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Publicado el 20 Abril, 2015 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

Algunas consideraciones sobre ética, cultura y derecho

Por ARMANDO HART DÁVALOS

Fue la unidad el factor determinante para el triunfo revolucionario: la unidad popular entonces y la unidad del Partido posteriormente han continuado siendo base y elemento que nos cohesiona a todos no solo hoy sino para las luchas futuras.

Sin embargo, debe tenerse presente que no se garantiza en el futuro Ia unidad si no es sobre la base del respeto a Ia legislación cubana proclamada en Ia Constitución de Ia República y el sistema de derecho. Para ello deben crearse las bases de esa cultura del respeto. Una sensibilidad de tipo cultural y jurídico que sea consciente y sepa que si eso se fuerza o se violenta ocurrirá una división que empañaría mucho de lo que hemos logrado.

Con lo cual no se debe suponer que el pensamiento científico no deba regirla. Ciertos principios éticos son factores de comunicación humana. Si no existiera una relación ética entre los grupos humanos cada cual haría lo que Ie viene en ganas. Sin embargo, no hay civilización ni sociedad que se hayan mantenido perdurables si no se sostienen sobre fundamentos jurídicos, sobre leyes que regulen Ia relación entre los individuos.

Martí decía que el secreto de lo humano se hallaba en Ia facultad de asociarse, ¿y cómo pueden las personas asociarse sin un principio ético? Para sostener principios éticos deben entrar en su apoyo fundamentos jurídicos. Los caminos del socialismo deben ir conformados por Ia cooperación, Ia educación, Ia cultura y un sistema jurídico que tenga por contenido social Ia justicia y Ia equidad. Esto requiere, desde luego, una base económica

Es que hay principios éticos que la sociedad no puede permitir que se violen. Como tomar Ia justicia por nuestra propia mano (no matarás) o apropiarte de lo que no es tuyo (no robarás)… que obligan a penar. Se establecen, entonces, otras disciplinas del derecho más complejas.

Lo veo como una cuestión de cultura que en Cuba se particulariza por su historia. La cultura cubana tiene un fundamento popular y de derecho. E incluso me he percatado de algo más: Ia tradición cultural jurídica cubana, y aun ciertos principios que pudiéramos Ilamar filosóficos, de derecho, en Ia historia de Cuba se hallan orientados hacia la defensa de los pobres, de los desamparados. Ha sido así orgánicamente desde los tiempos de Varela, de Céspedes y de Agramonte, de José Martí y de Fidel.

En Ia Guerra del 68, cuando se constituyó nuestra primera república, con su gobierno en armas, desde los decretos de abolición de Ia esclavitud, toda Ia mejor historia del derecho y Ia filosofía del derecho se halla inclinada hacia Ia defensa de los intereses populares.

En Cuba ha existido una sensibilidad jurídica muy grande… Cuando estudiamos aquellas discusiones de Ia Asamblea de Guáimaro, aquellas discusiones entre Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte, nos encontramos discrepancias memorables, porque ambos próceres eran abogados, Ietrados, personas de profesión jurídica. Y tenían opiniones diversas.

Céspedes pensaba que, desde el punto de vista práctico, Ia República no debía constituirse con un gobierno institucional en medio de Ia guerra. Agramonte oponía sus puntos de vista, pero ambos se apoyaban sobre bases jurídicas, tanto el uno como el otro. Y uno de los más grandes valores de Céspedes fue el de acatar las decisiones de aquel Parlamento mambí. Solamente personas de esa grandeza y sensibilidad jurídica son capaces de respetar principios tales. Si ambos no hubieran poseído una formación política y una sensibilidad jurídica qué más les hubiera dado desestimar Ia decisión de un Parlamento en armas que Io componían poco más de diez hombres. Y esas son las conductas que crean las bases del respeto en una nación, las que después derivaron hacia el Pacto del Zanjón. Se demostró que ese tipo de República no era viable —Martí hizo un examen de todo esto—. Pero era la República a Ia que ellos aspiraban y Céspedes tenia conciencia de que si actuaba de otro modo dividiría a los cubanos. Su conducta puede verse hasta como una cuestión de praxis. Una conducta ética Ileva al respeto de una decisión jurídica, aun cuando no sea funcional, hasta que se demuestre su inoperancia.

Hacer lo contrario podría traer reacciones funestas en el orden del respeto social y las normas sociales. Y lo ejemplificó con su conducta. Páginas sagradas de Ia historia son las discrepancias de Maceo, Gómez y Martí en La Mejorana. Estas discusiones que ya venían entre ellos desde los 80 no son más que temas jurídicos: cómo organizar el ejército y cuáles han de ser sus funciones, las funciones del gobierno, el límite entre ambos. Martí había descubierto una formula: eI Partido Revolucionario Cubano. Y en los temas esenciales todos estaban de acuerdo: abolición de Ia esclavitud, independencia de Cuba, desaparición de los conflictos raciales, postura ante el imperialismo. Las discrepancias aparecían en Ia forma o en el modo de abordar un propósito comúnmente aceptado Y es que eran personas de distinta formación. Martí venía de una formación intelectual y aquellos dos hombres de una formación de Iucha, de combate. A Ia hora de instrumentar algo tenían que aparecer diferencias.

Lo distinto en las propuestas de Martí ocurría por su temor al caudillismo, que América arrastraba como una nefasta y terrible tradición. El mismo temor se albergaba en Maceo hacia el Ieguleyismo, de ingrata y funesta tradición también.

Pero como Martí no era un Ieguleyo, ni Maceo un caudillo a lo latinoamericano, se Ilegaron a entender aI fin. Y ese es el fondo de las honorables discusiones de La Mejorana.

En todo ha existido una esencia que devela que el derecho se ha ejercido para Ia liberación de los explotados, y para Ia independencia de Cuba. Lamentablemente, ocurre en el 98 Ia intervención norteamericana y cuando se proclama Ia República nos colocan como ley Ia Enmienda Platt, que fue un hecho antijurídico. La impusieron por Ia fuerza a Ia Asamblea y muchas gentes votaron en contra. Hubo quienes no votaron en contra argumentando una serie de razones, pero Ia mayoría sabía o sentía que moralmente estaban votando por algo que estaba mal. Y se sabe que hubo presión, hubo fuerza para esa votación. Ante Ia resistencia de los constituyentes, se hizo aprobar por el Congreso de los Estados Unidos el texto de Ia Enmienda, planteando que si no se incluía textualmente en nuestra Constitución no se pondría fin a Ia intervención norteamericana. Por eso es Inaceptable reconocerle valor jurídico a Ia Enmienda Platt.

Esta se convirtió en una espina que hacía sangrar a los cubanos… Si se revisa Ia historia neocolonial, se aprecia que los dos gobiernos que originaron movimientos revolucionarios en magnitud social —1933 y 1959— fueron el de Gerardo Machado, con Ia prórroga de poderes, y el de Fulgencio Batista, con el golpe de estado de 1952, que devinieron dictaduras violentas. Los demás gobiernos, a pesar de su corrupción, sus ilegalidades internas, su mediocridad en todos los aspectos, enfrentaron oposiciones, disturbios, pero no revoluciones sociales, porque cuidaban vestirse con ropaje legal.

Sin embargo, Batista violó Ia ley, violó Ia Constitución del 40, y nosotros nacimos defendiendo esa Constitución, que es una de nuestras sagradas memorias. La violentación de Ia Constitución originó un movimiento de rebeldía popular.

Se fue a Ia lucha armada para que se respetara Ia ley. Batista violentó Ia Constitución porque tenía un carácter progresista para Ia época y estaba orientada hacia los intereses del pueblo. Se ha dicho mucho que en los años 50 pudo ocurrir una revolución burguesa, y yo digo que el solo cumplimiento de Ia Constitución del 40 habría traído un choque con los Estados Unidos, porque formalmente abolía el latifundio. La abolición del latifundio azucarero y de todo el latifundio en Cuba representaba un choque brutal con los Estados Unidos; un choque inevitable.

Con el triunfo de Ia Revolución y un programa que rebasaba esas leyes, se necesitaba un cambio. Y proclamamos, apoyados por el pueblo, una nueva ley constitucional, pero respetando el espíritu de Ia Constitución del 40. En verdad, ella era Ia historia de algo ya superado.

Consideramos hoy que ética, cultura y derecho se convierten —como nunca antes— en brújula imprescindible para garantizar nuestro socialismo, nuestra Revolución y la soberanía e independencia plena de la Patria para siempre


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos