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Publicado el 16 Octubre, 2020 por Elsa Claro en Opinión
 
 

Nagorno-Karabaj: Encrucijada de voluntades

Por ELSA CLARO MADRUGA

La versión corta de este problema pudiera resumirse remitiéndonos a las antiquísimas divergencias territoriales de Armenia y Azerbaiyán. El Cáucaso, sometido desde largos intervalos de tiempo por diversas fuerzas, arribó a una nueva circunstancia al término de la Primera Guerra Mundial, debido a la desaparición del imperio Otomano, que dominó parte de Europa durante siete siglos.

La reorganización posbélica propicia el fortalecimiento de las grandes metrópolis coloniales y, de otra parte, redefine los contornos de algunos estados. Propicia, asimismo, las exigencias de los bandos nuevamente enfrentados, sobre todo de los armenios, quienes consideraron siempre haber perdido espacio en la zona conocida como Anatolia Oriental por los ocupantes turcos. Área del antiguo reino de Armenia, extinguido en el siglo V.

Establecer la exactitud del relato es azaroso. El Cáucaso, como los Balcanes, fue durante siglos sitios de convergencia entre pueblos y grandes imperios, particularmente el Persa y el Ruso, sin dejar a un lado a sus similares Macedonio y Romano.

En el sucedido que nos ocupa, los desacuerdos tienen importantes componentes en la religión. Los armenios adoptan el cristianismo en el año 301 d.n.e. Como ocurre en otros lugares, la unión entre fe y Estado ejerce gran influjo sobre la población como celosa defensora del nacionalismo. Contaron de antiguo con territorio e idioma específicos y en ello se apoyan para considerarse con derechos establecidos dentro de esta disputa.

Los azerbaiyanos, también conocidos como tártaros del Cáucaso, tuvieron asentamiento primigenio en el norte de Irán. No tuvieron un estado-nación hasta inicios de 1920. Profesan la fe islámica en su versión sunita y se identifican como un pueblo turco, cuya lengua asumieron. Estudios genéticos muestran que están más emparentados con georgianos o armenios que con persas o los turcos, que en este momento tomaron partido por ellos en sus reclamos geográficos.

La querella base

Pese a orígenes y credos distintos, esas dos regiones decidieron unirse, junto con Georgia, en la Federación Transcaucásica, de corta duración. En 1924, cuando pasan a formar parte de la Unión Soviética,  Josif Stalin decide entregar la Región Autónoma de Nagorno-Karabaj al Gobierno de Azerbaiyán, y, a semejanza de muchas divisiones arbitrarias, emprendidas sin subsanar diferencias, se da pie a que estas queden larvadas pero reavivadas cuando comienza a desintegrarse la URSS.

La pugna por el Alto Karabaj, habitado mayoritariamente por armenios, se renueva al desaparecer el principio unificador de quince repúblicas, hoy independientes.

En esta misma publicación, el 1o de septiembre de 1989, bajo el título “En busca de la causa escondida”, la autora de este texto planteó el problema de las nacionalidades como uno de los disparadores de lo finalmente ocurrido. El rápido deterioro, en transcurso entonces “desde las violentas explosiones en la región de Nagorno-Karabaj, los sangrientos sucesos entre uzbekos y turcos mesjetas (Valle de Ferganá), algo similar entre abjasios y georgianos, hasta las recientes huelgas de Estonia y Moldavia” fueron evidencia de un “desacertado tratamiento político para asuntos significativos muy sensibles”.

Más adelante, en el análisis se reflejan episodios en Bakú, donde, curiosamente, las reivindicaciones de los manifestantes no eran independizarse de la URSS, sino de elucidar el tema referido a los derechos sobre el disputado enclave, asunto sujeto a comisiones especiales del PCUS en aquel momento, pero sin resultado inmediato cuando tantos acontecimientos y disparidades estaban desatados.

Aún se pensaba mantener aquella debilitada pero excepcional experiencia. Se decía que “sin una fuerte unión no hay republicas fuertes, sin repúblicas fuertes no hay Unión”. La idea, esperanzadora y no exenta de realismo, resultó casi profética. Moscú insistió en enmendar las acritudes interétnicas y “objetivos clave como revisar las competencias y obligaciones recíprocas de la Unión y de las repúblicas por separado”, a las cuales se preveía entregarles total autogestión y autofinanciamiento.

Los agudos enfrentamientos de Georgia en detrimento de abjasios y osetas; la problemática de Moldavia, con sus partidarios y detractores de convertirse en provincia rumana, o al verse forzada a aceptar la Transnistria, de facto un Estado independiente; y, especialmente, la disputa entre armenios y azerbaiyanos, dada su sangrienta reiteración, probaron que el propósito era plausible pero lento y sin llegar al fondo de las incompatibilidades espoleadas por los detonantes de la Perestroika.

Desgajamiento

Azerbaiyán declaró su independencia el 30 de agosto de 1991 y en noviembre revoca el estatus autónomo que desde 1923 tuvo Nagorno-Karabaj. Los armenios del enclave organizaron a su vez un referéndum, del cual no participan los azerbaiyanos residentes. Crean la República de Artsaj, el 6 de enero de 1992, pero -salvo por Ereván- no es reconocida por otros Estados o foros internacionales. En definitiva, queda como un conflicto congelado con inconvenientes añadidos, pues durante la guerra en los 90 los armenios pusieron bajo su control una franja adicional de superficie azerbaiyana.

La confrontación militar no cesó pese a la firma, en 1994, de un cese del fuego, violado de modo intermitente y, a semejanza del hace poco desatado, con acusaciones mutuas de haber iniciado la ofensiva.

Varios formatos para gestionar la crisis resultaron inútiles. Un grupo compuesto por Rusia, Estados Unidos y la Organización para la Seguridad de Europa, el llamado Programa de Praga, o las Naciones Unidas, no tuvieron éxito. La ONU decretó cuatro resoluciones, conminando a que Armenia se retirara de aproximadamente el 20 por ciento del territorio considerado azerbaiyano y que Bakú califica de zona ocupada por sus vecinos rivales.

En un intento por resumir el caso, algunos expertos plantean que, desde el punto de vista jurídico, Armenia exige respeto al principio de autodeterminación y Azerbaiyán al acatamiento de los cánones establecidos en materia de integridad territorial. El respaldo de Turquía a los azerbaiyanos en este último episodio, iniciado a finales de septiembre, agrega azares, pues Armenia tiene un pacto con Rusia, que se vería involucrada en un transcurso indeseado, capaz de desatar un enfrentamiento entre potencias regionales cuando estas lograron limar asperezas para beneficio común.

Hay interesados en un choque así, buscando disminuir el influjo político de Rusia, la preponderancia económica de China o el factor Irán, una piedra molesta para las botas imperiales en el Medio Oriente. La humanidad atraviesa por una etapa de irregularidades e incertidumbres elevadísimas. Conjurar tal peligro se impone.


Elsa Claro

 
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