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Publicado el 22 Septiembre, 2020 por Redacción Digital en Opinión
 
 

Fabricando culpables

Por ELSA CLARO

Las redes sociales, instrumento comunicativo de pujanza y rapidez envidiables, no siempre se usan de modo virtuoso. Pueden ser puente transmisor de agresiones, al trasladar mentiras amplificadoras de indignas maniobras.

En las últimas semanas, los recursos tradicionales y las nuevas tecnologías son parte de vituperables estratagemas. Una es el su-puesto envenenamiento del antagonista ruso Andrei Navalny. De-masiado dramatizado y repetitivo (recuérdese el asunto Skripal, en Salisbury, Reino Unido) se presenta el caso de ese bloguero como ordenado por el Kremlin.

La “oportunidad” del suceso es llamativa. Ocurre poco antes de las elecciones regionales en 18 entidades de la Federación de Rusia, que, por cierto, ganaron los candidatos oficiales. El disidente y sus seguidores trabajaron buscando obtener puestos en ese certamen para funcionar como ariete contra el Estado desde sus propias estructuras administrativas.

El colapso de Navalny ocurre el 20 de agosto, durante un vuelo a la siberiana ciudad de Tomsk. La tripulación interrumpe el vuelo para darle asistencia médica urgente. Si se deseaba matarlo ¿para qué gestionar atenciones rápidas? Apareció demasiado pronto el criterio de que le contaminaron con una sustancia altamente tóxi-ca, Novichok, droga clasificada como arma química, que actúa so-bre el sistema nervioso y es devastadora. Se omite que la poseen laboratorios y ejércitos occidentales hace decenios.

A solo días del internamiento de Navalny se movilizó su traslado hacia Alemania. Los facultativos rusos que, de hecho, le salvaron la vida con su tratamiento inicial, no encontraron ninguna ponzoña en su organismo, pero desde instalaciones militares germanas, adonde se enviaron las muestras, “confirmaron” la grave intoxicación.

Moscú pidió de modo reiterado el envío de muestras biológicas para hacer exámenes por su cuenta. No se las proporcionaron, pero sí a laboratorios de Francia y Suecia.

De acuerdo con aquellos que desarrollaron esa sustancia, de haberse aplicado a todas las personas que estuvieron cerca del afectado, familiares, dotación de la nave o los médicos que lo trataron en tierra, debieron haber mostrado signos del contacto con ese componente, pues los materiales radiactivos siempre de-jan huellas. Además, por su alta letalidad, el atacado con Novichok no sobrevive.

¿Por qué no se toman en cuenta los reclamos de Moscú pidiendo el envío de evidencias? La Federación Rusa es miembro del Consejo de Europa y del tratado de asistencia legal en temas pena-les suscrito por los 47 países integrantes. Ese instrumento establece que cualquiera de ellos puede solicitar, por intermedio de sus autoridades judiciales, la entrega de “piezas probatorias, expedien-tes o documentos” para la instrucción del presunto delito. Si el hecho ocurrió en Rusia y afecta a uno de sus ciudadanos, ¿qué justi-fica no darle participación en las investigaciones?

“Los pretextos son absolutamente descabellados. Alemania nos plantea: No podemos decirles nada, vayan a la Organización para la Prohibición de Armas Químicas. Acudimos a esa instancia en reiteradas ocasiones y allí nos dicen: Vayan a Berlín”. Estas aclaraciones fueron hechas por el canciller Serguei Lavrov en una interesante entrevista, donde puso en la palestra lo real o supuesto de las “va-lidaciones” sobre el uso de Novichok para dañar a Navalny, como certifican el Bundeswehr y Suecia.

Esta última –recuerda Lavrov– aseguró hace dos años ser ajena a ese producto, y de pronto aparece como capaz de encontrar la sustancia en tejidos humanos. Algo raro ocurrió –dijo el alto di-plomático–, y “quizá hay que considerarlo como una posible viola-ción grave de la Convención sobre Armas Químicas”.

Si no existieran tantas falsas banderas levantadas para acciones ruines (armas de destrucción masiva en Irak, genocidio serbio con-tra bosniacos o albanokosovares, violación de derechos humanos en Siria, etcétera, etcétera) pudiera hablarse de casualidad, algo que no existe en política. Precisamente “todo está encaminado a socavar lo más fuerte posible las relaciones entre Rusia y la Unión Europea”, aseveró también el ministro de Exteriores del país euroasiático.

Tiene sentido. A poco de los primeros informes del asunto, apa-recieron altos funcionarios alemanes alentando el cese de los compromisos referidos al Nord Stream II, gasoducto a punto de ser concluido para llevar el energético directamente de los campos rusos al territorio alemán, donde varias compañías han invertido unos 10 000 millones de dólares para su construcción.

¿A quién le molesta ese proyecto?

No hace tanto, el Gobierno norteamericano decretó sanciones contra las empresas involucradas en ese objetivo. Algunas se reti-raron, otras no estuvieron de acuerdo con cederle autoridad a Washington en asuntos europeos de orden económico.

Donald Trump ha venido instigando para que se compre el caro gas de esquisto estadounidense en lugar del producto ruso, natural y más barato. No se oculta ni directa ni tuiteramente, como gusta hacerlo. ¿Habrá convencido el díscolo Presidente a políticos del Viejo Continente para que le entreguen el macronegocio? No es tan difícil sumar a la práctica alevosa a unos cuantos rusófobos o subordinados a Washington, encantados de asumir la facultad de castigar a quienes molestan.

Y molestar, molesta el avance de la Federación Rusa, que de proyecto fracasado en los 90, emergió con fuerza y capacidad de acción en compromisos muy serios en lo interno o con resonancia internacional.

Para un jefe de Estado como Trump, que asume su mandato como si de un negocio particular se tratara, capaz de encubrir a quienes posiblemente ordenaron el asesinato de un periodista sau-dita (Yamal Kashogui) y venderle armas al hipotético promotor del crimen, es rutinario valerse de montajes para dañar políticamente a otros.

En particular, a Rusia, junto con China catalogada de enemiga, gracias a fementidas valoraciones de la Casa Blanca. Hacerle un hueco financiero importante, mientras capta en su favor el contra-to gasífero, resulta un ardid de doble ganancia.

La nocividad de esa estratagema resulta obvia no ya por las deri-vaciones con respecto al citado canal de suministro, sino debido a otras rufianescas situaciones que crea. Quienes urdieron esta tra-ma logran una gran cosecha con pocas semillas. Esas sí fuertemen-te envenenadas.


Redacción Digital

 
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