5
Publicado el 8 Marzo, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Con flores, pero sin discriminación

María Victoria Valdés RoddaPor Maria Victoria Valdés Rodda

Sensibilidad y delicadeza, así casi siempre califican a las mujeres. Y vaya que sí. En mi caso por ejemplo me derrito de amor por la estrella polar en el cielo, estoy a punto del lagrimeo cuando en una telenovela brasileña el protagonista masculino al fin declara su pasión escondida. Y hasta colecciono las fotos del nieto con ese orgullo casi enfermizo de abuela primeriza. Pudiera asegurar con un 100 por ciento de infalibilidad que todas nosotras somos así de “bobas”, pero de ahí a reducirnos a actitudes supuestamente débiles va un prejuicio muy grande, asentado en una tradición machista todavía difícil de superar al margen de los muchos años que en Cuba triunfó una formación política social que colocó en igualdad de oportunidades a hombres y mujeres.

Y mira que se ha avanzado: estamos en todas partes cumpliendo las misiones más riesgosas y “fuertes”, habitualmente antaño consideradas masculinas. No me dejará mentir la holguinera María Ramírez Anache, radicada en la Isla de la Juventud, quien en 2001 recibiera el título de Heroína del Trabajo de la República de Cuba por su admirable e increíble trayectoria personal. Ha hecho de todo: trabajadora agrícola, cortadora de caña, y hasta operadora de grúas. Ah y es madre de tres hijos. Al recibir tan honorable título le entregaron un ramo de flores.

No basta con habernos dado espacios públicos para movernos, ser y expresarnos. Es imprescindible entender que la labor educativa de nuestros pares masculinos sigue siendo esencial, e inacabada para potenciar no solo la felicidad femenina sino la común, porque la existencia de mujeres y hombres por separado culmina en la extinción de la humanidad, así de sencillo.

Tal vez algún lector se indigne con este comentario, pensado precisamente en el Día Internacional de la Mujer, un nuevo 8 de marzo. En tal fecha, en un lejano 1857, miles de trabajadoras textiles salieron a las calles de Nueva York gritando: “Pan y rosas” en protesta por las míseras condiciones laborales, reivindicar un recorte del horario laboral y el fin del trabajo infantil. Fíjese que ellas no renegaban de la delicadeza, de la flor. También clamaban por pan, que es sinónimo de vida; una respetable. En nuestro país se conmemoró por primera vez en 1931, también a cargo de la Central obrera de entonces, y se hizo durante una actividad político cultural que culminó con la lectura de poesías de parte de la trabajadora Caridad Suárez. ¿Y acaso las bellas letras, no entrañan sensibilidad cuando se usan como un arma de lucha?

Las mujeres hemos demostrado con creces que ser “delicadas” no entra en contradicción con el coraje, con la valentía y con la entrega personal de cara a empeños existenciales de Patria o Muerte. Toda la historia nacional lo demuestra, incluso antes de 1959, aunque tras el 1 de enero de ese año el respeto hacia las mujeres pasó a ser política de Estado. Pero todavía prevalecen prejuicios y machismo. Estampas cotidianas sobran, de modo que sí algún plomero pide tratar con el esposo en vez de con la “señora de la casa” en el entendido de que ella no va a poder ayudarlo, o cuando al requerirte por teléfono te dicen: deseo hablar con la esposa o hija de fulano, dejando de lado la consagración propia, cuando al ir a solicitar una plaza de trabajo te miran con incredulidad poniendo en dudas fortalezas físicas e intelectuales, entonces, así no queremos flores.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda