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Publicado el 24 Agosto, 2020 por Liset García Rodríguez en Opinión
 
 

Visita no deseada en tiempos de nasobucos

Cara a cara.Por LISET GARCÍA

Ahora es Laura la que tiene en vilo al archipiélago cubano. Ha llegado en medio de una pandemia que no necesitaba compañía ni otros invitados. Lleva nombre de mujer, de cinco letras como Flora, de la que no pocos guardan recuerdos nada agradables. Se le reconoce como el huracán más peligroso que haya asolado al país, y de su historia no se ha dejado de hablar.

Los ojos de Cuba no descansaron durante esos días de octubre de 1963. Las imágenes de entonces traen a la memoria la tristeza provocada por aquel fenómeno meteorológico, y la preocupación de los principales dirigentes de la Revolución, quienes fueron enseguida a los sitios en los que más duro golpeó. Se recuerda a Fidel encima de un anfibio con su uniforme mojado, luego de recorrer las áreas dañadas e intentar preservar lo que fuese salvable, pensando y trazando estrategias.

Pero, si algo cabe agradecerle a Flora son las enseñanzas que quedaron de su paso errático por la zona oriental que dejó sin vida a más de mil doscientas personas, zonas arrasadas y enormes inundaciones.

Fue el hecho que marcó el antes y el después de la Defensa Civil cubana, creada el año anterior al Flora y que es hoy reconocida por organizaciones internacionales de Naciones Unidas, dada su capacidad para movilizar a partir de rutas bien trazadas, legisladas incluso, partiendo de la prevención, palabra a la que se dirigen todas las miradas, pasando por la educación y la movilización popular.

Salvar vidas, lo primero

Pensada inicialmente para proteger a la población de los ataques terroristas, organizados por la CIA y las bandas contrarrevolucionarias que luego de 1959 no dieron tregua a la Revolución, pronto la Defensa Civil amplió su horizonte para organizar el enfrentamiento a otras contingencias, como los huracanes, tan frecuentes en nuestra área geográfica.

Llegar a lo que es hoy: un sistema integrado de estudio de vulnerabilidades de todo tipo y prevención de riesgos, ha puesto a Cuba a salvo, en primer lugar la vida de las personas, a la vez que cuenta con una organización para proteger anticipadamente los bienes de las personas y los recursos económicos.

Por eso desde que Laura se asomó en el Atlántico, se encendieron las alertas tempranas. No por ser solo una tormenta tropical, ha sido menos vigilada, porque la clave es anticiparse a lo que vendrá partiendo de la información de su trayectoria y sus características. Ya la pandemia tenía al país con las botas puestas, en pie de lucha, sorteando carencias económicas venidas de un cruel bloqueo económico de Estados Unidos.

Los consejos de defensa territoriales, estructura que adopta el país en casos de emergencias, sin desviar la atención al coronavirus ni quitarse el nasobuco, junto a todos los actores sociales, se volcaron a la preparación para evitar los daños que podría dejar ese fenómeno atmosférico. Cuantiosos perjuicios, incluso muertes, ya dejó a su paso por otras isla caribeñas.

Los cubanos saben bien los estragos que pueden provocar las marejadas y los vientos. Y también las lluvias, aunque en esta ocasión serán bienvenidas para mitigar la sequía de meses anteriores. Por eso, atando todos los cabos de su estrategia, el país puso en marcha otra vez su manera de enfrentarse a los posibles desastres, bajo las riendas de la máxima dirección del gobierno, que no pierde ni pie ni pisada a los acontecimientos. Tampoco su pueblo, entrenado en una cultura de seguridad y educado en la solidaridad y el bien colectivo.

 


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez