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Publicado el 22 Agosto, 2020 por Pastor Batista en Opinión
 
 

FRENTE AL DELITO: ¿Y yo qué?

PASTOR BATISTA VALDÉS

Con curiosidad unos, con cierta satisfacción otros y con preocupación no pocos, los televidentes siguen, día a día, los hechos que presenta la emisión estelar de la televisión cubana acerca de acaparamiento de productos, desvío de recursos y otras ilegalidades que anidan en el ámbito económico-social.

Evidencia de grietas en los sistemas de control y en la labor de prevención que debe prevalecer todo el tiempo en tiendas, almacenes, empresas y entidades, dichos casos afloran como resultado de operativos realizados por el Ministerio del Interior en el contexto de su actividad encaminada a preservar los bienes del Estado y la tranquilidad ciudadana.

Como es de suponer, gran parte de esos sucesos delictiivos constituyen vértice de la opinión pública esa misma noche y al siguiente día, entre miles de ciudadanos que no solo se sientan frente al televisor a captar pasivamente las informaciones, sino también para procesarlas, interpretarlas y, como sugiere el periodista Reinaldo Taladrid, llegar a conclusiones propias.

No hay duda de que a escala de sociedad prevalece un sentimiento de rechazo hacia delitos que, por la magnitud e impunidad con que son cometidos, parecen obra de fértil imaginación por parte de guionitas en el campo del cine o la televisión.

Lo mismo entre personas entrevistadas por la prensa que de manera espontánea en parques, plazas y otros espacios, la gente pide justicia, medidas ejemplarizantes contra quienes acaparan, desvían y utilizan para lucro personal alimentos, artículos de aseo, renglones del agro, piezas de autos, equipos electrodomésticos y otros productos del Estado, concebidos para bien de toda la sociedad:

Llegado a ese punto, un detalle sigue llamando mi interés. Por momentos tengo la impresión de que la mayoría de los televidentes nos convertimos más en receptores quietos del mensaje que en la necesaria y consiguiente transición a sujetos activos, llamados a tomar parte en la solución de un fenómeno que desangra a la economía nacional e incide de forma directa sobre la satisfacción de necesidades y bienestar de nuestros propios hogares.

Pareciera que la detección, enfrentamiento, neutralización y desarticulación de casos, muchas veces concatenados con otros a modo de red, es asunto exclusivo de la policía.

O sea, es como mirar desde el lado de acá lo que las autoridades hacen al lado de allá, cuando en verdad no debe haber una cerca que divida o marque terrenos.

¿Y el ojo de la comunidad?

No nos engañemos. ¿En qué barrio no se sabe de la pata que cojea cada quien?

No niego que jefes de sectores y otros compañeros encargados del orden público pudieran haber detectado antes el trasiego de mercancías y de productos al por mayor, no precisamente dentro de una jabita de nailon o caja de cartón al hombro, sino a bordo de camiones o de furgones, luego de ser sustraídos de almacenes, naves, contenedores o directamente del entorno productivo.

Pero, a la par, me viene la interrogante: ¿Y el ojo de la comunidad; es decir, vecinos, CDR, FMC, jubilados… donde ha estado?

Para bien de todos (economía nacional, sociedad, país) una buena cantidad de esos “increíbles” casos han sido descubiertos y tendidos a plena luz. Pero… ¿cuántos autores permanecen todavía agazapados, como fiera acorralada, estudiando meticulosamente el terreno, a la espera de lo que pueda suceder o del primer chance para esquivar y burlar el justo golpe de la ley?

Pudiera hasta ocurrir que, ante el peligro de ser descubiertos y de engrosar la citada relación de delitos, individuos astutos intenten “desconcentrar” o mover de sitio parte de lo que turbiamente se han agenciado con el propósito de revender y lucrar a costa de las necesidades de los demás.

Atentos pues. En cada barrio, en todos los escenarios, ese no es enfrentamiento de un día. Tal vez apenas estemos comenzando. Y lo más cierto es que solo hay una alternativa: ponerle fin a ese fenómeno cuanto antes… entre todos.

 


Pastor Batista

 
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