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Publicado el 26 Enero, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

Nuestra América en el siglo XXI (ll, final)

armando-hart-davalos-sociedad-cultural-jose-martiPor Armando Hart Dávalos

En la América bolivariana y martiana no hay diálogo posible con el pensamiento anexionista y con quienes quieren entregar nuestros países a los brazos de la ideología de pretensiones hegemónicas presente en los círculos gobernantes del imperialismo yanqui. Nuestra identidad, nuestra cultura y, por tanto, nuestra democracia, se mueven en el espectro amplísimo del antimperialismo, tienen vocación de servicio universal.

Vincular el concepto de desarrollo material con el de crecimiento y mejoramiento social y cultural es la única respuesta válida que exigirá empeños y luchas de la más diversa índole. En el campo del desarrollo del pensamiento revolucionario y de la cultura política, tenemos que levantar con toda dignidad la necesidad de que el desarrollo material vaya acompañado del desarrollo social con todas sus implicaciones. Y en la esencia de esta problemática se halla la cuestión de la identidad cultural.

Tanto a escala regional, nacional, como multinacional y universal, no existen posibilidades reales de transformaciones democráticas capaces de abrir paso a sistemas sociales justos y de amplia participación si no somos capaces de hallar los vínculos entre identidad, universalidad y civilización, y de articularlos como si fuéramos artífices de la historia. En las relaciones, a veces contradictorias, entre estas tres categorías está el vórtice de lo que he llamado el ciclón posmoderno, para utilizar un término de moda.

El valor práctico de esta identidad se puede apreciar en la historia concreta del pueblo cubano que hermanó, desde los tiempos de génesis y fundación, la lucha por la libertad, la independencia y la justicia social, con la aspiración de que la cultura y la ciencia llegaran a ser componentes sustantivos del ideario político y ético del país. Esto no es retórica, es carne viva y sangre de nuestra historia nacional.

Para la realización de todo este esfuerzo se requiere de una cultura general integral como la que tiene América. Los grandes pensadores latinoamericanos, desde los mencionados Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, Félix Varela y José de la Luz y Caballero, hasta los de hoy, tuvieron una aspiración a la cultura general integral. ¿Cuál es la originalidad de Martí y de Fidel? Que ambos volcaron esa cultura en lo que el Apóstol llamó el arte de hacer política. Su definición de política resulta muy esclarecedora:

“La política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios, de convertir los reveses en fortuna; de adecuarse al momento presente, sin que la adecuación, cueste el sacrificio, o la merma importante del ideal que se persigue; de cejar para tomar empuje; de caer sobre el enemigo, antes de que tenga sus ejércitos en fila, y su batalla preparada”.

Se observará que es una categoría de la práctica, válida para cualquier política que pretenda ser eficaz. Martí la relacionaba con la ética; he ahí los fundamentos de su universalidad.

 

En el pensamiento martiano, es un componente esencial la articulación de estas tres categorías: ética, política y derecho, sobre el fundamento de la cultura general integral. Es la fórmula latinoamericana y caribeña que presenta al mundo de hoy.

Por estas razones, como el principal error práctico de la llamada izquierda del siglo xx, ya señalado, fue divorciar la política de la cultura, el primer deber de los hombres de cultura está en buscar la relación con la política práctica. Ahí está la clave del socialismo que necesita el siglo xxi.

No estamos hablando pues de cultura política –que la tienen todos nuestros grandes pensadores–, sino de cultura de cómo se hace política, de lo que hemos llamado cultura de hacer política, que consiste, en esencia, en superar –como he dicho– el viejo principio conservador de “divide y vencerás” y establecer el principio revolucionario de “unir para vencer”.

Cada día tengo mayor satisfacción al recordar que la Generación del Centenario de Martí, la de Fidel, desde hace más de medio siglo mantiene la cultura ética como tema central.

Recordemos que nunca en la historia de las ideas de Occidente se hizo un profundo análisis filosófico científico de la ética que pudiera dar luz sobre su importancia práctica.

Una prueba de la fuerza real de la ética la da el hecho de que las religiones la han tomado como elemento esencial. Siempre fue un asunto fundamental de todas las religiones, incluso desde una concepción metafísica, a través de la ética se envía el mensaje de las ideas. Por eso, Martí dijo que Dios estaba en la idea del bien. Nosotros, procurando buscar la idea del bien en la práctica concreta de la vida y de la historia, tenemos que analizar la importancia de las condiciones económico-sociales y del desarrollo cultural en general.

Un elemento esencial de esa cultura de hacer política es la conjunción de la radicalidad en la defensa de los principios con formas armoniosas para lograr el más amplio respaldo a los objetivos que se persiguen. Hay quienes son radicales y no son armoniosos, por ello crean innumerables problemas. Hay quienes intentan ser armoniosos y no son radicales, y no logran nada realmente efectivo. El pensamiento revolucionario de Martí y de Fidel está insertado en estas dos categorías fundamentales: armonioso y radical.

Ha llegado la hora de superar esquemas y dogmatismos que nos llegaron de fuera con diferentes etiquetas y estudiar la vida y la obra de todos los pensadores y forjadores de grandes ideas a lo largo de la historia. Es la única forma política y científica para hallar un camino que nos libere de los sistemas opresivos y nos permita arribar a una genuina humanidad, como la que soñaron los grandes utópicos. Y esto solo lo podemos hacer con principios científicos y cultivando el amor y la solidaridad.

Si en Europa y Estados Unidos pusieron en antagonismo las ideas de unos sabios respecto a otros, en América Latina se procuró siempre la articulación y la armonía, por eso pudo recrear el pensar occidental, renovarlo y situarlo como la opción necesaria hacia el futuro. Mientras que en aquellas latitudes se divide y se pone en antagonismo el patrimonio de los sabios, en América Latina y el Caribe se promueve una síntesis de lo mejor del pensamiento de todos los sabios y la recrea, teniendo como fundamento la justicia como sol del mundo moral y el derecho, cuya esencia se halla en la búsqueda de la dignidad plena del hombre sin distinción de clase alguna. “[…] dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”, dijo José Martí.

Esa es nuestra América, la de Bolívar y Martí, dos gigantes que junto a la inmensa legión de próceres y pensadores, constituyen referentes indispensables para la búsqueda del camino que nos conduzca al socialismo del siglo XXI.

Ver también:

Nuestra América en el siglo XXI (l)


Armando Hart Dávalos

 
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