1
Publicado el 29 Abril, 2020 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

Verdades en tiempos de coronavirus

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Según los defensores del capitalismo, la caída del socialismo en la Unión Soviética y en su “área de influencia” significó la demostración concluyente de la superioridad del primero, de lo ineluctable de la desigualdad  y del “darwinismo social”. Así que la selección natural no representaría patrimonio exclusivo del reino animal, porque en definitiva, y aunque no se exprese en voz alta, discurrían algunos, “homo homini lupus” (“el hombre es el lobo del hombre”), como consideraba el filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes, cuyo Leviatán difundió, con un trueque sintáctico, la frase “lupus est homo homini” (“lobo es el hombre para el hombre”), plasmada por el comediógrafo latino Plauto (250-184 a. de C.) en la obra Asinaria.

Menuda contribución a la más reaccionaria de las visiones, la ofrecida por el derrumbe de un modelo que, bastardeado por factores subjetivos y objetivos, cometió, entre otros, los errores de autonomizar, gradualmente, los fueros gubernamentales con respecto a la sociedad, en detrimento del control popular, y durante un lapso nada desdeñable infringir el postulado marxista  de que la revolución no se debe (no se puede) ceñir a un país, o a pocos –yerro estalinista–, dado que una formación que copa al mundo, de eslabones la mar de interconectados, interdependientes, únicamente se alcanzará a barrer mediante una enorme ola, que se esperaba comenzaría en las naciones con mayor desarrollo de las fuerzas productivas  –previsión negada por una praxis a la que Lenin se entregó en cuerpo y alma– y se propagaría a todo el planeta. De ahí, en buena medida, la solidaridad militante de guías extraordinarios como Fidel Castro y Ernesto Guevara, por solo mencionar a dos de ellos.

Ahora, los heraldos del galopante neoliberalismo de las últimas décadas, apoyados en el fracaso de los contrarios, lograron convencer a una considerable parte de las masas en los cuatro puntos cardinales –evoquemos aquí el ya sobado concepto de “hegemonía” de Antonio Gramsci– de que la formación asentada en la maximización de las ganancias estaba exenta de finitud en el tiempo; sí, que perduraría por los siglos de los siglos. Por ende, Fukuyama dixit, asistíamos al “fin de la historia”. Pero “trompicones”  como la inequidad, la continuidad y la agudización de las crisis cíclicas, la recesión siempre en acecho… andaban ya apuntalando conciencias, algo que quizás se acabe de catalizar con el nuevo coronavirus, el cual ha puesto en una balanza, desperezando el debate, dos maneras de concebir y armar la realidad. Incluidas en sobresaliente lugar las evidentes diferencias entre la sanidad pública y la privada, derivadas del papel otorgado al Estado. En este contexto, precisemos que no en todos los sitios donde mayorea la búsqueda de plusvalía campean por sus respetos la desrregulación, la competencia en la esfera, pero países tales los nórdicos constituyen la excepción que confirma la regla. Y observemos que en ellos el cacareado bienestar se ha debilitado. Desaparecida la URSS, ¿con quien emular entonces?

Socialismo vs. capitalismo

En una apasionada apología del Estado, extraña a quienes intentan aplicar las prefiguraciones de Marx sobre la paulatina desaparición de esa institución sin situar dialécticamente su necesaria permanencia en el ámbito del capital desbocado, que intenta quebrar talanqueras nacionales para su reproducción, Manolo Monereo irrumpe en El Viejo Topo sin medias tintas, con crudas aseveraciones:

“Las fronteras son un signo de libertad y de existencia de un Estado que es algo más que una estructura de poder; genera identidad, seguridad y horizonte de sentido; también es capacidad de gestión, de hacer frente a las crisis asegurando la eficacia, la movilización de recursos y su empleo eficiente. Un Estado fuerte es esto, garantía de la soberanía frente a las oligarquías internas y frente a las grandes potencias de un orden mundial jerarquizado y en perpetua lucha por el poder”.

Anotemos al pasar que diversos comentadores se permiten la reserva ante la opinión manifestada por la fuente sobre la extinción de la “globalización”, por el mero hecho, interpretamos, de que, por un lado, la internacionalización de mercados, de capitales, se erige en conditio sine qua non del presente statu quo; y, por el otro, el comunismo, que sí podría advenir, si los terrícolas nos lo proponemos –y no gracias a un determinismo ya sobrepujado entre los epígonos del Prometeo de Tréveris–, supone la interrelación más acentuada y expansiva, el logro de una humanidad sin lindes étnicas, de género, de clases… O sea, una mundialización otra, la de la solidaridad.

Sin embargo, los postreros acontecimientos hacen coincidir plenamente con el articulista en que el descomunal contagio, lejos de debilitar a China, poner de relieve sus contradicciones y fortalecer en última instancia a EE.UU. en su puja estratégica, que apenas solapa una guerra económica de ingentes proporciones, atizó en el gigante asiático una respuesta espectacular, la cual ha develado “qué tipo de Estado es, qué instrumentos tiene y cuál es su eficacia sistémica. Delante de nuestros ojos hemos visto en tiempo real un conjunto de decisiones políticas organizadas, ordenadas y en cascada, movilización de recursos de enormes dimensiones, planificación de acciones y coordinación de administraciones desde una disciplina social estricta. Una administración pública se mide en las crisis y hemos visto una burocracia eficiente capaz de auto enmendarse en la propia implementación de las decisiones”.

Más aún: “Los 1.400 millones de chinos continentales han podido percibir […] un gobierno que genera seguridad, protección y garantía para el porvenir. Se suele hablar de la legitimidad de origen y de la legitimidad de ejercicio, pero se olvida la legitimidad por los resultados que refuerza y actualiza las otras dos. Es un viejo tema de la cultura política china, a saber: que no hay gobierno duradero y estable sin el consenso de la sociedad en su conjunto. Lo que seguramente no será del todo entendido es que detrás de un Estado fuerte está el control sobre la libre circulación de capitales, la socialización real de la inversión y un aparato financiero bajo dominio público. Se ha hablado de China como capitalismo de Estado. Habrá que matizarlo y ver hasta qué punto este país es algo más que el fracaso de la vía China al socialismo. Samir Amín –me acuerdo mucho de él– nos decía, una y otra vez, que la transición al socialismo había que pensarla como un proceso histórico de larga duración, pleno de contradicciones, de avances y retrocesos y de sonoros fracasos”.

Y tras insistir en un futuro nivel más alto de la pugna económica y del incremento de la liza estratégico-militar, así como sentenciar que “soñar con un orden internacional democrático y justiciero sin transformar las relaciones sociales de eso que llamamos capitalismo imperialista es quedarse en las afirmaciones huecas”, en su momento el analista previó lo que se cumple hoy como destino, más que premonición: “Veremos a China ayudando a los demás países a salir de la crisis del coronavirus, a enviar especialistas, medios y experiencia. China nunca ha tenido ambiciones imperiales. Sabe que su hegemonía se basará en su capacidad para organizar un mundo multipolar que asegure un nuevo orden fundado en la soberanía de los estados, en la no injerencia y en relaciones económicas justas y sostenibles. La historia se acelera y nos cambiará”. O sea, nos cambiará el socialismo actuante.

Socialismo que ha ganado puntos incluso entre convencidos del “régimen liberal” tales la agencia EFE, que reconocen, con estereotipos y conceptos inherentes a su ideología, lógicamente, que tras el coronavirus el orbe ya no será como era, atendiendo a “todos los expertos, cuyos pronósticos” para la era “postCOVID-19” apuntan a un rol “claramente determinante” de la potencia hoy emergente, en tanto “Estados Unidos genera más dudas por la manera en que está afrontado la crisis. Mientras las debilidades del sistema sanitario estadounidense se hacen patentes con un aumento imparable de casos, China ha logrado dar la vuelta por completo a la percepción negativa que se tenía de este país cuando la pandemia comenzó a extenderse por su territorio. No solo ha frenado el brote, lo que le permite exhibir imágenes de una incipiente vuelta a la normalidad, sino que ofrece ayuda técnica y material al resto del mundo para combatir con mayor eficacia la acelerada expansión de la enfermedad […].Tras cada movimiento que da China está su propio modelo económico y de organización social, una concepción totalitaria que, para este tipo de crisis, se demuestra mucho más eficiente a la hora de tomar decisiones”.

Empero, quedarnos con este ejemplo devendría pábulo para que escépticos, descreídos y conservadores concordaran en que el mero vigor financiero, tecnológico, económico, contribuye a mover armónicamente los recursos en una cruzada contra la muerte que halla paradigma en el cada vez más admirado “dragón”. Por eso, proyectémonos, sin chovinismo, hacia esa minúscula tierra que apuntala día a día una aseveración acuñada, con eco largo: “Cuba salva”.

Lo que verdaderamente vale

Indiscutiblemente, no se trata de holgura de recursos. El archipiélago, que semeja por sus dimensiones geográficas un breve trazo en el planisferio, y se encuentra bloqueado, imposibilitado del desarrollo integral que su pujanza moral y su vocación de igualdad precisan, ha obtenido paradigmáticos niveles de salubridad –sin detenernos en cifras, entre los más altos porcentajes de médicos en el orbe y de camas hospitalarias por habitantes en toda la región, por orear solo dos indicadores–, aparte de elementos concomitantes tales una educación sobresaliente en América Latina y el Caribe, y más allá, conforme a serios organismos como la Unesco.

Recordemos grosso modo que la mayor de las Antillas se esmera en el despliegue de una inteligencia biotecnológica, pongamos por caso, que ha facilitado la producción autóctona del interferón Alfa 2B, utilizado con éxito en la fraterna China para combatir la COVID-19, y que, al momento de escribir estas líneas, era demandado por 75 naciones con el mismo objetivo.

No nos atrevemos a asegurar que la pandemia no cause grandes estragos aquí –embestidas de natura suelen escapar a los más  radicales y bien pergeñados antídotos–. Pero sí que se librará (ya se libra) la más ardua batalla, coordinada estatalmente, con la colaboración del pueblo, contra una contingencia que en lugares como el “revuelto y brutal Norte”, para calificarlo con Martí, ha  hecho confesar a más de un estrevistado –Telesur da fe de ello– que cuando los ricos enferman del coronavirus tienen sus médicos particulares, mientras los pobres hacen largas filas en los supermercados sin salvaguarda alguna. Y he ahí algo diferente: el “simple” resguardo trasuntado en nasobucos, de fabricación artesanal los más –en otros lares esperan por una industria que no da abasto–, un “distanciamiento social”, digamos más bien una distancia física interpersonal, garantizado por la autodisciplina, y en su defecto por una Policía encargada de orientar y aconsejar más que de reprimir… Y claro que lo distinto no radica en las dilatadas colas, porque con ellas los cubanos nos topamos –somos veteranos– hace seis décadas, de resultas de un cerco que “aprieta pero no ahoga”, como la “muchedumbre” suele afirmar de Dios. Al menos a nosotros no nos ha asfixiado, gracias a nuestra soberana voluntad.

A una voluntad que, en el plano político, ha cristalizado en el envío durante décadas de brigadas de personal de salud a los cuatro recodos del globo, ora para restañar la sangre vertida en un conflicto desatado contra el Tercer Mundo por el imperialismo; ora para aliviar las contusiones, fracturas, heridas de un terremoto, un huracán; ora para frenar una infección tan terrible como el ébola…; y se ha traducido asimismo en alfabetizadores, maestros, técnicos situados en territorios que nunca habían visto colmados los anhelos de progreso. Y por qué no, en combatientes que no han vacilado ante el peligro al concurrir al pedido de las víctimas de una vesania armada.

Sobre estos asuntos reflexionaba en cubainformacion.tv Pedro García Jiménez, coordinador provincial en Córdoba de Izquierda Unida, quien elogiaba el sonado espaldarazo a Lombardía, donde los isleños se baten con una dolencia que ha hallado en Italia nido propicio de morbilidad, y de letalidad, como consecuencia de la cantidad de población envejecida, por tanto vulnerable, de acuerdo con diversos especialistas, a los que otros agregan los perjuicios ocasionados por una estrategia neoliberal aplicada a una salud pública antaño más eficiente y pródiga.

Mercado excluyente y desbocado

Comulguemos con Cecilia Zamudio (cubainformacion.tv) en que  el creciente contagio “pone de manifiesto la perversión del sistema capitalista (por si a alguien le faltaba alguna evidencia)”, pues en este, orientado hacia la concentración de las riquezas, basado en la explotación de los asalariados y en el saqueo de la naturaleza, “donde la sanidad es percibida como una mercancía”, la mortalidad de las epidemias se multiplica, en razón de la precariedad del acceso a los tratamientos. En algunas naciones, como los Estados Unidos, los costos médicos resultan exorbitantes; “por ejemplo, los tests para coronavirus cuestan más de 3000 dólares para un paciente sin seguro privado (al menos 27.5 millones de personas están sin cobertura)”. Y en “los países en los que todavía queda algo de sanidad pública (luchada por las y los trabajadores), vemos como los hospitales están desbordados, dados los recortes efectuados en las últimas décadas (desde la caída de la URSS, los supuestos ‘Estados de Bienestar’ capitalistas han venido desmantelando los servicios públicos para agigantar las fortunas de los que capitalizan en base a la privatización de la sanidad, la educación, etcétera)”.

Remarca la articulista que “cuando una epidemia se encuentra con un sistema de salud pública debilitado por la lógica capitalista de privatizar todos los servicios para beneficio de un puñado de multimillonarios en desmedro de la población, sus efectos llegan a ser muy graves, impactando particularmente las vidas de la clase explotada, cobrándose vidas que se hubieran podido salvar. Cuando una epidemia se encuentra con un sistema de salud pública inexistente, que es lo que impera en la mayoría de países devorados por el saqueo capitalista, esta causa una mortandad descarnada, como pasa en decenas de países en los que anualmente mueren centenares de miles de personas por enfermedades curables”.

Lo cierto es que, a juzgar de Atilio Boron, en La Haine, se han  movido las placas tectónicas económico-sociales de alcance universal y ya nada será como antes. Ingente desafío, acota el conocido intelectual de izquierda, para quienes desean construir un mundo mejor, porque la catástrofe ofrece una oportunidad única, inesperada, de imperdonable desaprovechamiento. Por lo que, exhorta, la consigna de la hora para todas las fuerzas anticapitalistas es concienciar, organizar y bregar hasta el fin, “como quería Fidel”. Y tomando en cuenta, subrayemos, que el hombre no es lobo del hombre si se borran las estructuras que condicionan esa máxima


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca