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Publicado el 26 Octubre, 2015 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

HONDA MARTIANA

Importancia de la cultura humanista y del derecho

Los tiempos del pluripartidismo han caducado. Las necesidades de la unidad y cohesión nacional reclaman otras formas democráticas de carácter participativo. En Cuba, la concepción socialista del Estado superó la vieja fórmula del pluripartidismo. Las asambleas del pueblo trabajador concentran el poder soberano del Estado en un órgano democrático de dirección estatal   al que están subordinadas todas las instituciones de este carácter. El papel dirigente del Partido y su funcionamiento democrático vienen a representar la solución teórica y práctica que tiene hoy nuestro pueblo para consolidar y ampliar la democracia.

Nuestro sistema constitucional revela un desarrollo político-jurídico que representa la mejor garantía práctica de la continuidad de la Revolución.

Por todas estas razones, cuando defendemos el sistema jurídico de la Revolución estamos hablando de una de las claves maestras de la cultura política y social de nuestra nación. Nos referimos a la obra de la Revolución que se expresa en lo jurídico y, por tanto, al culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre entendida en su acepción martiana.

Para visualizar mejor la importancia revolucionaria de la juridicidad creada tras este largo proceso histórico, lo primero que debemos tener muy presente es que los enemigos del país atacan a Cuba queriendo desconocer que en nuestra nación existe un orden jurídico.

El sistema jurídico cubano es la expresión del poder democrático del pueblo. El derecho y la democracia viven y se desarrollan en el seno de nuestra Revolución. Toda cuestión política, suceso económico o humano tiene vínculos directos o indirectos con el ordenamiento jurídico. Para cualquier debate en el terreno social, económico y político hay que pensar en la ley y en su aplicación. Cuidar y fortalecer el poder revolucionario del pueblo significa que el sistema jurídico institucional funcione con eficacia sobre la base de los principios éticos y políticos de la nación. Abarca un complejo de instituciones y formas organizativas que se rigen por leyes que garantizan la democracia y la eficiencia del Estado y la sociedad; por tales razones, defender los valores éticos y políticos de la Revolución exige cuidar el funcionamiento del sistema jurídico en cuya cúspide se hallan la Asamblea Nacional del Poder Popular y el Consejo de Estado.

Por lo hasta aquí expresado, se requiere examinar con estricto rigor científico las tres formas de república que ha tenido nuestro país: la de Cuba en Armas, nacida en Guáimaro en 1869, cargada de contradicciones y, al mismo tiempo, de generosos empeños independentistas; la surgida en 1902, hasta 1959, bajo el condicionamiento de los intereses de Estados Unidos; y la que se establece a partir del 1º de enero de 1959,   independiente y soberana que lo será para siempre, porque no hay otra alternativa. Esas tres formas se vinculan a tres fechas: 10 de abril de 1869, nacimiento de nuestra República en Armas en Guáimaro; el 20 de mayo de 1902, imposición de la república neocolonial y del dominio imperialista y el 1º de enero de 1959, que marca el advenimiento de la república soberana de Cuba. De entonces acá, es decir, consolidada y ampliada su independencia, esta república que se proclamó socialista en 1961 ha logrado salir airosa de las más duras pruebas frente a las agresiones de la potencia más poderosa del planeta. He ahí el sentido de nuestra consigna “Socialismo o Muerte”.

Nuestro país ha sido la conclusión de una larga y hermosa historia reflejada en las ideas cubanas de hoy. Ellas tienen más vigencia y fuerza que nunca porque se está produciendo una gravísima crisis de la cultura universal que necesita buscar nuevos horizontes para asumir los desafíos colosales que nuestra América y la civilización euronorteamericana tienen ante sí.   No las presentamos como válidas para otros países, cada pueblo tomará el camino que corresponda a sus intereses, pero sí solicitamos que la ideas de Cuba se estudien porque pueden servir para el análisis de la situación del mundo.

Los máximos dirigentes de la oligarquía norteamericana sólo pueden lanzar contra Cuba, en relación con Martí, estúpidos balbuceos, frases incompletas y salidas de contexto. No existe, en doscientos años de historia, ningún pensamiento cubano que pueda esgrimirse contra nuestra Revolución; incluso, José Antonio Saco (1800-1879), el más consecuente ideólogo capitalista de nuestra nación, era antianexionista y trataba de fundamentar sus ideas en la necesidad de superar el peligro de la expansión estadounidense contra Cuba.

No es solo José Martí el más radical y consecuente antimperialista en el siglo XIX en el mundo, sino que en el inmenso arsenal de próceres y pensadores cubanos de doscientos años desde Félix Varela (1788-1853) hasta nuestros días no hay nada que pueda significar oposición a la Revolución de Fidel Castro. Precisamente esta crisis de ideas por la que atraviesa el imperio se revela en la quiebra de la cultura jurídica que ha sido el fundamento de su sistema dominante durante más de doscientos años. El proceso arbitrario y profundamente ilegal con que encerraron en prisión a cinco cubanos inocentes, proclamados Héroes de la República de Cuba, es uno de esos ejemplos de hasta dónde el sistema norteamericano se ha hecho ilegal.

El verdadero peligro para la humanidad —a nuestro juicio— está en que los dirigentes norteamericanos no se dan cuenta de que Estados Unidos es un gigante con pies de barro; se creen omnipotentes, cometen actos carentes de cordura y sensatez y de un elemental sentido común, y así colocan al mundo frente a situaciones muy graves.

El mejor consejo que podemos darles en estos momentos está contenido en las ideas expresadas en el siguiente párrafo de Martí:

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder—mero pontón de la Roma americana; y si libres, ——y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio -por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

En cuanto a Cuba, juramos este pensamiento del Apóstol: ¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!”

Todo esto puede entenderse si analizamos en el plano más alto de la cultura el papel de las llamadas categorías de la superestructura. La economía opera a través de la superestructura. Entre una y otra existe una relación dialéctica. Si las formas a través de las cuales opera la economía ¾y las fundamentales se refieren a las ideas y sistemas éticos y jurídicos¾ vienen marcadas por la relación dialéctica con su contenido, las fuerzas y leyes económicas, se comprende la necesidad de abordarlas con el más exigente rigor a partir del estudio de la función ética y el derecho.

Hoy, cuando se gestan conmociones sociales de gran alcance en América Latina, observamos que la dificultad principal se halla en que no existe un programa político de respuesta que pueda asumir estos desafíos, solo con ello será posible generar los liderazgos necesarios para enfrentarlos. Las alternativas económicas dentro del sistema vigente a escala internacional, como lo prueba el caso de Argentina, ya son insuficientes. Es necesario hallar alternativas políticas, y esto solo puede hacerse a partir de la cultura de emancipación que representan Bolívar, Martí y los próceres de nuestra América. Un programa político de propósitos estratégicos debe plantearse, en primer lugar, desarrollar un pensamiento revolucionario nuevo como el que necesita América para el siglo XXI.

Hay en la cultura del Apóstol, del Libertador y de los grandes pensadores y actores de la historia de América suficientes bases para ello. Mi consejo a todos, y en especial a los jóvenes, es que por ahí pueden encontrar el camino. Para asumir estas responsabilidades debemos tomar en cuenta que el núcleo fundamental de la historia de la cultura se halla en los principios jurídicos y en los sistemas éticos. Ambos están relacionados y son expresión del drama social.

Es necesario realizar investigaciones que faciliten una práctica   jurídica y ética que facilite una política ajustada a nuestras realidades y propicien la más amplia participación popular en los asuntos del Estado. Lo más concreto e inmediato en el orden de cualquier programa político se expresa en el combate a la corrupción y el entreguismo a los intereses extranjeros y explotadores en general que dominan la política de muchos países y la han convertido en politiquería. Para esto es necesario exaltar la mejor tradición jurídica de la humanidad y marchar sobre sus fundamentos a favor de los intereses de los pobres de la tierra, es decir, renovarla a favor de la justicia. Para tales propósitos, el movimiento progresista y popular debe levantar como consigna fundamental la lucha contra la inmoralidad, la drogadicción, el saqueo, y lo hará sobre fundamentos éticos y con las banderas del derecho. ¿Se pide un programa político? Hagamos un gran programa en defensa de la ética y el derecho. Exaltemos estos valores a la más alta escala y sobre fundamentos radicalmente populares. Por ahí empieza la cultura de emancipación social de los pueblos de nuestra América.


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos