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Publicado el 31 Agosto, 2020 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Llagas en el tomacorriente

Pastor Batista, corresponsal de BohemiaPor PASTOR BATISTA VALDÉS

Por razones lógicas, los meses del verano son propensos a un incremento en el consumo energético, al menos en el entorno hogareño.

La presencia de niños disfrutando sus vacaciones y gran número de adultos también, hace que aumente el uso de televisores, ventiladores, equipos de aire acondicionado, radio receptores, batidoras en función de meriendas, computadoras conectadas, luces encendidas, turbinas subiendo agua desde cisternas hacia tanques elevados…

Tal realidad no es privativa de la etapa estival 2020. Así ha ocurrido durante años. Tampoco es esta la primera vez que Bohemia expone el asunto, alerta o llama a meditar.

Quizás lo diferente —que intensifica consumo energético— está en la recurrente exhortación por parte de las autoridades sanitarias, políticas y gubernamentales a permanecer todos en casa, el mayor tiempo posible.

O sea, mientras en veranos anteriores mamá y papá o los abuelos tomaban al niño de la mano para llevarlo a corretear por el parque, a pasear al perro o a la piscina más cercana, esta vez la orientación ha sido abstenerse de realizar cualquier salida innecesaria, como medida preventiva frente al peligro real que continúa implicando la Covid-19.

Sin embargo, la cordura, la capacidad de razonamiento y la necesidad de pensar y de actuar como país deben tener también su forma de expresión y su espacio dentro de cada hogar.

Sobregiros en el consumo

Directivos de la Oficina Nacional de Uso Racional de la Energía (ONURE) han expresado preocupación frente a sobregiros en el consumo. Desde el lado de acá de la pequeña pantalla millones de televidentes sabemos perfectamente que es posible disminuirlo.

En no pocas viviendas, como también en instalaciones estatales, se sigue derrochando electricidad a derecha e izquierda.

Luces innecesariamente encendidas, incluso durante el día; televisores funcionando sin nadie delante de ellos, aires acondicionados conectados por gusto, agua hirviendo interminablemente en una olla para un baño que no acaba de realizarse, falta de cuidado y de sensibilidad en el crítico horario pico… son solo algunas de las formas en que se manifiesta el fenómeno.

“Y a mí qué me importa; yo pago mi corriente” —suelen decir ciertos ciudadanos cuando alguien les hace la observación.

Error. El hecho de que pagues (una cantidad incomparablemente inferior a la que, con igual nivel de consumo, abonan consumidores en muchísimas partes del mundo) no te da ningún derecho a malgastar o a derrochar al por mayor.

En cualquier nación subdesarrollada, bloqueada como ninguna otra en el mundo, inmersa desde hace meses en elevados gastos para enfrentar a la pandemia del nuevo coronavirus y, para colmo, con descenso drástico en sus ingresos financieros como consecuencia de la propia coyuntura nacional e internacional, los apagones eléctricos rayaran en lo cotidiano.

¿Dónde, en qué momento y por cuántas horas consecutivas sucedieron en julio y agosto? Muy poco o nada.

Pero si no halamos parejo contra el derroche, si seguimos apuñalando el tomacorriente a espigazo limpio, las indeseadas afectaciones en el servicio pueden sobrevenir.

Si alguien imagina que la favorable o favorecida situación que hasta ahora hemos tenido los habitantes de este archipiélago es obra o milagro de la naturaleza, entonces nada de lo escrito hasta aquí tiene valor.

Seamos, por tanto, consecuentes con un privilegio que, como mínimo, merece la correspondiente gratitud de todos… en hechos concretos.


Pastor Batista

 
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