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Publicado el 8 Febrero, 2016 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

Evocando a Córdoba (II)

El dogmatismo que se les señala a los sabios nace de los intérpretes de sus obras

Por ARMANDO HART DÁVALOS

Una filosofía que se corresponda con los intereses de los pueblos explotados, de las masas y de la humanidad será aquella que articule ciencia y utopía, partiendo de la idea leninista de que la práctica es la prueba definitiva de la verdad y del principio martiano de procurar la fórmula del amor triunfante. Para hallar tal fórmula identifiquemos, como postulaba el Apóstol, la bondad con la inteligencia y con la felicidad de cada hombre; y la maldad con la estupidez y la infelicidad. Esto se puede estudiar a escala individual y también social.

Los sistemas políticos y sociales perecen no solo por maldad, sino porque son guiados dramáticamente por la torpeza; lo demuestra la historia de Cuba en su relación con el colonialismo español primero y, más tarde, con el neocolonialismo norteamericano. Es una verdad histórica a tener muy en cuenta cuando se viene produciendo el ocaso, muy peligroso, del sistema de dominación capitalista.

Los modernos avances de la sicología confirman que las emociones, los sentimientos y la capacidad intelectual del hombre tienen una relación muy directa y son los que permiten el equilibrio en lo particular de cada ser. Esto también es válido a escala social e histórica.

En la Argentina de Córdoba, de Ingenieros, de Aníbal Ponce y del Che, hay tradición intelectual para este análisis. En Cuba hay tradición de trabajo político práctico para abordar este drama. Si relacionamos los fundamentos teóricos del mejor pensamiento de la patria chica del Che, presentes en aquel recuerdo de Córdoba, con el sentido práctico de la política que representa la Cuba de Fidel y cuya eficacia está a la vista de todos, podremos encontrar el camino que necesita América. Esta síntesis la alcanzaremos con principios que asumí desde muy joven y que tienen paralelo con ideas que entonces, hace 50 años, se movían en Argentina. Principios que la generación del centenario, la que hizo que la Revolución Cubana en los años 50, levantara como estandarte la libertad política, la justicia social y la independencia económica. Me parece que es un lenguaje similar al que se habló y se habla en Argentina, dije en el 2003 en la Universidad de Córdoba.

Nosotros en Cuba tenemos, como puntal de esa política, una tradición ética que nos llevó a combatir con toda fuerza la corrupción administrativa y política. Hoy también, al denunciar la corrupción y la inmoralidad en la vida política de cualquiera de nuestros países, estaremos levantando banderas inmortales tras las cuales se sentirán orgullosos los forjadores de las reformas de Córdoba. Nosotros en Cuba lo expresábamos hace más de medio siglo con una consigna que alcanzó gran arraigo popular: Vergüenza contra dinero.

En Cuba, como hemos dicho, tuvimos la fortuna de que las ideas socialistas se nutrieran de la sabiduría política y filosófica de José Martí y del acervo intelectual y moral de nuestras guerras independentistas e incluso de antes, porque ya en los tiempos forjadores de la nación, en la primera mitad del siglo XIX, el presbítero Félix Varela, independentista consecuente y José de la Luz y Caballero, considerado el fundador de la escuela cubana, desarrollaron su prédica fundacional. Y es que en Europa tuvo lugar, en el XVIII, el siglo de las luces, pero en América, el XIX, produjo el siglo de los fuegos, y los fuegos de entonces son las luces que necesita nuestra centuria actual.

Hay una enseñanza a tomar en consideración: las ideas socialistas hay que asumirlas desde las luchas económicas y sociales, pero sobre el fundamento de la más alta cultura universal. Para esto, propongo estudiar una formulación clave de uno de los más grandes pensadores de América y del mundo en el siglo XX, José Carlos Mariátegui.

Desde su visión indoamericana, el Amauta señalaba que había tres sabios europeos rechazados, en virtud de razones sicológicas, por las masas. Afirmaba que estas se negaban a aceptar, como raíces de lo humano, lo que estos tres grandes científicos europeos Darwin, Marx y Freud habían planteado en relación con los orígenes del hombre. Rechazaban que tuviéramos antecedentes en el reino animal, que nuestra acción social estuviera determinada, en última instancia, por factores económicos y que nuestras raíces se nutrieran de la sexualidad.

Sin embargo, como señalaba el ilustre peruano, la grandeza del hombre se hallaba en haberse elevado desde esos orígenes hasta alcanzar el más alto escalón dentro de la historia natural. Observen profesores y alumnos de Córdoba, cómo un hijo de nuestra América, desde su visión y raíces indoamericanas, llegó a conclusiones filosóficas más importantes que las logradas por Europa acerca de tres sabios nacidos en ese continente. Es muy interesante observar que en la génesis de la cultura desde sus remotos antecedentes, Carlos Marx y Sigmund Freud tienen criterios perfectamente conciliables. Estúdiese El malestar en la cultura, del ilustre austríaco, y si lo hacen orientados por el materialismo histórico, encontrarán nexos impresionantes. Allí están los antecedentes antropológicos de las luchas sociales y económicas de que habló Carlos Marx.

Sigmund Freud, entre otros grandes aportes, hablaba de que la conducta humana se regía por diversos principios, entre ellos el de la realidad. Lo que olvidó el siglo XX fue que la realidad que cada uno de nosotros asume está compuesta por la forma, manera y profundidad que millones y millones de seres humanos, vivos o muertos, nos han trasmitido durante siglos. La subjetividad, desde este punto de vista, tiene un fundamento materialista científico comprobado.

Me conmueve recordar que en las últimas conversaciones que sostuve con Ernesto Guevara, antes de su salida de Cuba para otras tierras del mundo, giraron en torno al pensamiento de Freud. Es que se produjo en el siglo XX un drama: el pensamiento filosófico europeo, cuya cúspide más alta estaba y está en Marx y Engels, solo podía llegar a una escala superior a partir de la información e investigación científica sobre la subjetividad. Sin embargo, quien se introdujera en la centuria anterior en el tema de lo subjetivo tropezaba con gravísimas incomprensiones políticas. Hay que estudiar este impedimento de carácter político que frenó un avance superior del conocimiento filosófico en el siglo XX, y esto no puede hacerse sin estudiar con profundidad las ciencias de la sicología y la antropología y, por tanto, no es posible realizarlo desconociendo a Freud. Hay que situarlo como un elemento clave para encontrar nuevos caminos de la filosofía. El ilustre austriaco estudió al hombre que existe y hay que considerar al hombre que puede existir y que se halla en potencia en el actual. Por este camino nos vamos a orientar en dirección a la formación del hombre nuevo del que nos habló Ernesto Guevara.

Es en América y no en otra parte del mundo donde pueden generarse las capacidades intelectuales necesarias para abordar el tema de la subjetividad sobre fundamentos científicos. El hombre, su cerebro, sus acciones, sus experiencias y la manera en que aborda el camino de la acción tiene también fundamentos materialistas. Sencillamente, el llamado “materialismo” del siglo XX se olvidó que nosotros, los seres humanos, somos también materia.

La verdad no está –dijo el maestro cubano Medardo Vitier sintetizando el pensamiento de José de la Luz y Caballero– en lo externo de nosotros ni tampoco en lo interno, sino en la congruencia de uno y lo otro. Estúdiese este pensamiento a la luz de la primera crítica a Feuerbach formulada por Marx y Engels, y se verá que esta consistía en que el materialismo anterior a ellos no consideraba el factor subjetivo, que es el que nos orienta hacia la práctica de la transformación del mundo. Si descubrimos este camino podremos hallar y promover el pensamiento filosófico necesario para inyectarlo en el movimiento popular y de masas a escala continental.

Se acusó a algunos sabios de dogmáticos encerrados en esquemas rígidos; sin embargo, por esencia un saber profundo no puede ser dogmático. Expresan verdades trascendentes, pero no pueden tener resultados acertados en todo y para todo.

Recordemos que el propio Carlos Marx, ante deformaciones que observó en la Europa de su época, afirmó: Lo único que sé es que no soy marxista. El dogmatismo que se les señala a los sabios nace de los intérpretes de sus obras. Se suele producir un traslado sicológico, quienes padecen de estos males se los reputan al sabio para justificar su conducta dogmática. Los sicólogos deben estudiar esta afirmación.

(Continuará)

http://bohemia.cu/opinion/2016/02/evocando-a-cordoba-i/)


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos