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Publicado el 12 Octubre, 2020 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

CAMPESINOS CUBANOS

Un Duque en el valle de El Peñón

Aunque afirma que él no sabe nada más que cultivar suelos y lidiar con bueyes, este guajiro tiene el don natural de enseñar o demostrar, en silencio y con su propio ejemplo, algo que muchos ignoran: si el hombre sirve, la tierra sirve también
Duque del valle de El Peñón

José Raúl Francisco Duque junto a uno de los “tractores” con los que está contribuyendo a darle un vuelco radical a la faz de El Peñón.

Texto y foto PASTOR BATISTA VALDÉS

Si se dejara llevar por los calendarios que acumula (más de 60), por lo duro que ha trabajado o por esa razón que al final olvido preguntarle, pero que ya no le permite caminar con la cadencia y seguridad de antes, posiblemente ahora mismo José Raúl Francisco Duque estuviera sobre un taburete, recostado a la pared de su casa, echándose fresco con una penca de guano, durmiendo a ventana abierta o dándole rienda suelta a recuerdos amontonados durante décadas.

Pero guajiro de pura cepa, al fin, no está hecho para el ocio. Su vida sigue ligada a quien parece haberlo parido: la tierra. Mucho más ahora que, junto a su hijo José Raúl Francisco Quesada y al joven Oslendi Matos Silot, laborea un buen pedazo, en calidad de usufructo, allá en ese valle conocido como El Peñón, entre elevaciones del Plan Turquino-Bamburanao, al norte y centro del archipiélago cubano.

Motivos le sobran para el optimismo. Infectadas hasta hace poco tiempo por matorrales y marabú, esas tierras están confirmando, por medio del trabajo creador, las excelentes condiciones naturales que tienen para la producción de alimentos.

Porque, además de suelos muy buenos, en los que se facilita la labranza, el pintoresco valle está bendecido por el agua de un río que lo surca, dos embalses y un microclima envidiable, que se traduce en salud para plantaciones, hombres y animales.

Precisamente en estos últimos deposita José Raúl algo más que seguridad y esperanzas.

“Los bueyes son como una parte de mi propia familia –afirma- y de esa manera los cuido y los quiero. Tenemos cinco yuntas, pero entre ellas hay seis animales que pueden trabajar también de manera individual. Nosotros mismos nos hemos encargado de prepararlos. Esos animales son mis tractores. Hacen de todo, no se me ponchan, no necesitan petróleo, aceite, ni baterías; nada de eso, solamente comida, buen trato, el descanso establecido… Ni aguijón usamos para trabajar con ellos; solo una pequeña varita para guiarlos.”

De baja estatura, carácter afable, mirada incisiva, andar inquieto y camisa todo el tiempo de par en par, como para abrirle pecho a la tierra y a toda la brisa que baja de la montaña, José Raúl le entrega casi todo su tiempo a las faenas de El Peñón.

Vive a varios kilómetros, pero cuando el alba abre sus párpados, ya él y su hijo están ahí, con la bota en el surco, arando, sembrando plátano, boniato, calabaza, pepino, frijol y otros cultivos, cada vez más necesarios para la población.

“Es lo que he hecho durante toda mi vida; bien o mal, pero eso… porque a decir verdad no sé hacer otra cosa.”

Callo, lo observo y en silencio saco mi propia conclusión: usted si sabe hacer algo más; sabe enseñar. Lo demostró hace apenas unos minutos cuando comentó  que  “si el hombre sirve, la tierra sirve también”. Pero sobre todo lo enseña y lo demuestra, cada día, mientras lleva a vías de hecho esa frase, haciéndole al terreno el parto natural o la cesárea que anticipa los divinos frutos de su vientre.

Mi reverencia, por tanto, frente a usted (que muy bien pudo ser ingeniero agrónomo, geólogo, arquitecto, profesor…)  y también frente a quienes siguen el campesino linaje que usted nunca perderá, Señor Duque.


Pastor Batista

 
Pastor Batista