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Publicado el 29 Septiembre, 2020 por Elsa Claro en Opinión
 
 

Bielorrusia: Un remake grosero

Por ELSA CLARO

Sin negar de manera absoluta la posibilidad de cierto abultamiento del resultado a favor de Alexander Lukashenko en las elecciones del 9 de agosto en Bielorrusia, los politólogos más serios están convencidos de su éxito en las urnas. Hay razones, y nada pequeñas, para que el dirigente conserve el apoyo de la mayoría, aunque parte de los ciudadanos quieran cambios, algunos de los cuales podrían pesarles después.

La vecina Ucrania tiene un PIB muy inferior precisamente por haber aplicado el esquema neoliberal que piden ahora algunos individuos y grupos en Minsk, creyendo en la receta impulsada desde el exterior. No es una sospecha. Sobresalen evidencias comprometedoras en gran escala que involucran a Estados Unidos y a naciones cercanas, como Polonia y Lituania, que estarían arrimando a las brasas sus confusas sardinas.

En sentido contrario a experimentos fracasados están los hechos. La administración de Lukashenko mantuvo los medios fundamentales en propiedad del Estado (de esa fuente se obtiene el 50 por ciento del PIB), sin impedir la participación del sector privado en diversas esferas, incluyendo especialidades informáticas, con competitivos resultados. Las tierras, particulares o no, propician la mayor parte del sustento para la población y eso hace innecesarias muchas importaciones.

Los analistas más concienzudos admiten que la política socializadora del Gobierno condujo a un Estado de bienestar con apreciable estabilidad y que comenzó por eliminar la pobreza en el orden del 41.9 por ciento a inicios de los 90, para disminuirla hasta el 5.6 posteriormente. Se trata de una de las más bajas tasas de Europa.

Esta nación es una de las pocas que mantuvo la gratuidad en las esferas educativa y sanitaria, así como subsidios para equilibrar de modo bienhechor la existencia de los ciudadanos, entre diversas y señaladas ventajas.

Con respecto a la corrupción, mal padecido en todo el mundo y muy difícil de erradicar por entero, Minsk exhibe un horizonte más despejado que el de sus vecinos. Así lo testimonia Transparency International, que no regala puestos de menos a ningún país, máxime a uno tan atrevido como para mantener normas político-sociales cuando tantos las abandonaban.

¿Inocente, culpable o víctima?

Vale poner de relieve que a Lukashenko le endilgan varias culpas; sin embargo, no pueden acusarle de haberse enriquecido, como sí lo hicieron –y lo hacen– políticos favorecidos por Washington, Bruselas o Varsovia. Hay que tenerlo presente al sacar las cuentas.

“Sí, probablemente he estado demasiado tiempo en el poder”, dijo el Presidente bielorruso ante varios medios nacionales y rusos. Pero no piensa renunciar, pues lo alcanzado se perdería, y sobre todo: “Si me voy, arremeterán contra mis partidarios”. Y los tiene, a juzgar por las contramanifestaciones y el calor otorgado desde fábricas y campo, aunque esa parte de la historia no la cuenten los grandes medios, donde solo resaltan las voces opositoras. Él no se opone a nuevas elecciones, alegó.

Como ocurre en cualquier sitio, los dirigentes sufren desgaste según pasa el tiempo, y Lukashenko lleva casi 25 años ejerciendo el cargo. No todos sus emprendimientos fueron gratos. Nunca lo será para la totalidad de la población, y tiene lógica que en su caso disminuyera la cifra de simpatizantes. Muy en particular durante la última etapa, cuando los niveles de crecimiento descendieron y, además, se le achaca no haber tomado muy en serio la COVID-19, algo con repercusiones, oportunistamente aprovechado por sus detractores.

Otro factor en la lista de posibles debilidades es una relativa ambivalencia del mandatario con respecto a Rusia. No haber reconocido las incorporaciones de Abjasia, Osetia del Sur y Crimea (todas avaladas por la mayoría de sus ciudadanos) se interpreta en calidad de política independiente por algunos nacionalistas y logró el beneplácito en Occidente, pues sirve bien a la estrategia anti Moscú que también asoma tras los disturbios bielorrusos.

Sin constituir un calco, algunos pasos del Presidente puesto en solfa recuerdan lo hecho por dirigentes que coquetearon con naciones poderosas buscando reacomodos en su favor y concluyeron avasallados por los nuevos amigos.

No todos piensan igual, pues los bielorrusos se mantienen muy apegados a sus orígenes, trayectoria y rasgos de identidad. Aprecian fortificar los vínculos histórico-culturales con quien sostiene la mayor parte de sus intercambios productivos en ambos sentidos. Por eso surge el proyecto para la Unión Estatal de Rusia y Bielorrusia. Esa alianza, destinada a estrechar economías, sin que ninguno de los dos miembros pierda potestades, se formuló hace tiempo mas no acaba de concretarse, debido –según uno que otro analista– a que Lukashenko la usa como palanca para obtener concesiones del Kremlin.

Es posible, pero no un hecho probado. Dígase, sin embargo, que, en su visita a Minsk en medio de la delicada situación actual, el primer ministro ruso, Mijaíl Mishustin, hizo referencia a los avances para implementar ese pacto. De eso nada hablan los opositores a Lukashneko.

Estos, además, evaden referirse al plan para privatizar a fondo la economía, una divisa de ellos y sus promotores extranjeros. Y no es un sofisma. “Nuestros objetivos y metodología en Bielorrusia son los mismos que utilizamos en Nicaragua”, dijo con naturalidad Michel Kozak, funcionario norteamericano conocido en nuestras latitudes.

Con igual sintonía se expresó Hans-Georg Wieck, jefe del grupo de asesores y observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de quien se supo trabajó, junto con la embajada norteamericana en Minsk, creando ¡300 organizaciones no gubernamentales! para promover una “sociedad abierta”.

Tampoco es accidental la conjugación de esfuerzos desde Varsovia y Vilna, que emiten propaganda con ataques a Lukashenko. Lituania es asiento para bravuconerías militares de la OTAN, en su frontera con Bielorrusia, buscando amedrentar al denostado Presidente y darle sello de legitimidad tanto a confundidos como a perversos.

De nuevo, la falta de imaginación y creatividad de quienes hacen todo para imponer su criterio y poderío, saquear cuanto sea posible –y este país tiene una base material privatizable apetitosa–, les hace repetir dramas que, parece, no tendrán un segundo tiempo como farsa.


Elsa Claro

 
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