pita debajo, en la calle.

—Dame un par de minutos —suplico desde el pequeño balcón; es que acabo de llegar, pero no se preocupen, enseguida estoy listo.

Adiós al baño que ansiaba darme, adiós al pendiente almuerzo. Con lo que a vuelo de supersónica deducción se me ocurre meter dentro de mi inseparable mochila y muy dentro también, pero del cuerpo, la certeza de estar completamente bien y sano, abordo el ómnibus donde, vestidos de verde, el chofer y otro compañero, a todas luces trabajador de la Salud, me trasladan hacia el centro acondicionado para la atención y seguimiento a quienes han tenido algún contacto con personas sospechosas de la Covid-19.

En esta última condición está un colega (con quien días atrás fui a la capital cubana, en viaje “de la ida por la vuelta”, condicionado por razones mutuas de trabajo), cuya esposa acaba de generar dudas al concurrir al área de atención en busca de algún fármaco para neutralizar su habitual coriza, combinada esta vez con cierta molestia en la garganta.

Tal cuadro es más que suficiente para remitir a ambos hacia el Motel Las Cañas, para casos sospechosos, y a mí hacia la otrora instalación docente que majestuosa sigue empinada contra el tiempo, bajo el popular nombre de Ceballos 8.

Con más sensación de huésped veraniego o de participante en un evento científico que de un caso para despejar dudas en medio de la situación epidemiológica actual, accedo a una tranquila habitación donde hasta el mismísimo Ernest Hemingway se animaría a teclear algo más que un puñado de párrafos.

Comida buena, variada y bien elaborada, directa a habitación; desayuno a su justa hora, almuerzo también, merienda, agua corriente, oídos como los de Ileana Fuentes Torres, Licenciada en enfermería y directiva de la Cruz Roja en Ciego de Ávila y el resto de sus trabajadores, prestos al menor síntoma; recogida de muestra en garganta y nariz para envío a laboratorio, hipoclorito para desinfección de las manos, chequeo de la temperatura corporal, televisión para estar bien informado o espantar al “gorrión” si asoma vuelo… todo gratis.  ¿En qué otro país?, me pregunto.

No soy excepción o aguja en pajar. Diariamente Cuba realiza miles de pruebas. Hay países donde un simple test rápido eleva diez, quince y más veces el precio a que se adquiere lo necesario para obtener el resultado. Y, como se conoce, hasta este lunes 17 de agosto suman más de 332 000 los casos aislados e integralmente estudiados en el archipiélago, con un sentido que no por preventivo deja de tener impacto directo (costos, gastos) en la economía.

Recordemos que se trata de personas que, además, dejan de trabajar durante esos días de aislamiento y estudio.

Pensando en ello, y aun cuando el movimiento hacia La Habana fue anterior a la restricción de entrada o salida de la capital y no obedeció a razones personales, caprichos o carencia de disciplina, me invade cierta sensación de la vergüenza que debe sentir todo cubano en esta hora de darle a la nación y no restarle. He ahí  la principal razón por la que tanto deseo la llegada del resultado y el retorno, seguro, a casa.

De modo que una vez más vuelve a mi memoria aquella voz que, a priori, consideró exagerada la decisión inmediata de evaluar en el centro para sospechosos al mencionado matrimonio y a mí en el previsto para contactos.

Con todos los defectos, limitaciones materiales e insuficiencias que se le quieran cargar, Cuba no es de esos países donde hay quienes, ante determinado síntoma, no se reportan por miedo a ser deportados, o por la certeza de que no serán atendidos al carecer de seguro médico o de recursos financieros.

Aquí, si por voluntad propia no vas raudo a la montaña ella viene directamente a ti, sobre todo si resbalas o titubeas en hacerlo. Por fortuna, no es ese mi caso, ni el de todo el que coopera con el sistema cubano de salud.

Por ello, a pesar de sentirme el “tipo” más sano y más libre de nuevo coronavirus en toda la nación, agradeceré eternamente el “apresuramiento” de las autoridades sanitarias… sencillamente porque en materia de salud cada segundo frena contagio, decide vida y porque, tratándose de ella, siempre preferiré esa noble “exageración” que tanta falta le hace al mundo hoy para acabar con la mortal pandemia.


Pastor Batista

 
Pastor Batista