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Publicado el 24 Diciembre, 2019 por Dariel Pradas en Opinión
 
 

El año por los balcones

Dariel PradasPor DARIEL PRADAS

Cierra otro año con nombre de efeméride y las familias numerosas resuelven rompecabezas para intentar agruparse en una sala. Cuando llega el último día, casi nunca se logra: madres, padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, cónyuges… vecinos, amigos, suegros, los novios de turno más los parientes de todos ellos; es prácticamente imposible juntar cada pieza del árbol genealógico.

Algunas parejas dividen la celebración en distintas fechas: con la familia de una parte, la Nochebuena; con la de la otra, el 31 de diciembre. También hay personas que parten su día en horarios, y en la tarde comen puerco y, de noche, en distinto lugar, brindan con sidra.

Si bien estos sofocones son comunes en Cuba, abundan además los casos contrarios. Pequeños núcleos que cada doce meses, las mismas caras en la misma sala, esperan la caída del año viejo. O familias diezmadas por migraciones. O jóvenes que se reúnen en bares, restaurantes o en cualquier recoveco de cualquier ciudad de la Isla. Y hay quienes viven esas fiestas frente al televisor, con la única compañía de la botella y el plato de comida criolla al compás del balancín del sillón. Pero todos vitorean cuando en la pantalla destellan fuegos artificiales y el calendario del comedor queda obsoleto en cuestiones de segundos.

De eso trata también la espera del nuevo año: de un escrutinio del viejo y de la expectativa por el venidero. Entonces muchos apetecen desde la inmortalidad para 2020 –o se conforman con la mera salud y prosperidad para los suyos–, hasta especificidades como la de desear un cambio de centro laboral, un ascenso, un viaje, que se gradúen sus nietos con buenas notas, una pareja que sepa escuchar, que llegue la reforma salarial prometida y así aumenten sus ingresos.

Este 2020 podría llegar con la carga de muchos deseos terrenales. Hay quienes rezan por la unificación monetaria, la apertura económica, las inversiones extranjeras, el esplendor de tiendas mayoristas, rebajas de las tarifas de Etecsa, una ley de protección animal, de comunicación, contra la violencia de género y de cien temas más; hasta de la reducción del precio de la Nutella.

De cualquier manera, cada persona se esforzará por pasar la Nochevieja con sus seres queridos: Los muy ancianos quedarán pegados a los asientos, mientras los menores corretearán por los pasillos. Los tragos se vaciarán y rellenarán, y desde temprano sonarán los brindis. Algunos vecinos harán un viaje por el barrio, de casa en casa, de felicitación en felicitación. Disímiles músicas competirán por imponerse en la calle, y la armonía será más bien un ruido discordante causado por la increíble mezcla de géneros que resuenan a la vez desde variados puntos de la cuadra.

Habrá momentos de clímax, de puro bailoteo, de comelata, y del puerco quedarán los huesos o alguna sobra para almorzar en la próxima jornada. Habrá momentos solemnes y los muertos serán rememorados. Correrán las lágrimas, por supuesto. Por instantes, se nublarán las conversaciones con el tedio y cada grupúsculo cuchicheará sobre cotidianidades, fuera de un ambiente festivo, como en un miércoles de marzo. Pero cuando se acerquen las doce, regresará la euforia. Los cubos de agua estarán llenos; en las periferias, los muñecos listos para ser incendiados; las maletas preparadas para pasear las cuatro esquinas del reparto y así invocar un viaje internacional; la sidra, los turrones, uvas para los afortunados. La televisión encendida, el conteo regresivo que ya irá por cinco, cuatro, tres… y alguien se apresurará y el corcho de la botella saldrá volando mientras suena el himno, cae el agua por los balcones, arde el muñeco junto a las desventuras del año viejo, y la gente se abraza, se besa y se vuelve a abrazar.

Las llamadas desde el extranjero, los mensajes que llegarán mucho después por cogestión en las líneas…

Ese momento final de cubos, muñecos y fuegos artificiales, será el desahogo de un año vivido. El tornado, el bloqueo que recrudece, la “coyuntura”, las remesas que se limitan, el primer divorcio, una viejita que enfermó y no creyó presenciar la fiesta, un perrito que murió, el viaje que no se dio, yo que aumenté unas cuantas libras… todo eso, por unos segundos, se irá como agua por los balcones.


Dariel Pradas

 
Dariel Pradas