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Publicado el 17 Abril, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Desde su hogar, Elena y Macho en pleno congreso

No solo porque asistieron a cónclaves anteriores, sino porque conservan la claridad de aquel entonces para seguir a tono con lo que emane de esta octava cita, luego de una vida entera militando en las filas del Partido
Desde su hogar, Elena y Macho en pleno congreso.

A veces Macho y Elena retoman las memorias del Primer Congreso y comparan… ¡El rumbo no cambia!

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

Estas jornadas de congreso mantienen a Evelio (Macho) Cordero García y a su inseparable Elena Mejía Barrios como el matrimonio que, asomado a la puerta del hogar, espera con ansiedad la llegada del hijo.

Por momentos, televisión, radio y periódico les parecen insuficientes para saber por dónde andan las sesiones y debates de una cita que, como ambos afirman, será “histórica, trascendental”.

Así continúa viendo Elena el primero de los congresos del Partido Comunista de Cuba (1975), al que ella asistió como delegada. Y así ve también Evelio el tercero de ellos (1986), al que tuvo oportunidad de concurrir en idéntica condición.

“Pero hoy la coyuntura no es igual, me dice él: estamos viviendo una situación distinta, compleja; el Comandante en Jefe no está físicamente entre nosotros, la dirección histórica de la Revolución entregará riendas a las actuales generaciones. Será el congreso de la continuidad. Continuidad de todo lo que nos enseñaron Fidel y Raúl. Un congreso para reafirmar que seguiremos con un solo Partido, como aprendimos de Martí, y que no habrá marcha atrás.”

— ¿Alguna preocupación, duda, temor?

—Nada de eso. El Partido siempre ha tenido mucha claridad. A pesar de todos los obstáculos, aquí estamos. Más que fe, debemos tener mucha confianza en la Revolución. Ahí tenemos a Díaz-Canel encabezando la batalla y a un equipo de ministros trabajando como nunca antes.

“En cuanto al gobierno de los Estados Unidos, no podemos esperar nada bueno. Como mismo Francia nunca les perdonó a los haitianos haber armado una revolución contra Napoleón, tampoco el imperio norteamericano le perdonará a nuestro pequeño país la obra que ha construido en más de 60 años. Eso es así. No seamos ingenuos. Nadie se deje confundir.”

Por un instante pienso preguntarle al longevo matrimonio avileño (85 años él, 77 ella, 54 unidos por el amor y las ideas…) de dónde les nace tanto apego al Partido, pero no es necesario hacerlo porque ya Elena se me adelanta, contando cómo su esposo fue fundador de la organización de vanguardia, procedente de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas), del mismo modo que ella formó parte de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, tuvo una vida muy activa en aquellos años 60 y fue propuesta como ejemplar para ingresar luego al Partido.

“Yo había estado entre los primeros maestros populares preparados en Camagüey después de la campaña de alfabetización. Había participado, además, en el plan piloto, en actividades como guía de pioneros, en la inspección a la educación de adultos y en otras tareas”.

Desde su hogar, Elena y Macho en pleno congreso.

Ambos ven la prensa como elemento vital para estar bien informados y no dejarse confundir por nadie.

Invadida por recuerdos, sigue develando momentos de una etapa muy intensa, allá en los recónditos parajes de La Yamagua, zancajeando la geografía que hoy cubren la zona de Sanguily y el actual municipio de Venezuela, cuando tener un hijo muy pequeño, vivir albergada junto a su esposo y cocer los alimentos en un reverberito jamás fueron pretexto para dejar de entregarse por completo a sus deberes laborales o para eludir responsabilidades políticas como organizadora, secretaria general, miembro del Comité Municipal del Partido…

—Han transcurrido 46 años desde el Primer Congreso, Elena, ¿pudiera usted cerrar por un instante los ojos y decirnos qué ve?

—Cómo no… veo a Blas Roca entregándole las banderas a Fidel, la solemnidad de aquel instante, el dolor con que nuestro Comandante en Jefe informa la muerte de Raúl Díaz Argüelles, en Angola; escucho, párrafo por párrafo, la voz de Fidel leyendo el Informe Central: veo los documentos, esos mismos que conservo intactos, como acabaditos de recibir; veo a Asela de los Santos y a otras personalidades analizando cosas muy importantes en mi comisión acerca de la niñez y la juventud. Pero sobre todo veo, clarito, clarito, el rosto de nuestro máximo líder riendo y disfrutando el poema Sóngoro Cosongo, que él mismo le pidió declamar a Nicolás Guillén…

Mientras tanto, Macho escucha con profunda atención, como si fuese la primera vez. Y pensar que él pudo estar también allí, como delegado. De hecho, hasta lo propusieron.

“Por entonces yo era Secretario del Partido en Venezuela, pero qué va, en mi opinión un excelente compañero llamado Enrique Olivera tenía más méritos que yo. Él acumulaba tremenda trayectoria, de enfrentamiento a la dictadura batistiana, estuvo preso varias veces, hasta le asesinaron un hijo, se vinculó a la Sierra, fue uno de los que le dio a Fidel la noticia acerca de la huida de Fulgencio Batista… de manera que lo propuse como delegado.

“Después sí tuve oportunidad de asistir al Tercer Congreso. De él nunca he olvidado cómo, mientras lee el Informe, Fidel se detiene, pone el documento boca abajo, apunta con el dedo hacia quienes le escuchábamos y enfatiza que si bien ninguna obra humana es perfecta debemos luchar para perfeccionar todo cuanto sea posible el trabajo del Partido.

“Como todos, fue un congreso muy profundo y crítico, pero también alegre, matizado por momentos como aquel cuando Carlos Rafael Rodríguez está interviniendo, Fidel toca a Raúl y le dice jocosamente que está filosofando. Entonces Carlos Rafael se vira y le dice: Usted sabe bien que yo no soy filósofo ni cosa parecida. Y Fidel, muerto de la risa, le responde: compadre fue jugando contigo.

“¡Pero… cómo se aprende en un Congreso! Es una experiencia muy linda, cargada de conocimientos y de enseñanzas que luego tienes que trasladarles a los demás y aplicar. Porque el Partido es también eso: escuchar, hablar, trasladar, aprender con la gente, con los trabajadores, con el pueblo. Nadie puede creer que se lo sabe todo porque dirija o trabaje en el Partido.

“Por eso le agradezco tanto al Partido. Es una escuela inmensa que te enseña cada día. Así se lo dije una vez al periodista Bernardo Espinosa. Así sigo pensando. Así continuaremos aprendiendo también de este Octavo Congreso”.


Pastor Batista

 
Pastor Batista