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Publicado el 1 Septiembre, 2020 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Del imperio, qué tal si…

Pastor Batista, corresponsal de BohemiaPor PASTOR BATISTA VALDÉS

A ti, quien seas, donde estés, en un único idioma: el del derecho a la existencia.

Aunque parezca o realmente emerja como ficción en pleno siglo XXI, más de una vez me he preguntado qué ocurriría si de repente el mundo viera a Estados Unidos retirar todas las fuerzas y medios que han tenido y mantenido durante décadas, siglos incluso, en­ unas 800 bases militares plantadas por todo el planeta, casi siempre contra la voluntad de pueblos.

Qué ocurriría si su política exterior dejara de provocar conflictos, guerras, y de inmiscuirse en asuntos internos bien externos y lejanos de Washington.

Qué tal si echaran a un lado la manía de dividir, fraccionar, debilitar y desarticular la unidad de los pueblos y movimientos orientados hacia el progreso y la soberanía.

Imaginemos que mañana mismo el imperio dejase al mundo árabe la solución de sus problemas y no amamantara más al régimen sionista de Israel.

Qué sería de Bolsonaro, en Brasil; de Jeanine Añez en Bolivia; de Guaidó, en Venezuela; de Lenin Moreno, en Ecuador; del paramilitarismo colombiano… sin la ingerente transfusión desde Washington.

Algo me hace pensar que hasta los pulmones políticos del Viejo Continente respirarían un poco más aliviados, con aires de nuevos tiempos, si hasta ellos no llegaran los contaminantes brisotes de la Casa Blanca.

Cómo acogería el mundo entero el fin del bloqueo genocida, cada vez más acentuado contra Cuba por parte de Estados Unidos y la consiguiente posibilidad de viajar desde y hacia todos los confines del globo terráqueo, comercializar, invertir, entregar y recibir a cambio, sin presiones a terceros, condicionamientos, sanciones, zancadillas ni temores.

Qué tal si -siendo los terceros productores mundiales de petróleo- dejaran de robarle ese recurso al mundo y, en lugar de ser el país que más lo importa, se dedicaran a exportarlo y a compartirlo. Ahora el señor Trump habla de un plan para extraerle petróleo y gas al mismísimo hígado de Alaska.

Pensemos qué ocurriría si dejaran de robarle a la humanidad cerebros, manos, músculos, sudor y riquezas, bajo el egoísta afán de ser los mejores, los más inteligentes y poderosos del universo o si se ocuparan más de los problemas que mantienen en llamas a su propio patio y dejaran de atizar dificultades, angustias y penurias fuera de sus fronteras.

Quizás les vendría saludable razonar por qué China, sin armar guerras, sin entrometerse en asuntos internos ajenos, sin presionar, chantajear, confundir, dividir, irrespetar, agredir ni violar derechos, acuerdos o protocolos internacionales, los está desplazando como potencia.

Qué tal si poniendo ojos y seso la realidad de hoy, se percataran de que la vieja fórmula del Tío Sam no solo ha echado canas y arrugas, sino también células y tejidos irremediablemente cancerígenos que pueden hacer metástasis en proyectos incluso extraterrestres como el que, saturado de arrogancia, de prepotencia y de desprecio hacia todos los países, les autoconcede el derecho de comenzar a explotar riquezas minerales nada más y nada menos que en la Luna.

Qué decir, en fin, si en una suerte de “milagro”  sobreviniera un intercambio más justo entre gobiernos y pueblos, mediante el cual las naciones destinen cada vez más dinero a la investigación científica, a combatir enfermedades, a reducir muertes evitables, a eliminar el analfabetismo, la prostitución infantil y adulta, la droga, el hambre, la existencia de niños deambulando por las calles, el desempleo, los crecientes problemas de la vivienda, los efectos del cambio climático…

Puedo estar equivocado, puede ser pura e ingenua imaginación mía, pero sin políticas tan descabelladas, salvajes y holocáusticas como las que enarbola y arrecia la actual administración norteamericana, o sin la arrogante, prepotente y agresiva hostilidad de ese imperio, el mundo fuera distinto, respiraría y dormiría mucho mejor esta misma humanidad, cuyos restos tal vez encuentre un día alguna civilización extraterrestre  o extragaláctica, si las cosas continúan como van por la preponderante irresponsabilidad de la Casa Blanca.

Ojalá no, ojalá nunca desaparezcamos como especie humana. A tiempo estamos (aunque hasta el tiempo peligra) de impedirlo entre todos, incluidos quienes llevan en su numeración permanente de identidad los dígitos de un imperio condenado a ser quizás más transitorio de lo que sus artífices ni alcanzan hoy a imaginar.

 

 

 


Pastor Batista

 
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