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Publicado el 8 Julio, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Piratería de tierras ajenas

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Prepotente señala en el mapa y con el puntero abarca los cinco mil 860 kilómetros cuadrados de Cisjordania. Como si fuera su cumpleaños, Benjamin Netanyahu, el primer ministro de Israel, se regala tierras que no le pertenecen. La actitud no es nueva; viene reproduciéndose desde 1948, cuando se fundó el Estado hebreo. Sin embargo, a partir de 1967 el sionismo ha llegado a tal paroxismo colonialista que se siente legítimo dueño de lo que el Derecho Internacional certifica como robado.

Al cierre de esta edición estaba por verse si finalmente el Gobierno de Tel Aviv se anexionaba la Cisjordania ocupada. Se trata de un proceso, no de un capricho de ocasión: el pasado año el Parlamento aprobó la legalización de cuatro mil viviendas israelíes ubicadas en tierras privadas palestinas en la Franja. Esto, a ojos vista, constituye una ilegalidad, a la que se suma la actual decisión de apropiarse de lo que ancestralmente le corresponde a otra nación.

En ese sentido, tal como consigna Prensa Latina, personalidades de los expropiados, entre líderes políticos, religiosos, académicos, empresarios, artistas y defensores civiles, firmaron un llamamiento para recabar apoyo mundial frente a los planes de descarada rapiña. Por su parte, la ONU, representada por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, calificó de ilícitos semejantes actos.  “Cualquier anexión es ilegal, ya se trate del 30 por ciento o del cinco por ciento de Cisjordania”.

Asimismo, en un tono resuelto e impregnado de sentido común, pidió a “Israel que escuche a sus propios exfuncionarios y generales, así como a numerosas voces en el mundo, advirtiéndole de no seguir por esta vía peligrosa que abriría ondas expansivas que durarán décadas y serán extremadamente perjudiciales”.

El envalentonamiento de Netanyahu se debe, entre otras cosas, al respaldo que recibe del presidente yanqui, Donald Trump, quien en julio del 2019 anunció, ante una sorprendida audiencia en la ONU, que EE.UU. ya no respetaría la “ficción” creada en torno al conflicto palestino-israelí y que era hora de “comenzar un debate nuevo y realista sobre el tema”, sin tener en cuenta el pasado. O sea, borrar del mapa todo lo que esté demarcado en árabe para comenzar a nombrarlo en hebreo. La propuesta promulgada en Washington, conocida como el Acuerdo del Siglo, prevé conceder a los palestinos una autonomía limitada dentro de una patria discontinua, adicionalmente deja en manos de Tel Aviv el cotizado valle del Jordán y declara a Jerusalén, reivindicada por ambas partes, capital indivisible de Israel.

¿Qué consecuencias acarrerá esto a los principales afectados? Serían muchas las pérdidas y los daños. Y para ejemplificar sus secuelas negativas podríamos referirnos a un sector que mueve a la compasión y a la ternura: la infancia. Los territorios ocupados de Cisjordania albergan a alrededor de 80 mil palestinos, incluidos 25 mil niños, que verán en peligro sus derechos a la supervivencia, a la salud, a la educación y a la protección.  No en balde, Niveen, adolescente de 12 años, lanzó desde el sitio digital Palestinalibre una pregunta estremecedora: “¿Y qué pasará cuando me quede sin espacio para vivir y crecer?”.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda