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Publicado el 14 Septiembre, 2020 por Redacción Digital en Nacionales
 
 

EDITORIAL

Revendedores de pacotilla

Coleros de pacotilla/ caricatura ACN

Caricatura en ACN

Sigue siendo recurrente en la población cubana el tema de los coleros y acaparadores de productos, en particular quienes lo hacen con la deliberada intención de revender después, con claros fines de beneficio personal.

Y continúa siendo reiterativa, también, la condena a esa “figura” que, dicho sea de paso, no llegó en el mismo bote de la COVID-19 pues venía dando remo en su propia chalupa desde antes.

En territorios donde se ha logrado organizar o planificar más ordenadamente la distribución y comercialización de productos básicos, a dichos personajes se les ha puesto “la cosa mala”.

En otros, por el contrario, se las ingenian para madrugar frente a la tienda o establecimiento, marcar para varios compinches, monopolizar la cola, intimidar, imponer su voluntad, mostrar fuerza, amenazar, poner y disponer como si en verdad fuesen los dueños del mundo.

Al malestar que provocan entre quienes concurren humilde y necesitadamente allí para comprar lo mínimo indispensable, y muchas veces lo mínimo “posible”, se ha referido más de una vez Miguel Díaz-Canel Bermúdez, presidente de la República, convencido de que es preciso enfrentar con energía y eficacia actitudes así, que, por demás, incrementan riesgos de rebrote y transmisión del nuevo coronavirus.

Pensando en el asunto me asalta una primera pregunta: ¿Quiénes son las personas que incurren en tal praxis?

Por supuesto que se trata de ciudadanos comunes y corrientes, que viven y conviven en nuestros barrios, repartos y comunidades, como cualquier otro cubano.

Tal vez una primera diferencia con el resto de la población emerja al preguntarnos de qué viven, a qué se dedican.

No creo sea necesario un estudio para demostrar que, como norma, no tienen vínculo laboral socialmente útil o estable. Nadie que trabaje ocho horas, con el Estado o por cuenta propia, puede dedicarse a hacer colas prácticamente a tiempo completo o a estar pendiente de qué van a sacar hoy.

De manera que, si llamamos las cosas por su nombre, como tan saludablemente hacíamos en los años 60, 70, 80 del pasado siglo, esos individuos (de ambos sexos) devienen una especie de parasitismo social que vive del plasma ajeno y del sudor productivo estatal.

Por fortuna, hay mayoritaria conciencia de que males así deben ser extirpados de cuajo antes de que continúen enfermando los tejidos de la sociedad con las cancerígenas células de la irritación, la indiferencia o el desaliento.

Pero vuelvo a tiempos pretéritos, previos y posteriores al triunfo revolucionario de 1959. ¿En qué situación estaban las tropas del dictador Fulgencio Batista cuando Fidel y aquel grupo de jóvenes decidieron atacar al Cuartel Moncada, o luego, cuando desembarcaron por Las Coloradas a bordo del yate Granma?

Armadas hasta los dientes. Así estaban aquellas fuerzas, incomparablemente superiores en cantidad y calidad del armamento. ¿Y qué sucedió? ¡Fueron finalmente derrotadas!

Vinieron después los sabotajes, la quema de cañaverales, las brutales bandas contrarrevolucionarias en el Escambray y en otras zonas, sobre todo montañosas. Y con la participación del pueblo fueron aniquiladas. Cuidado con olvidar o subestimar esas realidades.

Lo mismo les ocurrió a quienes se lanzaron por Playa Girón, con un trabuco de armas y apoyo total del “imperio”.

Tampoco creo que estos cuatro gatos, oportunistas de poca monta a estribo de colas, sean “más duros” que el arsenal bélico empleado por Sudáfrica contra Angola, en contubernio la primera con el imperialismo yanqui y con todas las arterias de la contrarrevolución interna angolana. Y todo el mundo sabe cuál fue el desenlace gracias a la participación de los internacionalistas cubanos.

Entonces ¿qué esperamos para poner, todos, en su justo lugar a esos simples coleros de pacotilla, calculadores y oportunistas de este tiempo, en el que, a pesar de todas las tormentas, Cuba no renuncia a seguir haciendo verdaderas maravillas y milagros a escala interna e internacional, en los órdenes económico, médico, científico y humano?

¿Qué nos impide neutralizarlos, ponerlos en su justo lugar, derrotarlos, acabar con tan indeseable y nocivo modus operandis?

Dejo en el aire la pregunta para que, repito, entre todos la aterricemos bien, en cada lugar, de una vez y para siempre.


Redacción Digital

 
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