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Publicado el 6 Agosto, 2020 por Prensa Latina en Opinión
 
 

No es tiempo de ceremonias

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Ya no supone exclusiva prefiguración de quienes comparten el análisis marxista de la realidad. Lo constatan incluso aquellos que no comulgan con el Prometeo de Tréveris en lo tocante a las causas, la ineluctabilidad, la posible y necesaria salida del “entuerto”. El propio Banco Mundial (BM), connotado alabardero del neoliberalismo, acaba de anunciar una nueva concreción de las crisis cíclicas del capitalismo.

Solo que, no faltaba más, los directivos de cuello impoluto y afelpadas manos se abstienen de contextualizar el crack con toda objetividad. Si de historia se trata, pues se ciñen a simples analogías, y evitan o niegan la trabazón, el hilo conductor, la lógica de un fenómeno consustancial al Sistema, sembrado en el ADN de este. Fenómeno que, aun olfatéandolo, los mandamases se ven imposibilitados de impedir, atados por la maximización de las ganancias, la reproducción del capital como conditio sine qua non del régimen, y por el presentismo con que la llamada conciencia cotidiana acusa recibo de estas leyes descubiertas por el pensamiento crítico. Claro que los muchachos del BM aluden a otras debacles –ocultarlas supondría pecado de leso discernimiento–, pero quedan en la simple mención, en la mera taxonomía, esgrimiendo en calidad de razón principal, si no de la única, el nuevo coronavirus. Nada que imputar al modo de producción. Detonante convertido en fuente por antonomasia.

El organismo vaticinó para 2020 una retracción planetaria del 5.2 por ciento, con una caída del PIB en Latinoamérica del 7.2. “La pandemia representa el mayor golpe económico que el mundo ha experimentado en décadas, provocando un colapso de la actividad global”, reveló el ente, citado por AFP. Y los datos se arraciman. “La contracción de la economía mundial llevará a la peor recesión en 80 años, pero la caída del producto bruto per cápita es la más extendida desde 1870, debido al número de países afectados. Esta crisis puede arrastrar a entre 70 y 100 millones de personas a la pobreza extrema, una cifra mayor a la estimación previa del Banco, que proyectaba que 60 millones de personas estaban en riesgo […] Para frenar el contagio y tratar de evitar un desborde de los sistemas de salud, numerosos países decretaron un confinamiento que tuvo efectos severos en la economía. Según las previsiones del BM, China registrará un crecimiento de 1por ciento, en contraste con la contracción de 6.1 por ciento en Estados Unidos, de 9.1 por ciento en la Zona Euro y de 6.1 por ciento en Japón. El Banco estimó que este golpe va a ser más fuerte donde la pandemia ha sido más severa y en los lugares que dependen más fuertemente del comercio global, el turismo, las exportaciones y el financiamiento exterior”.

Aunque “Estados Unidos cayó oficialmente en una recesión en febrero, cuando el país comenzó a sentir los efectos de las medidas impuestas para combatir el brote del nuevo coronavirus”, consigna un informe de la Oficina Nacional de Investigación Económica, ocurre que especialmente padecerá la “periferia”. Algo que nos hace explicarnos la suspicacia de Michel Chossudovsky, de acuerdo con quien, mientras el aislamiento estricto y general, inflexible decretado en disímiles sitios se presenta como “único medio para resolver una crisis mundial de salud pública”, se ignoran “sus devastadores impactos económicos y sociales. La verdad impronunciable es que el nuevo coronavirus constituye un pretexto para poderosos intereses financieros y políticos corruptos, para llevar al mundo entero a una espiral de desempleo, bancarrota, pobreza extrema y desesperación”. La hecatombe, aprovechada como medio de destrucción de las fuerzas productivas, casi en sus límites de expansión, para luego recomenzar a vigorizarlas, en una espiral que algún día tendrá que terminar.

Pero continuemos con los enunciados del BM traídos a colación por la Agencia Francesa de Prensa. “En Brasil –el tercer país con más muertos después de Estados Unidos y el Reino Unido [hoy ocupa el segundo puesto]– el Banco Mundial espera una contracción de 8 por ciento del PIB, mientras que para Argentina la entidad proyecta una retracción del PIB de 7.3 por ciento, y de 7.5 por ciento para México. […] el impacto en América Latina es más pronunciado que el desplome sufrido durante la recesión financiera global de la década pasada o durante la crisis de la deuda de la década de 1980. La abrupta desaceleración en Estados Unidos y en China perturbó la cadena de suministros para México y Brasil, y provocó una aguda caída de las exportaciones en países como Chile y Perú […]. En Centroamérica, el choque llegó mediante la severa contracción en Estados Unidos, que afectó el comercio y las remesas de migrantes. En México y el Caribe el golpe también llegó por el hundimiento de la industria del turismo”.

¿Qué se espera? “Una contracción del PIB per cápita en un 90 por ciento de los países emergentes [ojo con el “detalle”] y [se] teme que esto arrastre a millones de personas a la pobreza. El informe advirtió que los mercados emergentes recibirán además el golpe de un crecimiento más débil en China y de un colapso de la demanda global de materias primas, especialmente del petróleo. El promedio de los países en desarrollo es más vulnerable al estrés financiero ahora que antes de la crisis global de 2007-2009”.

¿Quiénes pagan el pato?

Obvio: los de “abajo”. No en vano Manuel Ruiz Rico subrayaba, en Página 12, que en tanto en EE.UU. se perdían 22 millones de empleos, a la altura de principios de mayo, los más opulentos veían crecer su fortuna, “inmunes a la crisis económica desatada por la COVID–19. Según un informe del Institute for Policy Studies, una organización progresista con sede en Washington DC, los milmillonarios de Estados Unidos [la revista Forbes los cifra en 607] aumentaron su riqueza en 282.000 millones de dólares en solo 23 días, los que van desde el 18 de marzo hasta el 10 de abril. No es un margen de fechas cualquiera. Se trató del primer repunte pronunciado de la epidemia de COVID-19 en el país”.

Chuck Collins, uno de los autores del alerta acerca del ahondamiento de las desigualdades, “a menos que el Gobierno intervenga con medidas audaces para gravar con impuestos” a los magnates, discurre que, “si se sigue actuando como hasta ahora, solo se acentuará la polarización económica”. Polarización ya desalada en el año 2019, cuando los 2 153 multimillonarios que había en todas las latitudes detentaban más dinero que el 60 por ciento de los habitantes del globo. Un documento del socorrido Comité de Oxford para el Alivio de la Hambruna (Oxfam) pormenorizaba que aquellos acumulaban más capital que los 4 600 millones de los más pobres juntos. Y que el patrimonio de los cresos correspondía a “riqueza acumulada de los 6 900 millones de personas menos ricas, es decir, un 92 por ciento de la población del planeta”.

Lo cual impele, concordemos con Mirko C. Trudeau (CLAE), a replantear a fondo el sistema económico que ha copado casi todo el orbe, con diferentes ritmos y alcances, a lo largo de los últimos 40 años, porque la cabalgada del tenebroso coronavirus se asienta en la absolutización del mercado; en la adquisición incesante de bienes y servicios a costa de la privatización de la salud, la educación; y en la precarización inhumana de las condiciones laborales. Imprescindible, por tanto, escapar de la concepción y la práctica neoliberales. Sí, urge desembarazarse de la estrategia que privilegia a unos pocos no solo “para recuperar las sociedades de la producción frente a la vigente sociedad de consumo, sino para poder defender el medioambiente ante la amenaza del cambio climático, fortalecer las economías locales y las lógicas de organización comunitarias, en un mundo que ya no será el mismo”.

¿Cómo será, entonces?

Distinto, proclaman los más de los meditadores. A guisa de botón de muestra, retomemos la postura de Michel Chossudovsky, vertida en un texto traducido por Ariel Noyola Rodríguez de Global Reserch y que encontramos en Insurgente. “¿Hacia un nuevo orden mundial? Crisis global de la deuda y privatización del Estado”. Así titula el especialista el artículo donde, como apuntábamos arriba, sitúa en entredicho el encerramiento a cal y canto –impuesto en detrimento de un recogimiento inteligente, escalonado, flexible–, más que todo porque, en las circunstancias de carencia, de negación de una política socialdemócrata de bienestar, a millones de personas se les han difuminado sus empleos y los ahorros de toda la vida. “En los países en desarrollo prevalecen la pobreza y la desesperación”. Y no únicamente en ellos: la carestía resulta ecuménica. En simultaneidad con las hambrunas en el Tercer Mundo, miríadas de estadounidenses, desesperados, conforman largas filas ante los bancos de alimentos y las oficinas de desempleo –el pedido de subsidios ascendía a alrededor de 40 millones al pergeñarse estos renglones, y se auguraba una escalada del monto–. La pitanza desaparece lo mismo en la India que en Italia, dos extremos que podrían estar dejando de serlo, si tenemos en cuenta la “globalización de la pobreza”, la “tercermundización de los llamados países desarrollados”.

Rememora, el pensador, que hasta el momento las crisis han sido enfrentadas con la hegemonía del dólar, el abultamiento de la deuda denominada en esta divisa; el levantamiento de los controles de precios y la desregulación del mercado; una austeridad que acarreó el deterioro de los salarios reales; la imposición de programas de privatización de los sistemas de salud pública inclusive –“medidas económicas mortales”, fondomonetaristas, “aplicadas en nombre de los acreedores”, que han suscitado “siempre colapso económico, pobreza y desempleo masivo”–. Un “ajuste estructural”.

Sin embargo, aduce, “en la crisis económica de 2020 (que está vinculada a la lógica de la pandemia de la COVID-19), ya no es necesario que el FMI-Banco Mundial negocie un préstamo de ajuste estructural con los gobiernos nacionales. Lo que ocurrió bajo la crisis de COVID-19 es un ‘ajuste global’ en la estructura de la economía mundial. De un solo golpe, este ‘ajuste global’ desencadena un proceso mundial de bancarrota, desempleo, pobreza y desesperación absoluta […] El encierro se presenta a los gobiernos nacionales como la única solución para resolver la pandemia COVID-19. De esta manera, se convierte en un consenso político, independientemente de sus devastadoras consecuencias económicas y sociales”.

Chossudovsky opina que el férreo enclaustramiento, “con las restricciones al comercio, la inmigración y el transporte, etcétera”, constituye “un acontecimiento sin precedentes en la historia mundial”, que “afecta las líneas de producción y suministro de bienes y servicios, actividades de inversión, exportaciones e importaciones, comercio mayorista y minorista, gastos de consumo, actividades de escuelas, colegios y universidades, institutos de investigación, etcétera”. ¿El objetivo detrás de esta reestructuración universal? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Quiénes ganan? A estas interrogantes, se responde: “Concentración de la riqueza, desestabilización de las pequeñas y medianas empresas en las principales áreas de la actividad económica, incluida la economía de servicios, la agricultura y la manufactura. Eliminación de los derechos de los trabajadores. Desestabilización de los mercados laborales. Contracción de los salarios (y los costos laborales) en los llamados ‘países desarrollados’ de altos ingresos, así como en los países en desarrollo”.

He aquí el neoliberalismo a la enésima potencia. Mientras el megacontagio contribuye a arruinar a una ingente porción de los terrícolas, el FMI y el Banco Mundial se afilan los dientes, listos para “operaciones de rescate”. Por eso sus cabecillas han reconocido el estancamiento sin abordar sus razones primordiales. El comentador no duda: se trata de “hacer que la deuda externa (denominada en dólares) aumente bastante”. ¿A qué conducirá? “Eventualmente, esta crisis precipitará la privatización del Estado. Cada vez más, los gobiernos nacionales estarán dominados por el Gran Dinero (Big Money)”. Y “recordemos la histórica declaración de Kissinger de 1974: ‘La despoblación debería ser la máxima prioridad de la política exterior de Estados Unidos hacia el Tercer Mundo’. (Memorándum del Consejo de Seguridad Nacional de 1974)”.

Contraponiéndose a los intelectuales progresistas que creen que la coyuntura trasunta una aplastante derrota del liberalismo –cuya “legitimación” ha mermado considerablemente, por motivos como su torpeza en el manejo de la COVID-19–, un punto de inflexión potencial, la apertura de una nueva etapa para construir el socialismo o restaurar la socialdemocracia desde el “cerrojo”, el ensayista juzga que el Sistema se ha consolidado; que, aprovechando el pánico desatado, se dirige a formas políticas más autoritarias. Pero concluye sus reflexiones con una proposición optimista: “La oportunidad histórica de confrontar las estructuras de poder del capitalismo global, incluido el aparato militar de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), es lo que hay que aprovechar a partir de este encierro”.

¿Discutible una que otra de las aseveraciones sobre la pétrea clausura? Tal vez. Empero, remarquemos que, aun si se erige esta en imprescindible, siquiera por un breve lapso, en aras de un coto a la transmisión del SARS-CoV-2, diversos observadores ponen énfasis precisamente en cuánto se granjearán con ella los explotadores.

Patricia Lee Wynne (Sputnik) va más allá, al afirmar con todas las letras que, transcurridos unos 50 años “de expansión ininterrumpida del comercio mundial, los viajes y la interconexión, la pandemia de coronavirus asesta un durísimo golpe a la globalización”. Hogaño, coincide con Chossudovsky, las circunstancias difieren sustancialmente. “El mundo salió –a medias– de la crisis de 2008-2009, la más profunda desde 1929, gracias a la infusión masiva de créditos y subsidios estatales a los bancos y a la masiva inyección de dólares y euros para sostener el consumo. Pero lo fundamental fue el crecimiento de China, que se convirtió en la locomotora del planeta y se hizo cargo del 40 por ciento del crecimiento mundial en esta última década”.

¿Estaría ahora el gigante asiático en condiciones de reeditar su hazaña tras una rápida recuperación, contenida la galopante infección? Indiscutiblemente, ese modelo se agotó. Por primera ocasión desde los 70 del siglo pasado, la economía del “dragón” decreció en el primer trimestre de 2020, y para el año en curso se augura un incremento de apenas el uno o el dos por ciento. “Esto implicará que su clase media consumirá menos, que el país exportará menos porque caerá el comercio mundial, y por lo tanto el país comprará menos hierro, soja, carne, cobre, litio. [Lo cual, por ejemplo] golpeará de lleno a Latinoamérica, en especial a los países que tienen a China como su principal cliente comercial, como Brasil, Perú o Chile”.

A estas alturas, la entendida se pregunta: ¿nos encaminamos a un capitalismo más humano, como hay quienes afirman? No, se contesta, millones de negocios quebrarán, cientos de millones de personas quedarán sin empleo, los salarios se despeñarán, se dispararán la concentración monopólica, la miseria y la iniquidad. “Según la OIT, la mitad de la fuerza laboral del mundo verá destruido su modo de vida, es decir, 1.600 millones de personas”. Por si no bastara, “los planes de salvataje son en su mayoría para salvar los bancos, las compañías de aviación y grandes empresas”.

En ese paisaje, más que agreste, salvaje, se precisa, por elemental y racional mandato histórico, que nos organicemos y luchemos. La violenta crisis, solo comparable con la Gran Depresión de los años 30 del pasado siglo, propicia las condiciones objetivas para la revolución. Restaría la plenitud de las subjetivas. Breguemos, pues.


Prensa Latina

 
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