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Publicado el 8 Abril, 2020 por ACN en Opinión
 
 

La fiesta que no debió ser

Por Magaly Zamora Morejón

Cumplir las medidas de autoprotección y mantener el aislamiento social constituyen un imperativo insoslayable por estos días, sobre todo cuando ellas pueden marcar la diferencia entre estar sanos o enfermar y hasta entre la vida y la muerte.

De eso saben bien ahora los vecinos de la comunidad Limpios Grandes, perteneciente al municipio de Florencia, en Ciego de Ávila, donde la participación de una joven en una fiesta y su posterior relación con familiares y amigos trajo consigo la trasmisión comunitaria del nuevo coronavirus, causante de la enfermedad COVID-19.

Todos estaban sanos y felices, y parecía que el peligro de la pandemia era algo lejano que nunca tocaría a las puertas propias, sin embargo el contacto previo de la muchacha con un viajero del exterior bastó para desatar de manera silenciosa el contagio.

La enseñanza tiene que servir a todos los que aún permanecen en las calles sin motivo de fuerza mayor y creen que jugar dominó, descargar con los amigos o hacer colas innecesariamente forma parte de la vida cotidiana y no tienen por qué renunciar a ellas.

Ser responsables hoy no es una elección, sino un imperativo como ser social porque de la actitud que adoptemos depende la salud de quienes nos rodean, incluidos nuestros familiares, vecinos y amigos.

Cuando está en juego la vida de un país entero no puede haber dudas en acatar cada medida que se orienta para disminuir los riesgos y habría que parafrasear a los legendarios mosqueteros porque en las actuales circunstancias la suerte de todos depende de la de cada uno de nosotros.

Cuba, atenazada por las garras imperiales, que le impiden acceder hasta los donativos de suministros médicos, se yergue heroica en medio de las vicisitudes para cuidar y proteger a sus hijos y pone al servicio de la salud todos los recursos disponibles.

Resalta la voluntad del Gobierno de trabajar, de conjunto con todas las instituciones y organizaciones de masas para disminuir los riesgos de trasmisión masiva de la enfermedad, y ejemplo de ello son las decenas de centros de aislamiento creados en todas las provincias para recluir a posibles sospechosos y contactos.

También están los hospitales, laboratorios y medios para la atención a todos los pacientes que lo requieran, pero nada de ello será suficiente si cada uno de nosotros, como pueblo, no cumplimos la parte que nos toca.

Miles de hombres y mujeres valiosos, desde científicos, especialistas de diversas disciplinas, hasta técnicos, agricultores y servidores públicos, se arriesgan cada día para continuar desempeñando sus funciones y que la mayoría de nosotros pueda permanecer a buen resguardo en nuestros hogares.

Es nuestra obligación también cuidarlos a ellos para que no se paralice totalmente la economía, para que no colapsen las instituciones de salud y no nos falte el alimento imprescindible.

No obstante, con aquellos que persisten en actitudes irreverentes, que se creen inmunes e impunes, hay que pasar a la aplicación de medidas más severas.

Entre los casos contagiados con la COVID-19 en el país hay ya decenas de niños y cabe preguntarse, si cerraron todas las escuelas por qué no protegimos a los pequeños de casa y los pusimos en peligro con actitudes irresponsables?

Todavía es mucho lo que podemos hacer como comunidad, sin renunciar a los valores éticos y morales que nos ha enseñado la Revolución, ayudando al éxito de las pesquisas con la declaración verídica del estado de salud, el apoyo solidario a los ancianos que viven solos y el enfrentamiento a las ilegalidades y las conductas que en medio de la pandemia ponen en riesgo la vida de las personas.

Estamos en guerra, contra una pandemia letal que amenaza la supervivencia de la humanidad y la orden de nuestro Presidente ha sido dada: disciplina, cooperación y solidaridad.

Acatémosla como buenos soldados para poder contar la historia desde las filas de los vencedores. (ACN)


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