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Publicado el 28 Septiembre, 2020 por María de las Nieves Galá León en Nacionales
 
 

Remembranza de una cubana de pura cepa

Nacida el 28 de septiembre, Aida Rosa Claro Sánchez tuvo como riqueza principal la entrega a la Revoluci

Esta mujer humilde es una cubana de pura cepa.Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

Siempre que recuerdo a Aida Rosa Claro Sánchez, me vienen a la mente las flores, fundamentalmente los girasoles, que tanto gustaba cultivar. Los regalaba a sus amistades, los ponía en la casa y en cualquier lugar donde ella estuviera, para alegrar el día, como decía. Su esencia campesina se desbordaba por su amor a la tierra, a la que veneró hasta el final de su existencia.

No fue una persona famosa, eso no le importó. Su principal riqueza fue la bondad y la entrega incondicional a la Revolución. La conocí en mayo de 2014, a raíz de habérsele otorgado la Orden Lázaro Peña, de tercer grado (después obtendría la de segundo grado).

En ese entonces, laboraba en el área de servicios de la terminal de Santa Amalia, en Arroyo Naranjo. Allí era muy activa, respetada por choferes y mecánicos; militante del Partido Comunista, consecuente con sus principios; donde veía algún problema, lo enfrentaba. Durante años fue vanguardia nacional, del Sindicato Nacional de Trabajadores de Transporte y Puertos.

Tenía un amor infinito por Camilo Cienfuegos, a quien conoció durante una visita que hizo el querido Comandante a San Antonio de las Vueltas, en Villa Clara. Todavía conservaba un pedazo de periódico, en el cual ella aparecía, casi irreconocible, entre un grupo de jóvenes que rodeaba a Camilo.

Trabajó en la Policía Nacional Revolucionaria hasta 1973, cuando su mamá enfermó y  tuvo que desmovilizarse para atenderla. Ya en La Habana, en 1988, empezó a laborar en el taller automotor Osvaldo Sánchez, hasta 1989, en que comenzó en la terminal.

Esta mujer humilde es una cubana de pura cepa

Aida Rosa en su parcela, junto a un compañero que la ayudaba en los quehaceres.

Pero uno de los tesoros más preciados de Aidita era la parcela que cultivaba allende a su entidad. Fue en 1993, cuando Cuba se adentraba en el llamado período especial, y en un terreno baldío, empezó a cultivar para el autoconsumo. Ahí puso en práctica lo aprendido en el campo junto a su familia.

Por su laboriosidad, le fue entregado un pedazo de esa tierra y se hizo miembro de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. Y había que ver esa “finquita”, sembraba de todo: frutas, hortalizas y por supuesto, flores. Eran famosas las guanábanas, chirimoyas, mangos y aguacates que lograba y compartía con sus compañeros. También llevaba parte de la producción para el hogar materno ubicado en Víbora Park, sin cobrar dinero alguno.

Hoy, precisamente, hubiera cumplido 85 años de edad, aunque como siempre decía, la inscribieron un 25 de noviembre, porque en la finca donde nació quedaba distante del pueblo. Pero a ella le gustaba resaltar que su onomástico era el 28 de septiembre, porque coincidía con la celebración del aniversario de los CDR y a ella, patriota convencida, eso la enorgullecía. Era de las primeras en la cuadra en organizar la fiesta para festejar la fecha de los cederistas; aportaba sus viandas para la caldosa y también las flores.

Hace poco, Ada, su hermana, me llamó para decirme que, en la terminal de Santa Amalia, habían hecho un acto y en homenaje de Aidita, fallecida hace más de un año, le pusieron su nombre al teatro. Y me alegró, porque esta sencilla cubana, de pura cepa, entregó su alma al trabajo y, además, quedó en el corazón de sus compañeros.


María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León